martes, 29 de abril de 2025

La Marcha


LA MARCHA

CANTO PRIMERO DEL POEMA INÉDITO

ALEGRÍA

I

Tanto la carretera polvorosa
Por el llano á lo lejos se alargaba,
Que, más que a pie, se hacía fatigosa
Al ánimo de aquel que la miraba.
- ¡Adelante, muchachos, adelante! _
Caminando por ella, repetía,
Volviendo atrás la cara, un comandante
Al medio batallón que le seguía,
Despeado y el pecho jadeante.

II

Ni un árbol, ni una fuente
Que alivien del soldado la jornada
En aquella marisma, solamente
De sosas y de almajos salpicada.
En vano buscan los heridos ojos
Donde llevar la vista fatigada;
Sólo la animan los flamencos rojos
Que al paso de la tropa se alzan luego,
Y á la laguna salitrosa parten,
Semejando al volar cruces de fuego.

III

Ya entre sí los soldados no departen,
Ni alegran con cantares el camino;
Que el sol y el polvo les fatigan tanto,
Que renegar les hacen de su sino.
Y rindiéndose alguno á su quebranto
Dejárase caer en la cuneta,
Si repetir no oyera al comandante,
Con voz que vibra más que una corneta:
- ¡Adelante, muchachos, adelante! -

IV

En aquellas regiones el solano
Es tan ardiente, que en el mismo invierno,
Como el simoun su hermano,
Se creyera que sopla del infierno;
Causando, si se encalma, tal bochorno,
Que palpita la atmósfera encendida
Como el aliento abrasador de un horno.

V

¿Qué mucho que rendida
Vaya la tropa por aquel desierto,
Cuando está la perdiz, como en estío,
Bajo una mata, con el pico abierto,
Sufriendo las angustias del ahoguío?
Quién cree sentir en la cabeza loca
El zumbido tenaz de la marea;
Quién de la sangre en la empolvada boca
El sabor herrumbroso paladea;
Éste reniega del fusil, airado;
Se duele triste aquél de la correa;
Otro maldice su áspero calzado,
Y todos con acento gemebundo
Juran que en el morral les han echado
La pesadumbre colosal del mundo.
Y sigue repitiendo el comandante,
Con tesón que á la tropa maravilla:
-¡Adelante, muchachos, adelante!-

VI

Abrasa el sol de suerte, que la hoja
Se reseca en la rama y se abarquilla
Cual si fuese trocándose en coscoja
Y perdido el aliento,
Sobre la tierra que el calor recuece
Se echa á dormir emperezado el viento.

La planta, el animal, la tierra misma,
Todo acabar parece
Bajo el sol que se explaya en la marisma.
Corriendo el toro va por el atajo,
Del tábano enojoso perseguido,
Á buscar la frescura del regajo;
El ave está á la sombra de su nido,
Y el labriego sestea en el sombrajo;
Mientras llama con trémulo berrido,
Ardiendo en sed, el recental zaguero
A su madre, que triste lo ventea
Rumiando las salgadas del estero.

Más hay quien se recrea
En el sol para tantos desabrido;
Saliendo cauteloso de la umbría,
Aspíralo el lagarto embebecido;
Con canto interminable de alegría
La ventruda cigarra lo celebra;
En el verde zarzal donde se embosca
Reanimada, al sentirlo, la culebra
Sus pintados anillos desenrosca,
Y á buscarlo, cual vivo meteoro,
Surge la mariposa del capullo
Batiendo el aire con sus alas de oro.

VII

Pero ¿qué de la tropa, Dios clemente!
En alegre murmullo
Ha roto la columna de repente,
Al oír de una tórtola el arrullo;
Que á tal hora, su lánguido suspiro
Se escucha sólo al lado de la fuente
O de la amiga sombra en el retiro.
Y más veraz su enamorado acento
Que la luz espectral que dichas miente
Dibujando el oasis en el viento,
No anima en balde á la cansada gente,
Que al dominar la rampa de una cuesta,
Gastando en ella su postrero brío,
Ve ante sus pies, por mágica floresta,
Serpentear precipitado un río.

