viernes, 20 de julio de 2018

Jose Velarde, Medico y Poeta Conileño


Por el Dr. A. Orozco Acuaviva 1979

Del poeta conileño José Velarde tenía conocimiento por la “Biblioteca de Autores Andaluces” de Francisco Cuenca, de que había abandonado la carrera de Medicina para dedicarse al cultivo de las letras. Pero un colega y amigo, descendiente de la familia del ilustre poeta, y gran aficionado a la literatura, me señala que Velarde terminó la carrera y ejerció la profesión durante algunos años.
Es obligatorio, por tanto, que el inspirado vate que alcanzó la amistad y admiración de Zorrilla, Echegaray, Núñez de Alce, etc., ocupe el lugar que corresponde entre los literatos que surgieron de las aulas de las Facultades de Medicina, como los Baroja, como Campoamor, como Gimeno, Como Francos Rodríguez, como tantos otros. Y que también entre los poetas gaditanos se rememore el recuerdo de este médico-poeta que el día  10 de diciembre de 1848, hace por lo tanto ciento treinta años, vio la luz en la antigua Cymbilis, y que por la proximidad con Patría algunos llamaron Mergablo. Por eso canta así Velarde a su pueblo:
                En el declive de un monte,
                A la orilla del Atlántico
    Y entre cármenes floridos
                Se halla la bella Mergablo.
José Velarde Yusti, hijo de don Agustín, médico de Conil, obtuvo el título de Bachiller en el Instituto de Jerez de la Frontera en 1864, e ingresó en la Facultad de Medicina de Cádiz, donde acabó la carrera en 1869 y en cuyo expediente se aprecia como iría llamándole más la atención las Musas que las historias clínicas, porque los sobresalientes de los primeros cursos se fueron trocando en notables en los siguientes y aprobados en los últimos. No obstante, realizó los cursos del doctorado y obtuvo el grado de doctor en octubre de 1870.perece ser que se trasladó a Sevilla ingresando en el cuerpo de Beneficencia Municipal, en  donde obtuvo plaza, por oposición en 1875, pero para entonces ya estaba casi totalmente ilusionado por la literatura.
Efectivamente, en esos años se ha dado a conocer en Sevilla por sus ideas radicales, escribiendo en El Demócrata Andaluz, y después del advenimiento de Alfonso XII, se afilia al partido liberal, siendo redactor de La Tribuna. Su poema ¿Pasión o locura? De diciembre de 1874 le hace muy popular, lo cual le estimula a una gran producción: Consejos, De cómo nació el “Quijote”, A mi padre, a mi madre, La fe, El otoño, Epístola moral, etc, hasta que en 1877 conoce a un niño prodigio, Juan Antonio Cavestany, que sólo cuenta 15 años de edad y ha estrenado un drama El esclavo de su culpa, que ha dejado boquiabierto a media España. Acompaña a Madrid a Cavestany al estreno de una comedia y establece relación con Núñez de Arce, Cañete, Campoamor, etc., decidiendo dejar su profesión y dedicarse a la literatura, gracias al apoyo que recibe de don Ramón de Campoamor, entonces director general de Beneficencia. Como de la poesía no se puede vivir Cánovas del Castillo le facilita un destino en Hacienda.  Su producción literaria es ya muy extensa, pues de Sevilla ha llevado un libro, Poesías (1878) y al año siguiente Nuevas poesías, y mientras tanto su leyenda El trovador, Teodomiro o la cueva del Cristo, etc. En Madrid estrena con Cavestany el drama en tres actos Pedro el bastardo, que es muy aplaudido en el teatro Español, con presencia de Cánovas del Castillo, Silvela, Echegaray, Conde de Toreno, etc.
Pero Velarde es un versificador romántico, cuando el romanticismo está en declive, y un poeta modernista cuando el modernismo aún no se comprende. Por ello la crítica seba en Velarde, amargándole constantemente su existencia. Entre ellos la acerada pluma del implacable Leopoldo Alas “Clarín”. Más injusta aún la de Melchor de Palau que ante la mejor poesía de Velarde, Alegría, sólo le parece ver mera servidumbre y copia de Núñez de Arce, de Zorrilla, etc., cuando es evidente que si en toda la restante obra poética de Velarde se aprecia de inmediato, efectivamente, la pervivencia de un romanticismo tardío, que alcanza hasta el título de alguna obra, El trovador, quizá rememoración de la primacía romántica de su vecino chiclanero Antonio García Gutiérrez, y herencia inevitable de una provincia que ha dado los primeros románticos españoles, desde Cadalso hasta Alcalá Galiano, pasando por la “invención” de la palabra “romanticismo” en el alemán-gaditano Böhl de Faber, precisamente el poema Alegría, es un poema sencillo, realista, puramente descriptivo de su Andalucía natal, y que por eso desagradó también a su maestro Núñez de Arce. Es ya la transformación de su poesía modernista sumándose con ello, tímidamente, pero sumándose al fin y al cabo, a los precursores del modernismo poético español, como Salvador Rueda, Ricardo Gil, o el gaditano Carlos Fernández Schaw. En su defensa saldrá años después el gran Juan Varela.
