martes, 17 de septiembre de 2013

Carta 7ª de Zorrilla a Velarde

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Vidiago, 9 Se[p]tiembre [1882]

Mi querido Velarde: hoy hace cinco días que llegué aquí. ¿Qué será allí?, dirá V. pues es uno de los cien pueblecillos tendidos y colgados por los valles y cañadas y por los cerros de este país montañoso y pintorescamente accidentado, entre cuyos habitantes se conserva aún algo de la Fe, las costumbres y la tradición del viejo tiempo. Yo vivo en una casa que llaman palacio (y que lo fue y es aún), que pertenece a un amigo mío a quien hace 22 años que conocí en Méjico, el primero a quien allí debí un buen consejo, un buen puñado de onzas y desde entonces acá una buena amistad.

Tiene este amigo negocios en Inglaterra, grandes relaciones en aquella maldita isla, y una afición inmoderada a todo lo inglés,. Tiene un palacio amueblado y alfombrado con muebles y tapicería inglesas, y come y vive como si fuera inglés. Yo que respeto las costumbres, los caprichos y las manías de todos mis amigos, que tengo por este un respeto especial y una gratitud de hombre leal, no me atrevo a decirle que voy a perder el estómago, y el poco caletre que me queda, con tanta trufa, pescado, caza y legumbres en conserva inglesa, que es de lo que se compone su comida diaria. Y no porque con todo esto me obsequie a mí, sino porque él se trata de esta manera desde hace muchos años y no tiene en la atestada despensa más que latas y botes ingleses, de los cuales hace uso diario.

Su casa y mi alojamiento en ella es espléndido; su cuidado por mí, el de un padre o un hermano mayor; se ocupa de los más pequeños pormenores de mi vida en su casa, y aunque quiere dejarme toda la libertad y todo el tiempo para el trabajo (que es lo que he venido aquí a hacer), ya unos amigos que vienen de lejos o de cerca por verme, ya unas señoras que sin verme no quieren volverse a Madrid, o a Oviedo, o a Santander, ya unos parientes q[u]e no pueden menos que saludarme, me cortan el hilo de mi cuento y me esperan blancas sobre la mesa las cuartillas que debían ya estar emborronada de garabatos.

Ayer fiesta y tarde de lluvia (llueve desde que llegué) me reunió en un gran salón que tiene aún por amueblar 18 o 20 muchachas para que bailaran el Pericote, danza característica de esta comarca de Llanes, y me pasé una divertidísima tarde, recogiendo cantares que me improvisaban las cantaoras de tan buena fe y tan sencillo corte como este:

Salud, mozas, a bailar
y bailadlo a maravilla
ved que os está contemplando
el gran poeta Zorrilla.

Cantan aún aires y tonadas que huelen a Juan de Mena y Jorge Manrique, y cantan aún los romances antiguos, relatando una tradición, y el baile dura lo que dura el romance. No puedo hablar a V. más de esta escena impregnada de poesía casera y campestre, que huele a manzanas acabadas de coger del árbol y suena como los cencerrillos lejanos de los ganados que vuelven del redil, porque no tengo tiempo y porque pienso escribir unos romances de todo esto que veo, oigo y saboreo con un placer infantil.

Pero todos esto suplico a V. que no hable y menos escriba, sobre tordo de mi amigo y hospedador, quien tiene odio a que le nombre en periódicos ni escritos, y eso que de él no puede hablarse más que bien, y ha estado a punto de reñir conmigo, porque en mis recuerdos del tiempo Viejo he dicho de él lo menos que de él podía y debía decir, que no ocupa cinco líneas; y si por una casualidad o casual indiscreción alguno a quien V. dijese lo que yo en esta le digo se metiese a dar en un periódico la noticia de dónde y con quién estoy, puedeV. Estar seguro que me causaría un disgusto cuando llegara aquí el periódico.

No me importa, sin embargo, que diga V. que ando en Asturias y por los alrededores de Llanes (patria del gran Orejón Posada Herrera) con un amigo mío a quién, según se desprende de lo que de él digo en mis recuerdos y del cariño con que de él he hablado muchas veces delante de V., considero yo como un hermano y debo sin duda una gratitud que no tengo por qué ocultar ni pienso olvidar.

Esto no es decir a V. que quiero que se diga, ¡esto no!, sino que, si al fin se ha de decir algo de mí, vale más que se diga esto por V. que no una necedad que nos reviente por cualquier badulaque entrometido.

Si escribo los romances que pienso, se los enviaré a V. para que, después de revisarlos, se los dé a la Ilustración [Española y Americana] si los paga bien, y si no a Ortega Munilla, que dará 15 duros por cada uno.

Parece que lo de mi edición completa va bien, y mi cuñado me escribe de Barcelona con muy buenas esperanzas. Yo temo que el Señor Dios, que me ha tenido siempre puesta la mano encima del cogote para que no me levante, o el diablo, que me ha convertido siempre en hojas secas los duros que podía haber metido en mi bolsillo, me envíen ahora una [jarana] política o de cólera [esporádico] para que mate la única empresa de que puedo sacar pan para lo que me resta de vida, y me muera en la calle en camisa y en invierno bailando la danza prima, y cantando mi epitafio al ritmo de la peteneras.

No tengo más tiempo. Siento no poder hablar más con V. Pepillo, pillo, pero llega un coche en el cual debemos ir a Llanes a comer con unos ingleses millonarios que están no sé bien cómo ni por qué en Llanes, y que nos han convidado ayer.

Con que adiós. Muchos buenos recuerdos a la señora, besos a los muñequitos y suyo siempre el viejo que más le quiere

J. Zorrilla

Dos sobres: en el interior:

Correo de Santander

[Al Sr.] D. Manuel J. Madrid
Por Torrelavega
                     Vidiago,
Y en el interior a migo

Síntesis de la tierruca

¿Qué le sirve a un hombre pobre
cortejar a una bonita,
si, porque a él le falte el cobre
viene el rico y se la quita?
Aunque soy morenita y tuerta de un ojo,
todas las noches ronda mi puerta un cojo.

No quise concluir sin dar a V. muestra de la tela que aquí se teje.

Boletín de la Real Academia Española Tomo LXXXVIII Cuaderno CCXVIII Julio-Diciembre de 2008

Cartas de José Zorrilla al poeta José Velarde (1881-1891).

Marta Palenque

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