Ni la vista del Rey causa tal fiesta.
Uno, sin desatarse la mochila,
Bajo el árbol más próximo se acuesta;
Otro, hojas secas en montón apila
Para dormir más cómodo la siesta,
Éste de la levita se despoja;
Aquél, dado al demonio en cuerpo y alma,
Desnudo al río de rondón se arroja;
Y por no ver sin duda el comandante
Relaja la santa disciplina,
Se aleja de aquel campo de Agramante,
Á la sombra de un olmo se reclina,
Con el cansancio en batallar se empeña,
Y al irlo, á su juicio, dominando,
Se va durmiendo, y al dormirse sueña
Que se gana la cruz de San Fernando.

Sólo á poco se oía,
De las aguas uniéndose al murmullo,
En lo más apartado de la umbría,
De la espantada tórtola el arrullo.

VIII

Enemigo del sueño es el cuidado,
Y pronto el comandante se despierta;
Que nunca en el oído del soldado
Deja el deber de murmurar ¡alerta!
De si mismo levántase enojado,
Sacude fiero su empolvada ropa.
Se refresca lavándose en la orilla,
Y vuelto hacia la tropa
Que con bríos tamaños acaudilla,
A gritos ensordece la ribera,
A éste increpando y al de allá gruñendo,
Hasta hacerles tomar la carretera;
Forma en ella á sus gentes al instante,
Y echa á andar, ya tranquilo, repitiendo:
-¡Adelante, muchachos, adelante! >> -

IX

Pero no la marisma
Cruza la tropa ya, ni bajo el rayo
De un sol inclementísimo se abisma.
Marchando va por cultivada vega,
Donde fecundo Mayo
Sus riquezas magníficas despliega.
Ya los rayos solares,
Tendidos como niebla luminosa,
Penetran en los verdes olivares,
Y madre del benéfico rocío,
Al levantarse el aura vespertina
Sus alas moja en la humedad del río.

Ni ya por muda soledad camina;
Ora ve la carreta perezosa
Que de sed lamentándose rechina;
Caballero en su yegua pasilarga,
Al mayoral que al hato se encamina;
Y cual sultán en palanquín indiano
Al trajinero, encima de la carga
Del macho de su recua más lozano,
Que al pausado compás se balancea
De la enorme cencerra del liviano.

Ora requiere su mirada amiga
La mies que al madurar amarillea
Y desfallece al peso de la espiga,
O bien de labradores la patrulla
Que aquí el terrón del cortinal quebranta,
Allí amanoja la encendida zulla
Y allá el sarmiento al rodrigón levanta.

X

>> ¿Dónde irá á descargar ese nublado?>>-
Mirando al batallón dice un labriego
Que teme más que á un toro á un alojado.
Otro que se las da de mujeriego:
-<< ¡Si al pueblo van, murmura, me han baldado!
Y con voz conmovida
Un viejo, que de joven fue soldado,
- << ¡ Qué bravos mozos!>>- suspirando exclama;
Y en ellos la mirada embebecida,
La memoria derrama
Por los años floridos de su vida.

XI

De pronto entre las frondas, á lo lejos,
De erguido campanario
Relumbran los pintados azulejos.
Entonces: -<< ¡Alto!>>- el comandante grita,
Y la esparcida tropa se repliega.
Este oficial se abrocha la levita;
Se atusa aquél las barbas y el cabello;
Uno con ambas manos se restriega;
Otro muda de puños y de cuello;
El soldado que ha poco renqueaba
Corre ya como un galgo;
Éste, que cual un niño se quejaba,
Bravea más que portugués hidalgo;
Y aquél que de la muerte renegaba
Porque en matarlo hallábase indecisa,
Tal ríe, que se aprieta los ijares,
Temiendo acaso reventar de risa.

