viernes, 15 de agosto de 2014

La Velada


Pozo c/ Baluarte

                                                      
A MI QUERIDO MAESTRO EL EMINENTE POETA
DON RAMON DE CAMPOAMOR

Allá del Norte en la región sombría,
Perennes en los valles son las nieblas,
En los montes altísimos la nieve
Y en el fondo del alma la tristeza.

Pálido el sol se duerme sobre el lago,
O las nubes preñadas de tormentas,
Y es el día crepúsculo medroso
Que da en la noche cuando nace apenas.

Levántase la gótica abadía
Del río caudaloso en la ribera,
Y cual nido de halcón inaccesible,
El castillo feudal en la alta peña

A cuyos pies, rugiendo y rebotando,
El torrente hervoroso se destrenza
En hilos de cristal, que el sol matiza
Y el viento rompe y desmenuza en perlas.

Dentro de la ciudad, las catedrales,
Altas como los vuelos de la idea,
Como el seno del alma misteriosas,
Como la humana desventura inmensas;

En cuyas criptas el eterno sueño
Duermen bajo la losa que los cierra,
Con sus pasiones y mundanas glorias,
Los grandes, hecha polvo su grandeza,

En tanto que la estatua del humilde,
Sobre la aguja de calada piedra,
Las nubes rasga para alzar al cielo
Sus preces mudas y pupilas ciegas.

Allí el viento en sus alas voladoras
Perdidos ecos de baladas lleva,
Que repiten las olas de los mares
Tendiéndose espumosas en la arena;

Y es el hogar el centro de la vida,
Donde en grupo feliz la madre reza,
Salta alegre el rapaz, dormita el viejo,
Trabaja el padre y la zagala sueña.

Y en la noche, allá lejos, en la altura
La nieve cuaja y en aludes rueda;
De lobos la famélica jauría
Persigue aullando a la espantada cierva;

Como jirones de vapor, las hadas,
Al lucir de la luna soñolienta.
Surgen del lago y bulliciosas tejen
Sus fantásticos bailes en la selva;

Las brujas caminando al aquelarre,
De imprecaciones el espacio llenan
Y los gnomos en busca de tesoros
Remueven las entrañas de la tierra.

II

Á la inspirada voz de un ermitaño
Las naciones cristianas se despueblan,
Y por norte la cruz, dan en Oriente
Con el ciego furor de la tormenta.

Alza la fe los templos gigantescos,
En el claustro refúgianse las letras,
Y hallan nuevos tesoros de poesía,
Dentro del corazón, rudos poetas

En la edad de los sueños y fantasmas,
De la fe, del amor y de la fuerza.
Menospreciando la mundana vida
Al desierto encamínase el asceta,

En tanto que el abad, teniendo en poco
El poder de la santa penitencia,
Cambia el sayal por la tupida malla
Y abandona el cilicio por la espuela.

La joven celestial, en cuyo pecho
Anidan los amores y ternezas,
Impasible en la justa ve la muerte,
Y del más fiero paladín se prenda;

Y el mismo gran señor, que cuando baja
De su castillo, la campiña asuela,
Y que al pechero que cazó en sus bosques
Sin compasión de la picota cuelga,

Hace abatir el puente levadizo
Para el mendigo, y a su hogar le sienta,
Y bebiendo con él, pone los labios
Donde puso los suyos la miseria.

Junto va el heroísmo con el crimen,
El error se desposa con la ciencia,
Abrázase la fe con la herejía,
De un ósculo de paz brota la guerra;

Edad á un tiempo bárbara y sublime,
Fecunda engendradora de leyendas,
En la que Cristo y Satanás contienden
Como iguales en trágica pelea,

Y en la que Dante baja a los abismos,
No sondados jamás, de la conciencia,
Para alumbrar con la sulfúrea llama
De los infiernos la espantada tierra.

III

Es la hora triste en que el rumor más grato
Como gemido lastimero suena,
El del arroyo que entre guijas corre,
El de las hojas que en las ramas tiemblan.

