viernes, 28 de marzo de 2014

Recuerdos del tiempo viejo (Zorrilla)

Este libro no necesitaba prólogo: la carta del señor Velarde, con la cual va honrado, y la primera mia, contestación a ella, justifican la publicación en El Imparcial de los artículos cuya colección forma el texto de este volumen; y el motivo de coleccionarlos en él, es la demanda que de su colección me han hecho los amigos que me leen y los libreros que me venden
                Portada de la dedicatoria                                  Portada del libro
I

El poeta Zorrilla              Carta escrita por Velarde a Zorrilla

Era la tarde del 15 de Febrero de 1837. en el cementerio de la puerta de Fuencarral, un numeroso concurso apiñaba en derredor de un joven desconocido, delgado, pálido, de larga cabellera y expresivos ojos, que, acongojado y convulso, leía, ante un féretro adornado con una corona de laurel, una sentida poesía.

El concurso lo formaba todo Madrid artístico; el féretro encerraba el cadáver de Larra; el poeta era Zorrilla.

Aquella tarde fría y nebulosa fue solemne; vio la conjunción de dos crepúsculos. Un sol se alzaba en el oriente de la literatura al hundirse otro en el ocaso.

A los desgarradores acentos de (La noche buena del poeta), de Fígaro. Último canto del cisne moribundo, cuyos ecos aun estremecían el aire, se unieron los acordes del arpa de Zorrilla, primeros cantos de la alondra al alba.

España, al perder al más grande de los críticos, encontró al más popular de sus poetas.

Desde aquel día, la Fama fatigada va dando a todos los vientos el nombre del bate inmortal. Desde aquel

miércoles, 26 de marzo de 2014

Los sueños

Belén

Ya el nacimiento del niño
La familia festejó.
Todos duermen, todos sueñan;
¿Mas cuales sus sueños son?

Junto al pecho de su madre
El niño sueña con Dios,
Y ella sueña que le nutre
Con su propio corazón.

Sueña el rapaz con los juegos,
La doncella con su amor,
El padre con los fantasmas
Brillantes de la ambición,

Y el abuelo, como el niño,
En Dios sueña con fervor;
¡Que es toda la vida un sueño
Que empieza y termina en Dios!

José Velarde

domingo, 16 de marzo de 2014

El Expósito

Raices Conileñas

De un grandísimo edificio
En una sala muy grande,
Desvelados en sus lechos
Están doscientos rapaces.

¡Cuánto dieran por unirse
Á los que van por la calle
Entonando villancicos
Y haciendo sonar el parche!

Mas ¡ay! Que de aquella casa,
Cuartel, hospital y cárcel,
Salir no pueden, so pena
De ser victimas del hambre.

Un niño de pocos años,
Cuyas mejillas de ángel
Á voces está pidiendo
Las caricias de una madre,

Incorpórase en el lecho
Para escuchar los cantares,
Pero un celador que llega
Le reprende con coraje.

Y el niño tiembla de miedo
Al ver tan duro semblante,
Y llora y dice: -¡Dios mío,
Por qué no tenemos padres?

José Velarde