XII

Ya en marcha se pusieron como atletas,
Y ya salen del pueblo á centenares
Los chiquillos que oyeron las cornetas.
Al saber que se acercan los soldados,
Bulle el pueblo en las calles, y corona
Balcones, azoteas y tejados.
Corre al espejo la mujer aprisa,
Donde, al par que se aliña y apersona,
Coqueta ensaya su mejor sonrisa.
Marchando cual si fuese de parada,
O á ceñirse del triunfo la corona,
Ellos, del pueblo, acércanse á la entrada.
Llegaron. ¡Qué bullicio! ¡Qué alegría!
¡Con cuánto afán los miran las mujeres!
Y á ellas ellos ¡con cuánta picardía!
Algunas, olvidando sus deberes,
Oponen el descaro á la osadía;
Otras, mirando hipócritas á tierra:
- << ¡Ay qué oficiales! >> - callandico dicen;
Y las que tienen hijos en la guerra
Al soldado agasajan y bendicen.
Rompe el pueblo en ruidosa gritería,
De placer los soldados se estremecen,
Se animan y se engallan;
El entusiasmo y la locura crecen,
Y universales vítores estallan
Cuando entran en la plaza de la aldea,
Marchando con la gracia y lozanía
Con que al salir á pasear bracea
El más bravo corcel de Andalucía.

La desconfianza

Patio c/ Baluarte

A........

¿Conociste a la huérfana Leonora?
Pues era bella como tú, alma mía;
Pues, como tú, tenia
En las mejillas, tintas de la aurora
Algo del cielo en los azules ojos;
Ricas hebras de sol por cabellera,
Preciado almíbar en los labios rojos,
La seducción de la mujer primera
De formas y apostura esculturales
Y el sello de ideal melancolía,
Que guiado por las artes celestiales,
Dio murillo al semblante de María

lunes, 28 de abril de 2025

Fernando de Laredo


Zaguán c/ Cádiz


Al Ateneo Barcelonés
Canto Primero

I

En un valle feraz de Andalucía,
A los pies de granítica montaña
Que en altura a los Alpes desafía,
Hay un pueblo tendido en un ribazo
Que en las ondas clarísimas se baña
De un río que penetra en su regazo.

Ni aun en sueños la mente se figura
Lugar de más grandeza y hermosura.
Mil picachos, perdiéndose en la esfera,
Recortan el espléndido horizonte;
Es invierno en la cúspide del monte,
Y en el fondo del valle primavera;
Amenaza el alud, en la alta cumbre
Por quebradizas rocas sostenido,
Al llano con su inmensa pesadumbre;
Rauda la catarata se despeña,
La luz quebrando y con feroz rugido,
De tajo en rambla y de barranco en breña,
Completando lo bello del paisaje
Los juegos caprichosos del celaje
En múltiples colores encendidos,
Y el pueblo que se oculta como un nido
En la verde espesura del follaje.


En el aniversario de la muerte de Alfonso XII


                               Torre Castilnovo
I

Esperanza y anhelos juveniles,
Gloria, fortuna, alteza soberana,
Talentos y osadías varoniles,
Cuanto en un ser acumuló la suerte
Lo derrumba de súbito y lo allana
El soplo no sentido de la muerte.
¡Tan caduca, tan vana
Es con toda su pompa y su ruido
La excelsitud de la grandeza humana!

Más tenebroso que la muerte misma,
Lo que ella no acabó, viene el olvido
Y en sus entrañas lóbregas lo abisma.
Con la falacia de la sierpe artera,
Él es quien lleva al corazón herido


Bálsamo dulce que el dolor tempera,
Quien seca el llanto y vierte en el sentido
El jugo de la blanda adormidera.
Va con dedo nefando,
Hasta el nombre en el mármol esculpido,
Con incansable lentitud borrando;
Que es ¡ay! el fin de su labor callada
Á la nada volver cuanto ha surgido
Del profundo misterio de la nada.

