CARTA A CONIL
Ilusión, escepticismo y realidad
En el declive de un monte
a la orilla del Atlántico
y entre cármenes floridos
se halla la bella Mergablo.
Cuando
allá por el año 1870, el conileño José Velarde, poeta incomprendido compuso estos
versos en un despacho del Ministerio de Fomento, en la Villa y Corte, tal vez
evocando con nostalgia su Conil natal, no podía imaginar la influencia que
podría producir en el alma.
El
impulso de un subconsciente noble y agradecido hace necesario esta realidad de
contacto. Ortega y Gasset dijo: “Yo soy
yo, y mis circunstancias”. A ti, puedo llamarte circunstancias. Y voy a darte
el por qué.
El
desánimo no está nunca totalmente logrado. Brotan en determinados momentos, situaciones
decisivas que tienden a cambiar bruscamente el rumbo de los acontecimientos.
Soñar
es una ilusión. Vivir, una consecuencia. Idealizar una necesidad del alma.
Heme
aquí que me hallaba sumido en un profundo pozo de pesimismo, y llegó hasta mis
manos ese verso de tu vate incomprendido, amigo de Campoamor y protegido de Cánovas,
y decidí desplazarme, acercarme hacia ti, para desterrar de mi ánimo, el sin
sabor que me habían producido en mi ya largo peregrinar, otras playas sureñas.
Y
sin más bagaje que estas tres consignas filosóficas, puse rumbo hacia ti,
trasponiendo la puerta de la villa, me constituí en veraneante.
Esa
agria sustancia que cada humano lleva consigo, cual ignorada hiel, y que se
llama escepticismo, hizo suponer a mi razón, que estas bellas palabras que te
dedicó tu hijo, fueran tan solo reflejo o espejismo.
No
obstante nada más llegar y adentrarme en la complicada topografía de tus calles
te consideré y comparé,- valga la hiperbólica
comparación -, como a un buen libro, pues cada vez me fuiste interesando más y más.
Admiré
la belleza de tu paisaje y la bondad de tu clima. Me sumergí en las fluctuantes
olas del Gran Océano, desde los Bateles hasta Roche.
Supe
y comprobé de la hidalguía de sus y hospitalidad de sus habitantes. Año tras
año continué mi éxodo estival hacia ti. Mis hijos aprendieron a conocerte, a
tratarte, hasta llegar a quererte. Porque tú eres así. Como una buena madre. Te
metes dentro del alma.
Viví
tus Fiestas Patronales. Me postré y oré infinidad de veces ante esa milagrosa
virgencita de tez morena de la Virgen de las Virtudes.
Mi
identificación contigo fue tal que hasta me endosaste ese peculiar apelativo patronímico
con que designas a cada familia. Y así a travez del contacto con tus gentes,
mis hijos en perfecta simbiosis con los de los tuyos, fueron llamados “los
tablillas” cariñoso apodo, tal vez debido a la cotidiana tarea que se auto
impusieron gustosamente, de baldear la cubierta y cuadernas de las
embarcaciones varadas sobre las doradas arenas una vez terminada la jornada de
pesca.
Y
aquí estoy de nuevo y estaré hasta que tú, como poderoso alquimista, me sigas
proporcionando, esa felicidad y sosiego, que casi en dos décadas me vienes
produciendo.
Ricardo
Mora
Conil,
Septiembre 1984