Poco amigo de prólogos, contraproducentes en los libros malos y casi del todo inútiles en los buenos, jamás los pedí para mis obras ni los hice para las ajenas; pero hay casos, y este es uno, en que los hallo excusables, ya que no imprescindibles.
Si es natural que todo autor, al dar a la estampa su primer libro, se procure una Minerva que lo escude, aun lo es más que busque amparo, desconfiada y ruborosa, la joven, casi niña, que lanza a los vientos de la publicidad, engarzados en forma poética, con las lucubraciones de su mente, los sentimientos de su corazón