Prologo del Romancero de Colón


FRAGMENTO DE LA PARTE PRIMERA

I

¡Arriba el corazón, oh patria mía!
Voy a cantar el día
En que, vencido el bárbaro africano,
Tu aliento soberano
Al mundo viejo estremecer hacía,
Y arrancaba otro mundo al Océano.

No como entonces ¡ay! la fe te enciende,
Ni el bélico entusiasmo te arrebata,
Ni el orbe absorto de tu ciencia aprende,
Ni el arte tus grandezas aquilata.
Cuaja tu sangre el hielo de la duda:
En la inercia tu espíritu se apoca;
Sorda a las ciencias, en las artes muda,
Y manca para aquel que te provoca.
---------
Ángel maldito que abortó el infierno,
El pesimismo por la tierra cunde,
Asolador como huracán de invierno,
Y en nuestros pechos míseros infunde
La fiebre lenta del dolor eterno.

El hogar

Zaguán c/ Baluarte

POEMA DEDICADO A MI QUERIDO AMIGO
MANUEL CANO Y CUETO

CANTO PRIMERO

EL SUICIDIO

En una tarde de otoño
Triste como la desgracia,
Como el desaliento fría,
Como la tumba callada,
De su quinta de recreo,
Apartado en una estancia,
Meditabundo y sombrío
Federico de Peralta,
Con trémula mano escribe
En papel de orla enlutada

viernes, 25 de abril de 2025

El Capitán García


Torre de Guzmán desde Sta. Catalina

Al centro militar de Madrid

Lentamente de los valles
La noche subiendo va,
Y al quedarse todo en sombras,
Y silencio y soledad,

-¡Centinela alerta!- se oye
A lo lejos exclamar,
Y otra voz más a lo lejos
Responder: -¡Alerta está!-

Entra la noche tan fría,
Que en las fuentes del lugar
El agua, muda, se para
Y se convierte en cristal,

El año campestre

Pilas de la Fuente Vieja
AL GRAN POETA ZORRILLA

I

¡Ya en el alto campanario
Vuelve a anidar la cigüeña
Ya florecen los almendros,
Ya viene la primavera!

En vez de anunciar borrasca
En bandadas las cornejas,
O los grajos chilladores
Revolcándose en la arena,

Pinzones y pitirrojos
El soto y el bosque alegran,
Y alondras y cogujadas,
Los surcos y las veredas.

A orillas del mar


A ORILLAS DEL MAR
José Velarde
A ORTEGA MUNILLA
Fotos de A. Cubiles

              I

Siempre que me hallo en la tierra
Hermosa donde nací,
Que aun á los moros aterra,
Alzada frente a la sierra
Del imperio marroquí,

Me suele el sol encontrar,
Cuando declina y desmaya,
Absorto viendo llegar
Á la arena de la playa
Las roncas olas del mar.

Ya sigo la blanca estela
De la bien ceñida nave
Que al dar al viento la vela,
Sobre las espumas vuela
Rozándolas como un ave;
Ya á algún pájaro marino
Que va tras el pez sin tino,
Zambulléndose en las olas,
E imitando con su trino
Dulcisimas barcarolas.

Ávido aún de belleza
Escalo el coronamiento
De una antigua fortaleza,
Que hunde en el mar el cimiento
Y en las nubes la cabeza;

Y á medida que adelanta
Mi ascensión, se me figura
Que la atlántica llanura
Lentamente se levanta
Suspendida de la altura.

Bien me pongo a contemplar
Los árboles de un pinar
Que parecen, inclinados
Ejércitos derrotados
Que van huyendo del mar

Estático de placer
Miro en las aguas caer,
Como en hirviente crisol,
El rojo disco del sol
Que se ensancha al descender,

Y al disiparse sus huellas
De amaranto y de carmín,
Aparecen las estrellas
Temblorosas, blancas, bellas,
Como flores de jazmín.

