martes, 21 de junio de 2016

Alegría (Completa)

AL INSIGNE ESCRITOR
D. ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO

INTRODUCCIÓN

La Marcha                        
Se publicó en La Ilustración Española y Americana el 30 de octubre de 1886
I

Tanto la carretera polvorosa
por el llano a lo lejos se alargaba,
que, más que a pie, se hacia fatigosa
al ánimo de aquel que la miraba.
- ¡Adelante, muchachos, adelante! _
Caminando por ella, repetía,
volviendo atrás la cara, un comandante
al medio batallón que le seguía,
despeado y el pecho jadeante.

II

Ni un árbol, ni una fuente
que alivien del soldado la jornada
en aquella marisma, solamente
de sosas y de almajos salpicada.
En vano buscan los heridos ojos
donde llevar la vista fatigada;
sólo la animan los flamencos rojos
que al paso de la tropa se alzan luego,
y a la laguna salitrosa parten,
semejando al volar cruces de fuego.


III

Ya entre sí los soldados no departen,
ni alegran con cantares el camino;
que el sol y el polvo les fatigan tanto,
que renegar les hacen de su sino.
Y rindiéndose alguno a su quebranto
Dejárase caer en la cuneta,
si repetir no oyera al comandante,
con voz que vibra más que una corneta:
- ¡Adelante, muchachos, adelante! -

IV

En aquellas regiones el solano
es tan ardiente, que en el mismo invierno,
como el simoun su hermano,
se creyera que sopla del infierno;
causando , si se encalma, tal bochorno,
que palpita la atmósfera encendida
como el aliento abrasador de un horno.


V

¿Qué mucho que rendida
vaya la tropa por aquel desierto,
cuando está la perdiz, como en estío,
bajo una mata, con el pico abierto,
sufriendo las angustias del ahoguío?

 Quién cree sentir en la cabeza loca
el zumbido tenaz de la marea;
quién de la sangre en la empolvada boca
el sabor herrumbroso paladea;
éste reniega del fusil, airado;
se duele triste aquél de la correa;
otro maldice su áspero calzado,
y todos con acento gemebundo
juran que en el morral les han echado
la pesadumbre colosal del mundo.

Y sigue repitiendo el comandante,
con tesón que a la tropa maravilla:
-¡Adelante, muchachos, adelante!-

VI

Abrasa el sol de suerte, que la hoja
se reseca en la rama y se abarquilla
cual si fuese trocándose en coscoja
y perdiendo el aliento,
sobre la tierra que el calor recuece
se echa a dormir emperezado el viento.

La planta, el animal, la tierra misma,
todo acabar parece
bajo el sol que se explaya en la marisma.
Corriendo el toro va por el atajo,
del tábano enojoso perseguido,
á buscar la frescura del regajo;
el ave está a la sombra de su nido,
y el labriego sestea en el sombrajo;
mientras llama con trémulo berrido,
ardiendo en sed, el recental zaguero
a su madre, que triste lo ventea
rumiando las salgadas del estero

Mas hay quien se recrea
en el sol para tantos desabrido;
saliendo cauteloso de la umbría,
aspíralo el lagarto embebecido;
con canto interminable de alegría
la ventruda cigarra lo celebra;
en el verde zarzal donde se embosca
reanimada, al sentirlo, la culebra
sus pintados anillos desenrosca,
y a buscarlo, cual vivo meteoro,
surge la mariposa del capullo
batiendo el aire con sus alas de oro.

VII

Pero ¿qué de la tropa, Dios clemente?
en alegre murmullo
ha roto la columna de repente,
al oír de una tórtola el arrullo;
que a tal hora, su lánguido suspiro
se escucha sólo al lado de la fuente
o de la amiga sombra en el retiro.
Y más veraz su enamorado acento
que la luz espectral que dichas miente
dibujando el oasis en el viento,
no anima en balde a la cansada gente,
que al dominar la rampa de una cuesta
gastando en ella su postrero brío,
ve ante sus pies, por mágica floresta,
serpentear precipitado un río.

Ni la vista del Rey causa tal fiesta.
Uno, sin desatarse la mochila,
bajo el árbol más próximo se acuesta;
otro, hojas secas en montón apila
para dormir más cómodo la siesta,
éste de la levita se despoja;
aquél, dado al demonio en cuerpo y alma,
desnudo al río de rondón se arroja;
y por no ver sin duda el comandante
relaja la santa disciplina,
se aleja de aquel campo de Agramante,
a la sombra de un olmo se reclina,
con el cansancio en batallar se empeña,
y al oírlo, a su juicio, dominando,
se va durmiendo, y al dormirse sueña
que se gana la cruz de San Fernando.

Sólo a poco se oía,
de las aguas uniéndose al murmullo,
en lo más apartado de la umbría,
de la espantada tórtola el arrullo.

VIII

Enemigo del sueño, es el cuidado,
y pronto el comandante se despierta;
que nunca en el oído del soldado
deja el deber de murmurar ¡alerta!
De si mismo levántase enojado,
sacude fiero su empolvada ropa.
se refresca lavándose en la orilla,
y vuelto hacia la tropa
que con bríos tamaños acaudilla,
a gritos ensordece la ribera,
a éste increpando y al de allá gruñendo,
hasta hacerles tomar la carretera;
forma en ella a sus gentes al instante,
y echa a andar, ya tranquilo, repitiendo:
-¡Adelante, muchachos, adelante! >> -

IX
Pero no la marisma
cruza la tropa ya, ni bajo el rayo
de un sol inclementísimo se abisma.
Marchando va por cultivada vega,
donde fecundo Mayo
sus riquezas magníficas despliega.
Ya los rayos solares,
tendidos como niebla luminosa,
penetran en los verdes olivares,
y madre del benéfico rocío,
al levantarse el aura vespertina
sus alas moja en la humedad del río.

Ni ya por muda soledad camina;
ora ve la carreta perezosa
que de sed lamentándose rechina;
caballero en su yegua pasilarga,
al mayoral que al hato se encamina;
y cual sultán en palanquín indiano
al trajinero, encima de la carga
del macho de su recua más lozano,
que al pausado compás se balancea
de la enorme cencerra del liviano.
Ora requiere su mirada amiga
la mies que al madurar amarillea
y desfallece al peso de la espiga,
o bien de labradores la patrulla
que aquí el terrón del cortinal quebranta,
allí amanoja la encendida zulla
y allá el sarmiento al rodrigón levanta.

X

>>¿Dónde irá a descargar ese nublado?>>-
mirando al batallón dice un labriego
que teme más que a un toro a un alojado.
Otro que se las da de mujeriego:
-<<¡Si al pueblo van, murmura, me han baldado!
y con voz conmovida
un viejo, que de joven fue soldado,
- <<¡ Qué bravos mozos!>>- suspirando exclama:
y en ellos la mirada embebecida,
la memoria derrama
por los años floridos de su vida.

XI

De pronto entre las frondas, a lo lejos,
de erguido campanario
relumbran los pintados azulejos.
Entonces: -<<¡Alto!>>- el comandante grita,
y la esparcida tropa se repliega.
Este oficial se abrocha la levita:
se atusa aquél las barbas y el cabello:
uno con ambas manos se restriega;
otro muda de puños y de cuello;
el soldado que ha poca renqueaba
corre ya como un galgo;
éste, que cual un niño se quejaba,
bravea más que portugués hidalgo;
y aquél que de la muerte renegaba
porque en matarlo hallábase indecisa,
tal ríe, que se aprieta los ijares,
temiendo acaso reventar de risa.

XII

Ya en marcha se pusieron como atletas,
y ya salen del pueblo a centenares
los chiquillos que oyeron las cornetas.
Al saber que se acercan los soldados,
bulle el pueblo en las calles, y corona
balcones, azoteas y tejados.
Corre al espejo la mujer aprisa,
donde, al par que se aliña y apersona,
coqueta ensaya su mejor sonrisa.
Marchando cual si fuese de parada,
o a ceñirse del triunfo la corona,
ellos, del pueblo, acércanse a la entrada.
Llegaron. ¡Qué bullicio! ¡Qué alegría!
¡Con cuánto afán los miran las mujeres!
Y a ellas ellos ¡con cuánta picardía!
Algunas, olvidando sus deberes,
oponen el descaro a la osadía;
otras, mirando hipócritas a tierra:
-¡Ay qué oficiales!- callandico dicen;
y las que tienen hijos en la guerra
al soldado agasajan y bendicen.
Rompe el pueblo en ruidosa gritería,
de placer los soldados se estremecen,
se animan y se engallan;
el entusiasmo y la locura crecen,
y universales vítores estallan
cuando entran en la plaza de la aldea,
marchando con la gracia y lozanía
con que al salir a pasear bracea
el más bravo corcel de Andalucía.

CANTO PRIMERO

EL ALOJADO                        
Se publicó en La Ilustración Española y Americana el 1º semestre 1887
I

El pueblo cuyo blanco caserío
salpica las vertientes de dos lomas,
entre las cuales se despeña un río,
parece una bandada de palomas,
visto desde el indómito Océano,
que lo refresca con su leve bruma,
lo aduerme con su arrullo soberano,
y lo acaricia con su blanca espuma.

El mar al frente, y a la espalda un llano
que, por fecundo, el ánimo alboroza,
y teniendo al alcance de la mano
las últimas quebradas de la sierra
aquel humilde pueblecillo goza
de todas las ventajas de la tierra.

Cercan sus huertos, patios y corrales,
donde la palma y el naranjo crecen,
en vez de tapias, pitas y nopales;
sus zanjas con adelfas, se enrojecen,
y sus lindes e hijuelas con rosales:
y si en cosechas ricos y hojarasca
sus viñedos, olivas y frutales,
allá en el monte, entre arroyuelos y lasca,
en verdor con la encina y el chaparro,
compiten el lentisco y la carrasca.

Ofreciendo espectáculo bizarro,
viven allí en concierto
el martímpescador de la rivera
y el ruiseñor del huerto;
la avutarda voraz de la pradera,
y el zurito pichón de los pinares;
el calvo buitre del riscal desierto
y la blanca gaviota de los mares.

En aquella región, a todos grata,
hasta el mendigo que el sustento implora,
con tierno pan de flor el hambre mata;
y convidando están a los rapaces,
en los vallados negra zarzamora,
espinoso alcaucil y uvas agraces,
en el río el cangrejo que soslaya,
bellotas y madroños en el monte,
y ostiones y almejas en la playa.

Allí alegres, y francos, y amistosos,
jamás los hombres aprendieron nada
de los búhos, las zorras y los osos;
y en costumbre y en gustos caballeros,
a la mujer, para el amor creada,
de trabajos groseros
la tienen, generosos, libertada;
y ella ( que huye de bárbaro atavío,
pues al par que con gracia y hermosura
nació con elegancia y señorío),
cuando lleva su bata de colores
que al pecho se le ciñe y la cintura,
y se corona de fragantes flores,
y al andar como junco se cimbrea,
evoca en los pintores
la hermosura sin par de Citerea.

II

Mirando al mar, y viéndose en el río
las horas en que lo alza la marea,
al fin el pueblo, entre feraz plantío,
una casa humildísima blanquea.

Compónenla una sala y dos alcobas,
en las cuales, por gala,
de cal consume al año cien arrobas
la mujer que sin tregua las encala.
Mansiones que están siempre en penumbra,
pues sólo por la puerta de la sala
entra la claridad que las alumbra.
Se levanta al lado
Pajar, cocina, cuadra y cochiquera,
Y todo está cercado
Por extenso y altísimo vallado
Que coronan la pita y la chumbera.

Pero ¡cuánta hermosura allí no mira
quien, como yo, del campo enamorado,
los pormenores rústicos admira?
Allí lechosa y quebradiza higuera
que al suelo tiende su follaje umbrío
y acoge placentera,
en las horas del sol, al averío,
pone el fruto al alcance de la mano;
el vecino azufaifo lo recata
para rendirlo, al fin, como villano,
al varejón cruel que lo maltrata,
y un moral de los dos se enseñorea
que harta de moras y las caras pinta
a todos los chiquillos de la aldea.

Al muro de la casa, cual precinta,
se ciñe floridísimo arriate,
que arisca esparraguera y buen cañizo
libran de todo animalesco embate;
forma sobre la puerta cobertizo
el parral, rico en hojas y cárieles;
de tejas adaptadas a los muros
cuelgan lánguidas matas de claveles,
y el pie aromatizado que la humilla,
del empedrado entre los guijos duros
florece la olorosa manzanilla.

El gorrión, atrevido ladronzuelo,
allí, chillando sin cesar, revuela
de rama en rama y del tejado al suelo;
el pichón, que a su tierra amante cela,
la sigue andando y la persigue al vuelo
chacharean sin fin las golondrinas;
hace la rueda y alborota el pavo;
revuélcanse en el polvo las gallinas;
los polluelos, por ver quién es más bravo,
se enredan en terribles sarracinas,
que el gallo viene a terminar al cabo
corriéndoles con miras asesinas;
los patos, cuneándose con gozo,
se congregan al ruido del carrillo,
agua pidiendo en derredor del pozo;
y cuando a tan alegre baturrillo
término dan las luces vespertinas,
comienza el dulce chirrear del grillo,
y vienen al moral los ruiseñores
de las huertas vecinas
a cantar sus ternísimos amores.



III

En este corralón, patio o cercado,
la tarde misma aquella
que entró en el pueblo el batallón cansado,
platicaba de amores un soldado
con una graciosísima doncella.

Él, al verla, sintiose enamorado,
que es, cual la yesca, en encenderse pronto;
Ella, al mirarlo, murmuró: -¡No es feo!
Al oírse requebrar, dijo: -¡No es tonto!-
y le escuchó con cierto regodeo.

El militar, expeditivo y franco:
y muy alegre moza, y muy sencilla,
sin tropezar en monte ni en barranco,
se entendieron bien pronto a maravilla:
que estas gentes que apenas saben nada,
en un momento se lo dicen todo
y se plantan al fin de la jornada.

- ¡Cuánto charla esa lengua, y de qué modo! -
la moza dijo, y contestó el valiente:
- ¿No ve usted que si yo la sujetara
mi corazón ardiente
lo mismo que una bomba reventara? –
- ¿Quién fuego le prendió tan de repente? -
le interrumpió con sorna la mozuela.
- Los ojos de esa cara,
respondió el militar, que la amartela.-
Que si de amor no fuera luminares,
los hombres los pusieran con anhelo
de faros en las costas de estos mares,
y la Virgen, de estrellas en el cielo.
- ¡Militar y andaluz!...Pasa de largo,
si no puedes al vuelo, -
ella exclamó. Y el mozo en su descargo:
-¿Qué dije yo, repuso en son de duelo,
para que rompa en dicho tan amargo
ese clavel bañado en caramelo?
¿Mis paslabras, quizá la han ofendido?
¡Malditas sean mis palabras toscas!...-
-Si se atuviera usted al refrán sabido,
de que -En boca cerrada no entran moscas-
contestó la muchacha al atrevido.
Más este replicole: - ¡Niña fiera!
¿Quién viendo a usted para gritar... ¡salero!
la boca no abriría, aunque supiera
que se iba a entrar por ella un avispero?
¡Si ver a usted y quererla, todo es uno,
con un querer de los de yo me muero!.. –
-¡Jamás, de corazón, quise ninguno
que a la cintura se colgó el acero, -
dijo la niña; y añadió parlera:
-Llorando en soledad y en abandono
se quedará la que al soldado quiera;
y éste se irá diciendo con entono
- Aceituna comida hueso fuera -
Y exclamó el joven con amargo tono:
- ¿Lo sabe usted por experiencia acaso?-
- Eso lo sabe como yo cualquiera
sin dar en el amor tan solo un paso, -
recalcó la mozuela con desvío.
- ¿Los militares son quizás leones
(preguntó el militar), dulce bien mío?
- Peor, ella agregó; son moscardones
que llegan halagüeños susurrando,
vuelan en derredor, pican con brío,
levantan ronchas y se van cantando.-

Mas ¡ay! que cuanto hace
la muchachuela por mostrar enojos,
Penélope sencilla lo deshace
con las dulces miradas de sus ojos.
Lo que visto tan claro como el día
por el mozuelo, que si bien sencillo,
militar era, y como tal tenía
en cuestiones de amor algo de pillo,
fingiendo que de pena se moría,
dijo: - ¡Es usted de corazón tan dura
que, a ser sol, a ninguno alumbraría!
Mas ya habrá algunos mozos en la aldea
para quienes dureza y amargura
se truequen en merengue y en jalea. –
- ¿Quién piensa, ella repuso, en esas cosas?
Jamás me importunaron con amores.-
-¡Ay qué poco tendrán de mariposas
cuando no acuden a las bellas flores!-
clamó el mozo, añadiendo: Cuerpo rico,
¿cómo se llama usted?-
- Juana me llamo;
pero todos me nombran Alegría.-
ella dijo; y con tono de reclamo,
le preguntó: ¿Y usted?-
- Pues yo... Perico,
que así me hago llamar de quienes amo, -
respondió el mozo, y con creciente anhelo
añadió: ¡Niña ingrata;
sepa usted, se lo juro por el cielo,
que si me niega su querer me mata!-
- ¡Allí viene mi abuelo!...
¡Silencio! ella exclamó con agonía.
-¿Pero ni una palabra de consuelo?-
El soldado insistió; y ella turbada:
- No ha de morirse usted por culpa mía.-
le dijo; y se alejó más colorada
que el sol, que en tal instante se ponía.

IV

El viejo, que al llegar término puso
a tan dulce querella,
al valiente soldado halló confuso,
y pensativa a la locuaz doncella.

Era el mozo derecho como un huso,
y más airosa que los mimbres ella;
él, moreno atezado
como el trigo menudo que se cría
en el fértil rincón del obispado;
ella, cuando el pudor no la encendía
en el hosco carmín de la amapola,
a la azucena en nitidez vencía.

Un alma, entre africana y española,
asomaba a los ojos del soldado,
a quién servía de dogal la gola;
pues vivo, independiente, arrebatado,
si fiel a la Ordenanza se ajustaba,
más bien era vencido que domado.
De la ignorancia, la mozuela, esclava,
el mundo reducía al horizonte
que con sus grandes ojos abarcaba:
mas como la ignorancia y la inocencia
en alma de mujer lo sabe todo,
era un pozo de ciencia
para arreglar su mundo a su acomodo.

Ambos llevaban la cabeza erguida,
como potro andaluz; él por jactancia,
ella por candidez nunca ofendida.
Retrato más que esbozo,
en sus bríos, pasiones y arrogancia,
era del gallo pendenciero el mozo,
como ella de la alegre golondrina,
en la gracia, viveza y alborozo.

No había francachela o sarracina
a que él no fuese a consumir su jarra,
a echar su copla, a presumir de bravo,
o a hacer primores mil en la guitarra;
y la mozuela, remachando el clavo
del mote que le dieron de Alegría,
desde el instante en que al rayar el día
se trenzaba el cabello,
hasta que en él de noche se envolvía
como en los pliegues de dorado manto,
era calandria en cuyo ebúrneo cuello
constantemente palpitaba el canto.

Nada sabían, a cual más dichoso
con su estrella y sus bienes,
del afán que hace ver al ambicioso
madrugadoras canas en sus sienes.
Hambres y guerras, todos los afanes
los conjuraba el militar bizarro
con uno de estos simples talismanes;
la guitarra, la novia o el cigarro.
Y hallaba la mozuela inadvertida
en su hogar que el invierno resquebraja.
en su pan seco y su colchón de paja
los más grandes tesoros de la vida,
cual los halla el jilguero
en el áspero cardo florecido,
que le sirve de escudo y de granero
y le ofrece su borra para el nido.

V

Aguado de los jóvenes el gozo,
a hurtadillas miraban al abuelo,
serenidad aparentando el mozo,
y de bruces echada la doncella,
por huir la cara, en el brocal del pozo
que en aquel patio o corralón descuella.

Mientras libraba cuidadoso el viejo
al lanudo pollino en que volvía
del trabajo del día,
de la carga, el serón y el aparejo,
preguntas mil, por preguntar, hacía
al joven que en su hogar halló alojado,
quien, con toda su audacia y valentía,
como ante el mismo Coronel, turbado,
solamente sí o no le respondía.

Recelado (el amor siempre recela)
que entre los dos se armara un rifirrafe
sin saber lo que hacía, la mozuela
tan aprisa soplaba en el anafe,
que en corona flamígera dentada
envuelto quedó el barro
donde hervía la sopa sazonada.

Al rematar el viejo la faena
al joven dijo: - Echemos un cigarro,
mientras acaba de cocer la cena
y llega mi Manolo con el carro.-
Y el uno al otro, en sencillez parejo,
de milicia entablaron un debate,
sentado en un chupón de pita el viejo
y el mozo en el pretil del arriate.

Al verlos amistados, Alegría,
volviendo por el mote que llevaba
cantando sin cesar iba y venía,
y ya la pobre mesa aderezaba,
ya corría a arreglar el averío,
que, al recogerse, fiero peleaba
por el puesto mejor, gritando ¡mío!
o ya, cual primitiva cocinera,
las borbollantes sopas espumaba
con hojas que cogía de la higuera,
a cuya sombra a veces sesteaba.

VI

En esto se oyó el carro rechinante
y del hombre después que lo guiaba
la increpación y el látigo estallante.

Nadie, en verdad, diría
que hijo fuese de aquel viejo amistoso,
y pariente cercano de Alegría
el rústico abrutado y receloso
que, mascullando un torpe - Ave María, -
entró dando de palos a una mula
que, mejor que el patán que la maltrata,
su condición de bestia disimula.

- No con tal fuerza la castigues, hijo,
que después de tan larga caminata,
pienso y no palos necesita, -dijo
el anciano a Manuel en son de queja.
-¡Si es más fosca que gato de cortijo
y más falsa que vieja!-
Manuel le contestó.- No se desmanda
bestia ninguna, el padre le repuso,
cuando la mano que la cuida es blanda.-
Calló Manuel confuso,
Y el viejo, dirigiéndose al soldado:
- No será un Salomón este hijo mío-
exclamó; - pero mozo más templado
y que se dé al trabajo con más brío,
no lo halla usted en todo el obispado.
Vuelca en un día su azadón más tierra
que mueve un terremoto;
conoce los peligros de la tierra
como esas lajas el mejor piloto;
hace él solo más leña en un minuto
que en toda una jornada diez zagales;
ni en Sevilla encontrara sustituto
poniendo y marconando naranjales,
y tiene tanto rejo y tal espalda,
que es capaz de cargar con tres costales
y subirlos de un trote a la Giralda.-

Todo esto y mucho más el viejo dijo,
como en disculpa del ingenio romo
y condición oscura de aquel hijo
de tan mal parecer como buen lomo;
pero al hacer elogio tan prolijo
en el semblante de señó Jeromo
no fulguraba el sol del regocijo.

VII

- ¡Ya está lista la cena! -
dice el viejo, Alegría, cuando el toque
de la oración resuena
en la cercana ermita de San Roque;
y cada cual, dejando su faena,
callado, la cabeza destocada,
de pie y mirando al suelo permanece
hasta oír la postrera campanada.

Entonces:- Buenas noches, - dijo el viejo,
y pues su gracia el cielo nos ofrece,
a rellenar vayamos el pellejo;
que no se tiene en pie saco vacío,
ni da barriga hambrienta buen consejo.
Pero ¿adónde va usted, señor soldado?
Siéntese con nosotros, al avío,
y sepa usted que a quien la mano he dado
tan dueño es cual yo mismo de lo mío.
¿Me tiene usted por pobre?
Es rico quién jamás ajustó cuentas
Y el oro apenas distinguió del cobre.
El trabajo, no tengo yo más rentas;
y, a tenerlas, por verme de ellas horro,
gastara y repartiera mis talegos,
que sólo virtud llaman al ahorro
catalanes, judíos y gallegos.-

Al escuchar invitación tan franca,
desechando el soldado la vergüenza,
mostró, al reír, su dentadura blanca
capaz de hacer, cuando a mascar comienza,
jugoso requesón de dura tranca.
Y ya libre de empacho,
sacando del morral una gallina,
(que prendada, sin duda, del muchacho
dejó por él su choza campesina);
- Mañana, dijo, añádase a la cena, -
y corriendo a la tienda de la esquina,
volvió de un salto con la bota llana.

Mientras el viejo en un jarro la descarga,
-No es esto, dice la manchega tinta
que el paladar y el corazón amarga;
es el vino bendito de mi tierra
que, como el sol que lo azucara y pinta,
aviva el seso, y el pesar destierra;
el único del cual, por lo fecundo,
-Bebed, ésta es mi sangre, decir puede
a boca llena el Redentor del mundo.-

Hace que en derredor el vaso ruede,
Siéntase, y empuñando la cuchara,
- ¡Jesús! – dice, y la zampa en la cazuela;
y con hambre que Lúculo envidiara,
el que menos la sigue a todos vela,
y tanto al engullir se desquijara,
que enseña a los demás la última muela.

VIII

-Pues parece que hay hambre,
anda – le dice el viejo a la mozuela-
y ve en un salto por el lomo fiambre,
¡Ajajá! Ya está aquí ¡Bendito el cielo
que me da lo que como
y hace que me lo coma sin recelo!
-Pero aunque da las nueces, no las casca, -
añade el charlatán señó Jeromo,
mientras con boca desdentada masca
duro tasajo de grasiento lomo. –
Quien quiera de este mundo sacar lasca,
trabaje y mire bien por su virote,
o cargará con todo la tarasca,
La vida entera me la anduve al trote
para juntar, al fin, una pobreza:
¿que quién junta en el mundo patrimonio,
si se deja caer en la pereza,
ese colchón de plumas del demonio?
Así, señor soldado,
sin quererme salir de mi elemento,
vivo feliz con lo que Dios me ha dado;
que he visto corazones más de ciento,
para los cuales la ambición ha sido
cuerno de toro o pata de jumento,
que los han aplastado o mal herido.
No quiero, no señor, no quiero galas;
que solamente para daño suyo
echan las pobres hormiguillas alas.
Alcalde me nombraron hace poco;
mas yo me dije; Mira por lo tuyo
y deja para el loco,
o para algún amigo de lo ajeno,
cargo que es perdición o granjería
aquí donde jamás un hombre bueno
sentose en el sillón de la alcaldía.
Sólo al cabildo va la patulea
que, en vez de trabajar, vivir de balde
y alborotar desea:
el más pillo del pueblo se hace Alcalde;
entre todos se comen a la aldea,
y en premio los Gobiernos, a porfía,
veneras que no envidio,
mandan para el tunante que debía
arrastrar el grillete en un presidio.
Y yo me digo al verlo: ¡Ande la rueda!
y bien ajeno a todo,
miro el tiempo pasar como una seda,
encerrado en mi casa a piedra y lodo;
y feliz cual la oruga en su capullo,
me río dando vueltas a mi noria,
de las nueces vacías del orgullo,
y del huevo sin yema de la gloria.

Y no hubiera el abuelo terminado
en todo un siglo con su larga historia,
a no querer oír la del soldado,
quien, poniendo a  la moza en mil sonrojos,
con la misma avidez con que engullía
se la estaba comiendo con los ojos.

IX

Dio al fin descanso el militar al diente,
y así comenzó a hablar: - La tierra mía
(salvando, caballeros, la presente),
es la mejor de toda Andalucía:
que yo soy de Chiclana,
y nacido en la huerta
que pega con la ermita de Santa Ana.
Mi padre fue hortelano,
y al llevárselo Dios, siendo yo niño,
de mi madre y de mí cuidó un hermano.

¡Ay! ¡Con cuanto cariño
volveré, si Dios quiere, a aquella tierra
en que dejé llorando, á mi partida,
y me lloró mientras viví en la guerra,
y aún me llora la madre de mi vida!-

¡Cuánto la pobrecita habrá sufrido!-
interrumpió la moza
que, con el corazón enternecido,
aunque lo quiera remediar, solloza.

-¿No pudo usted librarse? dijo el viejo.
Y el mozo contestó:- La madre mía,
por salvar de las balas mi pellejo,
empeñose en vender cuanto tenía;
mas no lo consentí: ¡voto al demonio!
pues cuanto en casa había,
de ella era sólo, y de mi hermano Antonio,
que yo, amigos, la vida casi entera,
en vez de trabajar como Dios manda,
me la pasé, como si rico fuera,
de colmado, de baile y de parranda.-

-¡Vaya!... dijo la moza con disgusto;
Manuel se sonrió por vez primera;
mostrose el viejo campechano adusto,
y el mozo prosiguió de esta manera:

- Pero sé hacerlo todo;
regar un huerto, arar en el secano,
lo mismo a hocino que a tijera podo
e igualmente desmonto una dehesa
que a arreglar las salinas meto mano
o llevo al arrecife una calesa.-
esto al oír, se sonrió el anciano.
- Es natural,- se dijo la muchacha,
volviendo a su alborozo
y a encenderse cual viva remolacha..
Profundo, cual salido de algún pozo,
Manuel rompió en un ¡bah! despreciativo:
y entusiasmado prosiguió con gozo
resolviendo el archivo
de sus memorias íntimas, el mozo.

