sábado, 23 de noviembre de 2019

A Giacinta Pezzana

Pozo c/ Baluarte
I


Naciste en la bellísima comarca,
Donde alcanzó Petrarca
Para su augusta sien el lauro eterno;
Donde Beatriz cruzóse en el camino
Del triste Gibelino,
Cantor del Paraíso y del Infierno.

II

Do pintó Miguel Ángel lo pasado,
Retorciéndose airado,
En la convulsa, mágica Sibila;
Y la cándida aurora en el profeta,
Del porvenir atleta,
Que lleva algo de Dios en la pupila.


III

En un nido de dulces ruiseñores;
En la mansión de amores
Donde del arte se levanta el solio;
En la tierra que se alza el Vaticano,
El Norte del cristiano,
Y el templo de la gloria, el Capitolio.

IV

Italia, como España, sin fortuna,
Aunque del genio es cuna
Y de la historia corazón gigante,
Y eje del mundo y madre de la idea,
Condenada voltea
En los eternos círculos de Dante.

V

Allí también naturaleza santa
Eterno idilio canta,
Se templa el sol, el huracán se doma,
Brota el laurel, perfúmase el ambiente,
Es más clara la fuente
Y arrulla más amante la paloma.

VI

Así que mi nación de amor palpita
Por la tuya bendita,
Gran corazón de la latina raza;
Uniéndolas no sólo en maridaje
Amor; gloria, lenguaje;
Y hasta la desventura las enlaza.

VII

Lloraba yo del arte el decaimiento,
Cuando tu dulce acento,
Vibrando como un arpa enamorada,
Llevó mi vista a ti fija y resuelta,
Y dejó mi alma envuelta
En la esplendente luz de tu mirada.

VIII

Ante mis ojos ensanchóse el mundo
Al salir del profundo
Triste letargo que me hiciera guerra,
Como al tocar la cúspide del monte
Se ensancha el horizonte
Y se dilata a nuestros pies la tierra.

IX

Circuló entonces por el cuerpo mío
Del entusiasmo el frío;
Al magnético influjo de la artista
Latió mi corazón apresurado,
Y te admiré extasiado
Muda el habla y atónita la vista.

X

Y ni fui mi dueño, ni hallé calma:
Arrastrabas mi alma,
Lo mismo a la ventura que al quebranto
Mi voluntad esclava te seguía;
Con tu risa reía,
Y arrancábame lágrimas tu llanto.

XI

Y te vi dar del genio al pensamiento
Voz, forma, vida, aliento,
Por sobrehumano espíritu inspirada,
Y resolver el mágico problema
De encerrar un poema
En la actitud, el gesto o la mirada.

XII

La súplica que tiembla congojosa
Como un ave medrosa,
El ¡ay! desgarrador que al alma apena;
La plegaria que busca lo infinito,
El destemplado grito
Del dolor o la duda que enajena;

XIII

El habla del amor que es un gorjeo
O angélico aleteo,
La balbuciente voz de la mentira,
La carcajada, el llanto y el gemido;
Todo humano sonido
Que halla un eco en las cuerdas de la lira,

XIV

Tu flexible garganta lo articula
Cual la alondra modula
Su dulce trino al remontarse al cielo;
Y el corazón, cuando tu acento vibra,
Queda herido en la fibra
Del espanto, el amor o el desconsuelo.

XV

Porque tu genio a simular alcanza,
Lo mismo la esperanza,
Que dulces sueños en el alma evoca,
Que la pasión que fiera nos combate
Con furioso embate
Del irritado mar contra la roca.

XVI

Y cuando tiendes a la altura el vuelo,
Como deja el cielo,
Ráfaga luminosa, astro errabundo,
Te siguen, en tu curso la cometa,
El canto del poeta
Y la entusiasta admiración del mundo.

José Velarde
Diciembre 1877

No hay comentarios:

Publicar un comentario