 


Llama en esto a la oración
El destemplado esquilón
De la ermita donde mora
La Virgen, dominadora
Del furibundo aquilón,

Y al escuchar el sonido,
El adusto marinero,
Que quizás juraba fiero,
Calla y se quita, vencido,
De la cabeza el sombrero;


Pues no existe en derredor
Marinero ó pescador,
Que al desamarrar la lona,
No le rece con fervor,
Una salve a su patrona;

Virgen santa, que presume
De no usar otra presea
Que de corales no sea,
Ni otro incienso que el perfume
Embriagador de la brea.

  



Y que por ricos ex-votos
Y por galas en su altar,
Quiere los vestidos rotos
De los náufragos devotos
Á quienes salva del mar.




 
             II

En las tardes de verano,
No ha mucho tiempo, solía
Encontrar allí un anciano
Que, como yo, se aplacía
Contemplando el océano.

El imperio de su faz,
Su nerviosa contextura
Y su voz áspera y dura
Contrastaban con la paz
De su vida y su dulzura;



Y supliendo la alta ciencia
Y el estudio de los sabios
Con el genio y la experiencia,
Cada frase era en sus labios
Una profunda sentencia.

A pesar de nuestra edad,
Nos puso en intimidad
El mismo amor de los dos
A la hirviente inmensidad
Que sirve de espejo a Dios:

Y aunque muy niño, al olvido
Dando amor, juegos y enojos,
Le escuchaba embebesido,
Con el alma en el oído
Y abierto, sin ver, los ojos.



 Una tarde en que la historia
Del valiente pueblo ibero
Trajimos a la memoria,
Jurando culto a su gloria
Y rencor al extranjero,

Con el habla estremecida
De quien tiene el alma herida
Por la pena o por el odio
-Oye -dijo- el episodio
-<
Más terrible de mi vida. >>-





Y temblando, absorto, mudo
Y con el rostro ceñudo
Permaneció largo rato,
Hasta que vencerle pudo
Y comenzar su relato.


 





                   III

-Dicen que todo dolor
Hasta el vengativo anhelo,
Encuentra dulce consuelo
O se convierte en amor
Cuando el alma mira al cielo;

Más allí los ojos guío,
Y el odio en el pecho mío
Se resuelve sin cesar,
Ya templado, ya bravío,
Siempre grande como el mar.

 






En vano vencerlo quiero;
Pues hallo dulzura en él,
Como las abejas miel
En las flores del romero,
Más amargas que la hiel.

Y es que esclava de ley dura
Desde el pecado de Adán,
En toda humana criatura
Fermenta la levadura
Maldecida de Satán,

 




Y hay heces en lo más hondo
Del alma del ser más bueno,
Como hay pestilente cieno
Depositado en el fondo
Del arroyo más sereno

IV

El primer recuerdo mío
Es haber visto a mi madre,
Una noche de agua y frío,
Besando con desvarío
El cadáver de mi padre;

jueves, 24 de abril de 2025

¿Pasión o locura?


Extramuros
A Lola

Canto primero

El doctor que a mis males hace guerra
( En quien tengo una fe de mahometano),
Me dijo cierto día :- Amigo, es vano
Que pretenda curarse en esta tierra;
Si quiere verse pronto bueno y sano,
Váyase a tomar aires a la sierra.

(I) habiendo alcanzado con este poemilla tan prosaicamente escrito, allá en mis albores de poeta, más pláceme que con cuantas obras he dado después a la luz, y constándome que todavía hay quien lo retiene en la memoria y lo recita con cariño, se me ha hecho cargo de conciencia descartarlo de este libro, y más aún desfigurarlo a fuerza de lima.