Hora en que al tibio resplandor dudoso
Que estremecidas lanzan las estrellas,
Espectros terroríficos parecen
Los árboles, las torres y las peñas.

Hora en que surca el cielo el meteoro,
Fugaz como la gloria en su carrera,
Pero también, como la gloria humana,
Tras sí dejando luminosa estela.

Hora en que el fuego fatuo, de las tumbas
Fosforeciendo surge y serpentea,
Imagen de la dicha ambicionada,
De lejos luz, oscuridad de cerca;

Y hora en que el alma que de sueños vive,
Arrobada, en los astros deletrea
El misterioso arcano del destino
Por Dios escrito en la azulada esfera.

IV

Turban sólo el viento de la noche
Los alegres clamores de una fiesta,
Que surgen de un castillo, que en la altura
Con orgullosa majestad se eleva,

Siendo a la vez que gótico palacio,
Inexpugnable y ruda fortaleza,
Y amenaza constante suspendida
Sobre los pueblos que a sus pies blanquean.

En al sala de honor, con los blasones
Hábilmente tallados en al piedra,
De atributos guerreros y de cazas
Los trofeos magníficos alternan.

Cubren los muros y pilares toscos
Tapices recamados de oro y seda,
Y el pavimento la alcatifa mora
Y la pintada piel de la pantera.

Lucen en las ventanas ojivales,
Que rompen y abren la muralla espesa,
Pinturas sobre vidrios de colores
Que al noble San Humberto representan,

Y sujetos en garfios y en anillas,
Casi la luz del sol dan a la escena
Hachas y cirios de colores varios
Que el ambiente perfuman con esencias.

Un altivo señor de adusto ceño
Y una dama arrogante y altanera,
En sitiales de altísimo respaldo,
Presiden la velada que comienza,

Teniendo ella a sus pies un lindo paje
Que los borlones del sitial destrenza,
Y él a un bufón que los malignos chistes
Sazona con la hiel que le envenena.

En escaños y blandos almohadones
Colocándose van mujeres bellas
Y pajes y escuderos, que bien pronto
En amorosas pláticas se enredan.

En el fondo y pegados a los muros
Soldados del castillo se alinean,
En los semblantes dibujada el ansia
Con que el tan caro regocijo esperan.

En animados grupos los juglares
Sus instrumentos melodiosos templan;
Discurren sobre caza los monteros,
Hablan los veteranos de la guerra,

Y en el hueco que deja una ventana,
En actitud de quien medita o sueña,
Se halla el famoso trovador, objeto
De tan brillante y animada fiesta.

V

A una señal de la imperiosa dama
(Que para deslumbrar con su presencia,
Ni el brillo del diamante necesita,
Ni el tornasol de la crujiente seda,

Pues a sus ojos fulgurando asoma
El fuego que circula por sus venas)
Tejen graciosas danza los juglares
Y a sus juegos y músicas se entregan.

Y prosiguen las risas y el bullicio
Hasta que al centro del salón se acerca
El viejo trovador y con voz dulce
Así una historia a relatar empieza.

- << Era conde y señor de una comarca,
Que mucho a esta comarca asemeja,
Un joven que heredó de sus abuelos,
Con el mucho poder de la riqueza,

Los privilegios de la ilustre cuna,
El valor indomable en la pelea,
El bondadoso corazón de un niño
Y el arrogante porte del atleta.

Huérfano el mozo desde edad temprana,
Tan dulcemente manejó las riendas
De su condado, que olvidó el pechero
Lo que la triste servidumbre pesa.

Ser feliz es ser menos desgraciado.
¡Hasta en el alma de quien nada anhela
(Y en no anhelar consiste la ventura)
Hay un vacío que jamás se llena!

Llegó un día en que el joven caballero
De tan honda inquietud se sintió presa,
Que sin objeto se creyó en la vida,
De la paz disgustado y de la guerra.

Buscó tranquilidad en el retiro,
Y a solas batallando con su pena,
Para encontrar la causa de sus males
En el fondo miró de su conciencia.