Pero ¿cómo seguir de sus campañas
el largo y laberíntico relato,
ni el hilo de sus múltiples hazañas?
Él, valeroso y ágil como un gato,
escaló mil trincheras y montañas;
conquistó a navajazos lo cañones,
cogió banderas, hizo prisioneros,
y recibió por premio a sus acciones,
(que lo digan, si no, sus compañeros):
de Zabala, un abrazo y cinco duros;
de O´donell, con dos cruces, dos pensiones,
y de Prim una caja con cien puros.
Él penetró en Tetuán de los primeros,
habló con Muley-Abbas;
una mora gentil y una judía
a sus pies se rindieron como esclavas;
y, en fin, lo que él decía:
- A nadie le ha pasado en este mundo
lo que a mí me pasó en la Morería.-

En silencio profundo,
ya aterrada, ya triste, ya gozosa,
escuchaba Alegría
aquella relación vertiginosa.

- Más no hicieron, metidos en la guerra,
si eso es verdad – el viejo le argüía –
Barceló por la mar, ni el Cid por tierra:-
y Manuel, por el vino trastornado,
sin saber lo que oía
miraba al militar desencajado.

Mil vueltas sigue dando a la redonda
el vino generoso
que las fauces suaviza y escamonda;
continúan hablando sin reposo
el viejo y el soldado;
goza, encantada, la mujer sencilla
permanece Manuel amodorrado;
alumbrando la escena,
no la luz temblorosa y amarilla
del velón gigantesco de Lucena
que es de aquel pobre hogar la maravilla,
sino la blanca de la luna llena
que como plata esmerilada brilla..

EL HOLGADERO
PARTE SEGUNDA

I

¡Cuánta gracia, belleza y alegría
derrama la fecunda primavera
en la región feliz de Andalucía!
Ni en Grecia misma ni en Italia impera
con la hermosura que en la patria mía.

Mécese el aire en el espacio inmenso
más tibio y oloroso
que surge de las ascuas del incienso;
adormecido en brazos del reposo,
al cielo roba el mar su azul intenso,
y acallando sus fieras bataholas
manda, sumiso, a acariciar la playa
el balador rebaño de las olas;
comiendo de sus márgenes el río
por los valles pletóricos se explaya
y fertiliza el árido baldío;
la tierra, de placer estremecida,
el seno esponja, y cúbrese de flores
al desatarse en gérmenes de vida,
y del sol ardentísimo la llama,
quebrándose en incendios de colores,
en los seres derrama
el fuego abrasador de los amores.

II

De estación tan dulcísima era el día
en que señó Jeromo atolondrado
estas razones en tropel decía,
dando vueltas y vueltas al cercado:

- << Pero muchacha, di, ¿qué haces parada?
Los trebejos apronta,
Que se nos echa encima la alborada.
¡Hace unos días me pareces tonta!
Tú, Manolo, sacude la flojera.
Ya el ganado acabó con la empajada;
Échalo al punto de la cuadra afuera
y dale de beber. Mas ¿y el soldado?
¡El mocito es ligero!
Duerme como un lirón en el sobrado.
¡Vamos! Es cosa de tomarlo a risa.
A voces despertad a ese guerrero.
¡Dijérase que vais, según la prisa,
a la horca en lugar de al holgadero!
¡Tienen los mozos de mi tiempo un cuajo!
¡Qué sangre de tortuga!
Pésales un quintal cada zancajo;
y si de hablar se trata, se ataruga
el que más presumió de desparpajo.
Manuel, pon al pollino la jamuga,
mientras la jaca ensillo;
y tú, Alegría, saca el aguardiente,
que es preciso matar el gusanillo
antes que con furor nos hinque el diente.
Saca también el alfajor sabroso,
cuya picante especia
hace que el paladar del melindroso
encuentre floja la bebida recia,
y el polvorón que nuestra sed provoca
cuando, más pronto que manteca al fuego,
se deshace suavísimo en la boca.

<< Hagamos al estómago el trasiego
del licor de esta oronda damajuana;
llenad las copas y empinadlas luego.
¡Mas ved cuál de los vasos al chasquido
la maldita galbana
el señor militar ha sacudido
como si oyera el toque de diana!
¡Qué ligero tenemos el oído
para oír aquello que nos da la gana! >> -

Cuando con tal exceso
señó Jeromo con su gente alterca,
aún grazna de las ranas el congreso
al derredor de la vecina alberca;
aún la lechuza, a quien la luz asombra,
inmóvil de la iglesia en la espadaña,
dilatando los ojos de la sombra,
acecha a la nocturna musaraña,
y duerme sosegada todavía
la alondra que cantando ha de ir al cielo
a sorprender la luz del nuevo día.

III

Llegando en esto van uno tras otro
los convidados a la alegre fiesta.
El hijo del alcalde, fiero potro
de cerril condición y dura testa;
su abuela, una señora relamida,
hoy beata indigesta
y ayer dada al amor y sus excesos,
mujer de esas que entregan en la vida
la carne al diablo y a Jesús los huesos;
y el señor juez de paz, viejo cazurro
ancho de vientre y de narices romo,
que no habiendo estudiado más que el burro
del que fatiga con su peso el lomo,
es capaz de embrollar al mundo entero,
y alarga un pleito con el mismo ahínco
que estira el cordobán el zapatero.