Su vida estuvo entristecida por estas amargas críticas y por su estrecha situación económica, que soportó casado y con 7 hijos y que mantuvo dignamente rehusando las manos amigas como la del propio Rey Alfonso XII, que gustaba de recitar sus poesías y le ofreció su ayuda, por eso a su muerte escribió Velarde.
            Yo que jamás te adulé
            Ni a tu favor acudí
Cuando halagado me vi
Por la amistad que en ti hallé
No este día mancharé
Lisonjero, tu memoria:
Para quien la limpia gloria
Que tú conquistaste alcanza,
Es la mejor alabanza
La justicia de la historia
El día que se enterró Velarde el conocido crítico don Casiano Ruiz Martínez, publicó en La Correspondencia de España una poesía del poeta conileño que era fama gustaba recitar Alfonso XII que confirma la estima en que le tuvo el monarca.
La situación económica de Velarde en Madrid queda reflejada en las noticias de la prensa de aquellos días, y aún más el dolor de la pobre viuda, Doña Lucía de Castro y Hernández Pinzón que el mismo día que enterraban a su marido veía morir a su último hijo, una niña de cuatro o cinco meses. En el entierro el insigne don José Zorrilla, a quien la emoción le impidió acompañarle al cementerio. Núñez de Arce, Manuel de Palacios, Fernández Grilo, Cavestany, Iturzalde, Ruiz Martínez y Sánchez Moguel en representación del Ateneo con cuatro ujieres con coronas… y una noticia como una cuchillada: “La viuda e hijos quedan en el mayor desamparo”. Era el 22 de febrero de 1882. Velarde había cumplido 44 años de edad.
El Ateneo de Madrid le organizó un homenaje póstumo en donde don Federico Balart señala que “En la patria de Cervantes a nadie sorprenderá que un poeta muera dejando a sus hijos por todo patrimonio la gloria y la pobreza”. De las obras de Velarde don Juan Antonio Cavestany leyó una epístola, que a él le dedicara, así como Ferrari el poema La venganza. Don José Echegaray leyó Tempestades y don Manuel de Palacios, A orillas del mar, cerrando el homenaje don José Zorrilla que leyó El otoño. La prensa del día siguiente incorporaba un soneto de Rodríguez Correa aludiendo a la situación de sus deudos. Como contestación al mismo el marqués de Comillas envió cinco mil pesetas a la viuda, prometiendo además ocuparse del mayor de sus hijos…
En Cádiz también se le hicieron honras literarias en su Ateneo. Fueron presididas por don Adolfo de Castro, con asistencia de la marquesa de Angulo, señora de Lacave, viuda de Rocafull, doctor Marenco, Diaz Rocafull, etc., interviniendo el señor Juliá y el señor Loma y Corradi que leyó unas quintillas dedicadas a Velarde. El señor Rioseco leyó el poema velardiano La Velada y don Alfonso Moreno Espinosa la magistral poesía de Velarde Ante un Crucifijo que es fama que cuando se leyó por primera vez en el Ateneo de Madrid, hizo exclamar a don José Zorrilla “¡Esto no lo ha dicho en castellano nadie más que usted!”. Finalmente el señor Ortega Morejón leyó la leyenda del poeta conileño El Capitán García y una poesía privada del poema a la duquesa de Almodovar del Rio que entonces se recitó por primera vez.
En su pueblo natal, Conil,  también hubo intentos a fines de siglo de erigirle un monumento. Su nombre rotula una calle que nominada entre tantas otras que los ayuntamientos dedican al sol político que calienta en cada momento, pierde el significado distintivo que perpetúe  la memoria de un ciudadano ejemplar del lugar. Ignoro si en Madrid en la casa de la calle Jorge Juan donde falleció se recordará su nombre, en su pueblo natal creo que nada distingue la casa donde nació. En la entonces Plaza de Alfonso XII (me figuro que habrá cambiado ya de nombre varias veces) y frente al exconvento de la Victoria, donde se venera la imagen de Nuestra Señora de las Virtudes, unos conileños amantes de sus propios valores pensaron en levantarle un monumento con una inscripción que recogiese aquel verso de Velarde dedicado a su pueblo y que cantando a su virgencita protectora de los bautizados “en la pila verde” dice:
            ¡Que alegre acento
El de aquella campana del convento,
Que de mi pueblo se alza en la alta loma,
Cuando repica por su Virgen Bella!
¡Ni en San Pedro de Roma
Hay campana que suene como aquella!
Claro que todo quedó en un pensamiento… que, al fin y al cabo, es una bella imagen poética.

Dar las gracias a Virtudes Narvaez por hacerne llegar este documento del archivo Municipal de Cadiz

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