Y nada en él. Desesperado, loco,
-¿Qué tósigo –se dijo-me envenena?
¿Qué anhelo en éste que a explicar no alcanzo?
¿Qué oculto fuego mis extrañas quema?-

Y esto al decir, hallóse frente a frente
De una mujer como los cielos bella,
Y leyó de corrido en su mirada
La solución oscura del problema.

VI

<< Como el sordo bramido de las olas
Anuncia la borrasca que se acerca,
En el seno recóndito del alma
Preceden al amor luchas secretas;

Y allí vive ignorado y sin salida,
Hasta que rompe con igual violencia
Que el torrente de lava comprimido
En el seno abrasado de la tierra.

Así estalla el amor en el mancebo,
Que ya vive tan sólo para aquella
Encantadora niña que al mirarlo
Toda la luz del sol vertió en sus venas.

Ya no persigue al jabalí en el monte,
Y del trofeo enmudecida cuelga
La trompa que azuzaba a la jauría
Y despertaba al lobo en su caverna.

Ya no rige el corcel de corvo cuello,
Tan bravo como dócil a la rienda,
Que en el combate indómito relincha
Y se alcanza al pretal cuando bracea;

Ni goza al ver a la enemiga hueste
Huyendo del lugar de la contienda,
Como pollada que abandona el nido
Y azorada a los vientos se dispersa.

Aquel que fue del enemigo espanto,
Ante el enojo de su amada tiembla,
Y cede al leve soplo de un suspiro,
Y en el mar de una lagrima se anega.

Tan sólo halla placer cuando en los ojos
De la mujer querida se contempla,
Asomándose extático al abismo,
Lleno de luz, de sus pupilas negras.

Y juzgándola un ángel de los cielos,
Cuando la mira, alucinado espera
Que surja de su frente la aureola
O un reguero de luz por donde huella. >>

VII

<< Ella también le amó. ¿Quién el idilio
de sus amores relatar pudiera?
No es más dulce el panal de mieles lleno,
Ni más tierno el balido de la oveja.

Olvidados del mundo, ¿cuántas veces
La oscura noche les cogió en la selva,
Y ella en el seno de él se guarnecía,
Medrosa del aullido de la fiera?

¿Y cuantas otras, al surcar del lago
Las aguas cristalinas y serenas,
De su arrobo amoroso despertaban
Ante la vista de lejana aldea?

Cuando pasaban bajo el verde toldo
Del follaje, en las horas de siesta,
El pecho rebosando de suspiros
Y estallando la sangre en las arterias,

Las tórtolas ocultas en las ramas
Sacaban de los nidos la cabeza
Para templar el melodioso arrullo
Al dulce son de sus amantes quejas.

¡Cuántos coloquios como el fuego ardientes;
Cuántos hondos suspiros y protestas
Y cuántos juramentos imposibles
En aquellas de amor citas secretas!

Un día caluroso de verano,
En que él absorto se miraba en ella,
Oyendo adormecido a la cigarra
Entonar sus cantares a la siega,

Alzóse de repente, y oprimido
Enloquecido, con nerviosa fuerza,
Las manos delicadas de su amante
Entre la suyas, de robusto atleta;

- ¡ Juro a Dios- exclamó- que si me olvidas
He de tomar venganza tan entera,
Que haga temblar de espanto a los perjuros
Y deje en pos de mi memoria eterna!-

Y pasado el colérico arrebato,
Estuvo a punto de morir de pena
Viendo a la joven a quien tanto amaba
Desfallecer entre su brazos yerta,

Y en sus mejillas de carmín y nieve
La palidez, señora, que en las vuestras>>-
Concluyó el trovador, con ronco acento-
Señalando a la reina de la fiesta.

Y siguiendo del bardo la mirada,
Todo el concurso de terror se hiela
Al notar de la dama en el semblante
La lividez horrible de una muerta.