Dejando en la ciudad el cuerpo en calma,
Fatigáis vuestra mente, y es forzoso,
Evitar otro ataque peligroso,
Dando al cuerpo trabajo y paz al alma.-
Y yo, que hasta al error tengo respeto,
Cuando sale de los labios de un sujeto
De años muchos y clara inteligencia,
Siguiendo el buen consejo de la ciencia,
Marché con voluntad muy decidida
A un pueblo que no nombro, con objeto
De alargar la carrera de mi vida.


domingo, 20 de abril de 2025

Lucía Velarde de Castro escrito por Mª Dolores Barreda Pérez

ACETA de Bellas Artes
Asociación Española de Pintura y Escultura

Lucía Velarde de Castro
01/12/2018 

Por Mª Dolores Barreda Pérez

LAS PRIMERAS ARTISTAS DE LA

ASOCIACION ESPAÑOLA DE PINTORES Y ESCULTORES

Desde su fundación en 1910, y después de haber tratado en anteriores números a las Socias Fundadoras de la entidad, y las participantes en el primer Salón de Otoño, vamos a ir recuperando de la memoria colectiva, el nombre de las primeras socias que vinieron a formar parte de la Asociación de Pintores y Escultores.

LUCÍA VELARDE DE CASTRO

VELARDE DE CASTRO, Lucía P 1911 1881 MADRID

Lucía Velarde de Castro nació en Madrid en 1881. Al menos así consta en los archivos de la Asociación Española de Pintores y Escultores, a la que se asoció en el año 1911 haciendo constar que era pintora, si bien por las crónicas de la época, sabemos que era miniaturista.

Hija del poeta José Velarde Yuste y de Lucía de Castro y Hernández Pinzón.

Vivían en la calle Jorge Juan, Nº5, cuarto bajo, hasta que en 1892, cuando la pintora contaba con 11 años, falleció su padre, a la prematura edad de 43 años, dejando viuda y siete hijos: Dolores, Lucía, Agustín, Alfonso, José, Patrocinio, y Rafaela, en una situación económica complicada y difícil.

La prensa recogía la noticia haciendo constar aún más “el dolor de la pobre viuda, Doña Lucía de Castro y Hernández Pinzón que el mismo día que enterraban a su marido, veía morir a su último hijo, una niña de cuatro o cinco meses.

viernes, 11 de abril de 2025

VENTA DE INMUEBLES DE Dª MARÍA DOLORES Y D. JOSÉ VELARDE YUSTI Y OTROS A D. FEDERICO JOLY Y VELASCO

 

Cuatro mil ochocientos tres

Número novecientos sesenta.

Al margen:
Venta de inmuebles,
Mª Dolores y D. José Velarde y Yusti y otros a
D. Federico Joly

En la ciudad de Cádiz a diez y nueve de diciembre de mil ochocientos noventa y uno, ante mí Don José María Clavero y Gómez, notario de la misma y del ilustre Colegio de Sevilla, presentes los testigos que al final se expresaran, comparecen don Juan Bellido y Ramírez Arias, de treinta y dos años de edad, soltero, abogado, y vecino de Conil de la Frontera, con residencia accidental en esta ciudad, y don Federico Joly y Velasco, mayor de edad , casado, propietario y vecino de esta población, a quienes conozco, de que doy fe, asi como también de que exhiben su correspondiente cedula personal, la del primero, de oncena clase, número ciento quince expedida en Conil con fecha, veinte y uno de septiembre último, y la del segundo, de cuarta clase, número cinco mil noventa, expedida en esta ciudad a doce de Octubre del corriente año, y asegurando amistad---- con parientes que se hallan en el pleno goce y ejercicio de sus derechos cívicos, y teniendo, a mi juicio la capacidad legal necesaria para otorgar esta escritura, al don Juan Bellido y Ramírez Arias, dice:

Primero: xxxx apoderado de doña María de los Dolores, don José y doña María Candelaria Velarde y Yusti según resulta de las copias de escrituras que me exhiba en este acto, para que se las devuelva, como lo verifico, después de copiar a continuación los particulares de ellas, que se refieren al otro lote de la presente, y que dicen así: