sábado, 11 de junio de 2011

La Fe

Convento de la Victoria
Al cantor de la duda el eminente poeta D. Gaspar Núñez de Arce

I

La musa del dolor llora, suspira,
Toma del niño el tembloroso acento;
Mas no arranca a las cuerdas de la lira
La voz tonante que estremece el viento
Y en tus sublimes cánticos se admira.
Si cantaste la duda consternado,
Del vate la misión dando al olvido,
Es que, más bien que ciego, deslumbrado,
No sordo a la razón, sino aturdido,
El pensamiento tuyo deliraba
Por la fiebre del genio enloquecido.

II

-La fe agoniza, la virtud acaba,
El valor en los pechos languidece,
Se oculta tras el sofisma,
La esperanza al nacer se desvanece
Y Apolo mudo en su dolor se abisma.
Presa de un infernal desasosiego,
Atropellando, en su apetito ciego,
Derecho, libertad y religiones.
Ritos, tronos, altares, leyes, hechos,
Van en vertiginoso torbellino
Rodando aglomerados y deshechos
Al rudo empuje de fatal destino.
Sucede a la razón la ardiente tea
Y en cabañas, y en tronos, y en altares,
Con roja luz vivísima flamea;
Con el ronco bramido de los mares
Todo en profundo abismo se derrumba,
Y es ya la tierra solitaria tumba
Formada por escombros seculares.


III

Dices en triste soledad sumido,
Como el ave nocturna y agorera
Que en la musgosa ruina forma el nido
Y la honda calma de la noche altera
Con el canto imponente y dolorido

Que angustia, atemoriza o desespera.
Apartando la vista del oriente.
Donde la luz del porvenir fulgura,
Lo mismo que en la aurora, sonriente,
Alzas de la espantable sepultura
El hórrido esqueleto del pasado,
Y envolviendo en lujosa vestidura
Su cuerpo por los siglos descarnado,
Gritas a la ignorante muchedumbre:
<< Si no quieres vivir desconsolada,
Abraza con amor estos despojos;
No hay más luz que en la tierra nos alumbre
Que la que brota triste, amortiguada,
De las cuencas vacías de estos ojos.
Yo arrastro de la vida el peso grave
En el desierto mundanal perdido,
-Añades con pesar: - yo soy un ave
Que llegó sola y sin amor al nido. >>

IV


Da treguas al amargo desaliento
Para llegar al bien, siempre infecundo,
Y en alas de tu osado pensamiento
Ven y recorre la extensión del mundo.
Rugiendo el mar y levantando bruma,
Azota los peñascos con rudeza
O callado en la orilla deja impreso,
Con algas, conchas y rizada espuma,
En curva desigual, su dulce beso.
Los flotantes jirones de las nubes,
Por rumorosos vientos impelidos,
En el basto horizonte se amontonan,
Y por el sol, de púrpura teñidos,
Las azuladas cúspides coronan.
Atronando el torrente se despeña,
Contiénese en el llano, y con voz grata
Murmura entre las guijas y la breña
Deshechos en hilos de luciente plata.
Su roja cabellera el sol extiende,

Y huye la sombra, brillan los colores,
Y el átomo en la atmósfera se enciende.
De las hondas, las fuentes y las flores
Se mecen en la brisa, perfumados
Y el melódico ritmo encadenados,
Besos, notas, suspiros y rumores.
Todo es belleza, luz, arte, poesía,
Y sin cesar al cielo se levanta,
En torrentes de mágica armonía,
El himno inmenso que la vida canta.

V

¿Aun dudas y ves sólo en tu camino
Miseria, luto y sangre, llanto y guerra?
Adelante, incansable peregrino,
Y verás que del hombre es el destino
Ir sembrando milagros por la tierra.
Que si es polvo su cuerpo, y está escrito
Que polvo vuelva a ser mísero y vano,
No es polvo el pensamiento soberano
Que mira, alcanza y mide lo infinito.
Ese soplo de Dios, llama creadora,
Mueve y dirige la potente mano
Que tantas maravillas elabora,
Arranca el velo al misterioso arcano,
Que ocultas las verdades atesora;
A las leyes del cálculo sujeta
El vuelo arrebatado del cometa,
Que arrastra en pos de sí flecos de oro
Y rápido en lo inmenso se sepulta;
Cuenta, como el avaro, su tesoro,
Los soles de la oscura nebulosa
Que la distancia a la mirada oculta;
De los astros asiste al nacimiento;
Contempla su ruina desastrosa,
Y cual Titán de poderoso aliento,
En lucha desigual con la tormenta
Cuando amenaza con el rayo al mundo,
Se lo arranca, lo sume en el profundo
Y ante Dios victorioso se presenta.

VI

El hombre que tú juzgas miserable,
Se halló, al nacer, sin pan y sin abrigo,
A todos los dolores vulnerable,
De la naturaleza vil mendigo,
A la ciega ignorancia encadenado
Y envuelto en un problema indescifrable.
Y confuso, abatido, atormentado,
Cuando morir dejábase impotente,
Mira a los cielos, y al alzar la frente
Y retratarse el sol en su pupila,
Despierta en él adormecida idea,
Y como el Hacedor gritando << sea >>,
Corre animoso a socavar la gruta,
Hace el fuego brotar, la piedra afila,
Sujeta a su poder la fiera hirsuta,
Cubre su cuerpo tosco, el barro amasa,
Apacienta el rebaño, ara la tierra,
Y en necesaria y fratricida guerra,
La patria funda al defender la casa.
¿Y aun no calla tu voz doliente y grave?
Desconoces el bien que has recibido:
Mira a tu alrededor: ¡Tú eres un ave
Que halló formado y con calor el nido!

VII

Has llegado a la vida, como el hombre
El imperio del mal tiene vencido,
Y tomas posesión del gran legado
Que él a fuerza de tiempo y de constancia,
Para hacerte feliz ha atesorado.
Permite, gran poeta, que me asombre
De tu dolor que todo ennegrece,
Del amargo y profundo desaliento
Que desvía del bien tu sentimiento
Y tu razón clarísima oscurece.
Si aun consideras mísera y liviana
La ciencia augusta que la especie humana
Acumuló en los siglos y hoy te ofrece,
¿No te hará bendecir la inteligencia
La humeante y audaz locomotora,
Que al rodar velocísima parece
Aborto colosal de la demencia,
Delirio de la mente soñadora?
¿Qué gigante poder, qué férrea mano
La arrastra retemblando por el llano,
La hace subir el empinado monte
Y trasponer veloz el horizonte?
Un vapor impalpable, un humo vano
Que en cilindros de hierro el hombre encierra,
Y te obliga a llevarlo por la tierra
Y el impulso a vencer del Océano.

VIII

El hombre es un gigante poderoso;
Él orada los montes, profundiza
Las entrañas ocultas del planeta,
Diques opone al mar y le sujeta,
Saca de madre el río caudaloso
Y por un nuevo cauce le desliza,
Acerca las orillas con los puentes,
Monta el globo y penetra en el vacío
Y llega a tal su inmenso poderío,
Que separa los viejos continentes.
Él alza las soberbias catedrales
En donde busca el pescador contrito
Alivio a su dolor, fin a sus males.
Ante la imagen de Jesús bendito.
Él se agita en la fabrica estruendosa
Que a Dios eleva su clamor inmenso,
Envuelto en la humareda nebulosa
Que del noble trabajo es el incienso;
Y mejorando siempre su destino
Ata los pueblos en estrecho abraso
Con el lazo de hierro del camino
Y de la idea el impalpable lazo.

IX

Si ayer esclavo vil o siervo era,
Hoy la cabeza del tirano aplasta
Y libertad y honra recupera;
Rinde culto a la fe, no al fanatismo,
Redime a la mujer, que antes viviera
A esclavitud inicua condenada,
Tiene clara conciencia de sí mismo,
Enfrena de pasión desordenada,
Con el estudio sus instintos doma,
Y en Dios ve amor, no furia desatada.
No del mundo moral que se desquicia
Son los restos que ves en tu camino.
La mano del derecho y la justicia
Que arrasó el Asia y abrazó a Sodoma,
Cumpliendo con las leyes del destino,
El edificio del error desploma.

X

No te abandone el varonil denuedo;
Se despojan del mal las sociedades
Como el cielo, sufriendo tempestades
Que solo al débil ser infunden miedo.
Hallándose tal ley establecida
Desde que Dios con solo una mirada
Sacó de la pereza de la nada
La agitación inmensa de la vida.
Huye la soledad, huye el quietismo
En que el alma se enerva y languidece.
Sin lucha no hay virtud: lucha y ofrece
A Dios el vencimiento de ti mismo.
Sí en otro tiempo el alma dolorida,
Muerta su fe, viviente su egoísmo,
Se encerraba en el claustro silencioso
Robando a las demás, como el suicida
El concurso preciado de su vida
Para yacer en criminal reposo,
Hoy que comprende su misión sublime,
Ve en el claustro, que viejo se derrumba,
No lugar de descanso, sino tumba,
Y vive, y lucha, y vence y se redime.
Que no se acerca a Dios quien duda, gime,
Se resigna al dolor, débil se abate,
Y sumido cobarde en la indolencia
Se entrega al mal sin empeñar combate;
Sino aquel que arrogante y animoso,
Si vencido una vez, jamás domado,
Fiero batalla por su bien ansioso
Sin desmayar su fe ni su esperanza;
Porque luchando así, siempre el soldado
O vivo o muerto la victoria alcanza.

XI

Y en lugar de morir triste, abatido,
En el silencio y en la sombra oculto,
Por extrañas visiones perseguido,
Y al miedo y al dolor rindiendo culto,
Como el mártir morir, como el valiente
Que sin hacer a su misión agravios
Muere mirando al cielo frente a frente,
Blandiendo altivo victoriosa palma,
El himno de la fe puesto en los labios
Y la esperanza en Dios viva en el alma.

José Velarde

Julio 1876

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