VIII

-Prosigue, bardo, tu mentida historia
-Prorrumpió con la rabia de una hiena
El señor del castillo; - pero cuida
De no hacer blanco de palabras necias

El Débil corazón de las mujeres
O ¡vive Dios! Villano de ralea,
Que para pasto de aves de rapiña
Te hago colgar mañana de la almena.-

Sordo rugido retembló en el pecho
Del trovador al recibir la afrenta;
Pero a sí mismo se venció animoso
Y a la historia volvió con voz serena:

-<< Poco tiempo después a los amantes
Une el lazo sagrado de la iglesia,
Y cuando del amor, llenos de gozo,
Al regalo dulcísimo se entregan,

La voz de un monje que iracundo llama,
En el nombre de Dios, a santa guerra,
Estremece al cristiano caballero,
Hiriendo como un dardo su conciencia;

Que si grande su amor, aun es más grande
La fe divina que en su pecho alienta,
Y está el sepulcro de Jesús bendito
Siendo de herejes condenados befa.

Pero ¿cómo partir dejando el alma
Dentro del alma de su amante presa,
Y cómo desatarse de unos lazos
Que con tanta dulzura le encadenan?

¿Cómo esquivar de la mujer querida
El ruego ardiente, la sentida queja,
Y cómo ver con ánimo tranquilo
El llanto en sus mejillas de azucena?

¡Cuánto sufre al partir, no lo encarece
La hiperbólica frase del poeta!
¡ No le mata el dolor, porque hay dolores
Tan vivos, que dan vida a quien los lleva!


Deja, al fin, a su esposa en el castillo,
Guardada por su amor y su pureza,
Que lo que ellos no guarden, no lo guardan
Ni el fuerte muro ni la doble reja;

Pero al cruzar los climas más remotos,
A ella su amante pensamiento vuela,
Más seguro y veloz que parte al blanco
La vira que despide la ballesta;

Y se guarece en sus recuerdos dulces
Al sentirse agobiado de tristeza,
Como en el nido se refugia el ave
Cuando estalla en los cielos la tormenta.

Pero no le amilana la amargura;
Le sirve de acicate en la pelea,
Y al poner en su dama el pensamiento,
No hay paladín que resistirle pueda.

Testigo fue de su valor y arrojo,
En aquellos desiertos que el sol quema,
Un amigo a quien quiso como a hermano
Y en quien puso el secreto de sus penas.

¡Oh, con cuánto fervor aquel amigo,
Con quien gozoso compartió su hacienda
Y a quien salvó la vida en los combates,
Relatara del Conde las proezas!

-<<¿No es verdad, gran señor, que así lo haría?>>-
El bardo dijo – y esperó respuesta
Del iracundo dueño del castillo,
Que enmudeció de rabia o de sorpresa.

IX

Y viendo el trovador que, dominado,
Atónito el concurso le contempla
Cual león que a la ducha se apercibe
Sacudiendo irritado la melena,

Con voz que tiene el timbre de un rugido
E irguiendo fieramente la cabeza:
-<<¡ Aquel amigo – dijo – por robarle
Vendió al Conde a las hordas agarenas;

Que la raza de Judas maldecida
Es más fecunda que la mala hierba,
Y es destino del bueno, por ser bueno,
Que le explote el malvado y que le venda!

El que nació señor de cien lugares
Encaneció arrastrando la cadena,
Y a oficios viles dedicó sus manos,
Sólo al manejo de las armas hechas.

Mas no pensó en morir; pues esperaba,
Y decía, en su hogar la mente puesta:
<< ¡ Manda, oh Dios! Sobre mi todos los males,
Más permíteme ver antes que muera

Mi castillo feudal, envuelto siempre
En los tules flotantes de la niebla.
Y enjugar en los ojos de mi amada
Una bendita lágrima siquiera!>>

Y allí vivió, si el cautiverio es vida,
Diez años, que alargados por la pena,
No se acaban nunca, cual si fuesen
De la temida eternidad emblema.

¡Ay! ¿ para qué volvió? Para encontrarse
A su verdugo dueño de su hacienda,
Y a la esposa en el mundo más querida
Entregada con él a la licencia.

¿Queréis saber, si lo ignoráis acaso,
Quiénes los héroes son de mi leyenda?
¡Yo soy el Conde que a vengarse viene
Tú el amigo traidor, tú la ramera!-

Y esto al decir, el bardo señalaba
A los nobles señores con la diestra,
Que en el alma sintieron, al oírle,
El peso abrumador de un anatema.

- ¡ Matad a ese impostor, mis ballesteros! –
Ya repuesto, rugió como una fiera
El señor del castillo. Pero nadie
Hay que a tocar al trovador se atreva.

- ¿ Me acusas de impostor?- exclama el bardo
¡Hola monteros! Recordar si es esta
Profunda cicatriz la de la herida
Que vuestro Conde recibió en la selva._

Y rompiendo el jubón con ambas manos,
Desnudo el pecho a los monteros muestra,
Que -¡ Es el Conde!- prorrumpen en un grito
Que en la sala fatídico resuena.

¡Aun mientes! Va a decir el falso Judas,
Cuando un soldado sin aliento llega,
Ciego exclamando: -¡ Huid que arde el castillo
Y ya las llamas hacia aquí se acercan!-

Y a este grito de horror, huyendo todos
En el recinto silencioso quedan
El amigo traidor, la esposa infame
Y el Conde que furioso contempla.

X

- Ahora vais a morir- prorrumpe el Conde.-
Dios, que es justo, a mi cólera os entrega,
A fin de que el furor de la venganza
Corresponda a lo grande de la afrenta.

Yo ese fuego aticé. ¡Caigan los muros
Que vieron, sin hundirse, mi vergüenza;
Pavesas los haré, para que luego
El huracán aviente las pavesas!-

En su sitial la dama sin sentido
Darse no puede del peligro cuenta;
Pugna en balde el traidor, anonadado,
Por recobrar sus desmayadas fuerzas,

Y se unen, allá afuera, a los gemidos
Y a las voces de espanto y las blasfemias,
El rugir de las llamas y el estruendo
Con que los altos murallones ruedan.

-¡Levántate, malsín, toma una espada
Y defiende tu impúdica manceba
- Clama el Conde; - no quiero asesinarte,
Aunque morir como ladrón debieras.

Y ambos movidos por igual impulso
Se lanzan a luchar, hasta que a tierra
Viene el traidor, atravesado el pecho,
Que fue nido de infamias e impurezas.

-¡Tú también morirás!- el Conde ruge,
Y corre a la mujer, cuya faz yerta,
Sobre el sitial de rojo terciopelo,
Deslumbra por lo blanca y por lo bella.

-¿Qué hiciste de mi amor?- fiero prosigue-
¡Responde, infame! Pero ¿no contestas?
¿Temes quizás que al escuchar tu acento
Te arranque, ingrata, la perjura lengua?-

Y al ver que silenciosa permanece
Con más miedo que furia se le acerca,
La levanta en sus brazos, y al mirarla
Lanza un grito de horror. ¡Estaba muerta!

-¡Vuelve, por Dios, en ti! ¡Yo te perdono!
Ya loco exclama, y a su pecho estrecha
Con abrazo frenético el cadáver,
Cuyo contacto frígido la hiela.

Con él pretende huir desatentado;
Pero el incendio en el salón penetra
Y llama voraz, rompiendo en chispas,
Se enrosca, salta, silba y centellea

Corre sobre el tapiz, el mueble alcanza,
Que al trocarse en tizón es llama nueva;
El metal hecho brasas se retuerce
Y se derrite como blanca cera;

Al empuje del mar de olas de fuego
Los fuertes muros calcinados tiemblan,
Y la altísima bóveda estallando
Húndese al fin, con pesadumbre inmensa.

XI

Cuando surge la luz del nuevo día,
Una bandada de palomas vuela
Del monte en derredor, buscando en vano
Del grandioso castillo las almenas.

Madrid, octubre de 1180

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