Taconeando y pronto cual un brinco,
con su guitarra apreció el barbero,
joven de ensortijada cabellera,
político profundo, noble artista
que se pasa la vida toda entera
moviendo con sus coplas algazaras,
predicando doctrina progresista,
bebiendo vino y desollando caras;
y a remolque de tal propagandista,
dos mozos remolones
de aquellos que juzgan cosas viles
llevar chaqueta y destripar terrones,
se visten con andrajos señoriles
y saben sólo, en su vagancia eterna,
blasfemar en la infame barbería,
embriagarse y juzgar en la taberna
y podrirse en la inmunda mancebía.

Mas no toda la gente convidada
las cualidades óptimas tenía
de la elegante turba enumerada.
Allí el labriego honrado
que no ha visto otro mundo que la tierra
que surca desde niño con su arado,
y el leñador de la vecina sierra,
cuyo brazo de hierro
los árboles durísimos atierra.
El rabadán que va de cerro en cerro,
sin tener otro amparo en el estío
que el breñal donde, helado, se guarece
las largas noches del invierno frío,
y el arriero cuya recia abarca
abate y troncha cuanta hierva crece
en las sendas de toda la comarca.
El bravo marinero
que, más que en su pericia y su coraje,
confía, cuando al mar echa su barca,
en la virgen que doma el oleaje,
y el rudo carpintero
curtido por la sal y por la brea,
que alborota las aves del estero
cuando a orillas del mar calafatea.

Un enjambre, por último, hechicero
vino allí de las mozas de la aldea.
La que se empeña en que le bese el talle
el moño que le cuelga por la espalda,
y arrastra salerosa por la calle
el faralá de la crujiente falda,
y la que hace corona su peineta
porque reina quizás se la presuma,
y a la cintura, lánguida, se aprieta
a lo gitano el pañolón de espuma.
La que amarilla como seca palma
va sin hablar diciendo que un perjuro
le arrebata la vida con el alma,
y la que ostenta en el semblante puro
los matices del nardo y de la rosa
y el vello del albérchigo maduro.
La que a modo de leve mariposa
al soplo de un respiro se doblega
y ofende la arena en que se posa,
y la esplendente que la vista ciega
al encerrar la palpitante vida
en los contornos de la estatua griega.

Mas sin ser como aquesta esplendorosa,
ni lánguida cual otras, ni pulida,
ni alardear de cándida o graciosa,
Alegría la bella,
igual que entre sus ninfas una diosa,
en aquel coro virginal descuella;
cual sin tener los vívidos colores
del dorado faisán, ni la divina
garganta de los dulces ruiseñores,
ni menos la elegancia peregrina
del blanco cisne, ni las fuerzas graves
del águila que el cielo avecina,
entre todas las aves
descuella la graciosa golondrina.

IV

Hizo el toque del alba
a las palomas levantar el vuelo,
palmoteando como en son de salva,
alzose fresca brisa,
alborotose el mar, se animó el suelo,
y de la aurora la jovial sonrisa
fue de colores matizando el cielo.

Al sonar la campana,
pusiéronse las gente en camino
más alegre aún que la mañana.
De batidor el militar hacía,
tirando del cabestro del pollino
que llevaba en sus lomos a Alegría;
arreando sin tino,
para darles alcance, los seguía,
en la boca temblándole el cigarro,
el tétrico Manuel, que conducía
vituallas y trebejos en el carro;
el hijo del alcalde ensangrentaba,
haciendo ante las mozas piruetas,
los ijares del potro que montaba;
diciendo chanzonetas
toda la turba en pos se atropellaba;
zaguero, con la suegra del alcalde
el juez de paz quedábase acallando
a su rijoso garañón en balde,
y una y mil veces el camino andando
y devolviendo pulla por matraca,
iba con una moza galleando
señó Jeromo en su valiente jaca.

Asómase a la puerta
los vecinos curiosos, renegando
del bullicio infernal que los despierta;
mas no hay quien deje de sentir antojos
de juntarse a la alegre cabalgada
que se lleva las almas tras los ojos,
y que al salir del pueblo es saludada
por el martillo del forzudo albéitar,
que anuncia del verano la llegada,
en el yunque batiendo con fatiga
la redonda herradura dentellada
con que la cobra romperá la espiga.

V

-<< Cógeme aquella flor.- ¿Cuál? – La encarnada.
- Aquí está.- ¡Qué preciosa!
- Junto a ti, lo mejor no vale nada.
- Sólo sabes decir la misma cosa.
- Si como yo te quiero me quisieras,
lo que me pasa a mí, te pasaría
- ¡Ay, Perico! ¿Me quieres tan de veras?
- Como un loco, Alegría.
- Déjate de arrebatos, y procura
que tu cariño se parezca al mío
en no ser pasajera calentura.
- En mí confía como en ti confío.
- Siempre he de ser mejor que tú lo fueres.
- Pues me querrás entonces sin medida.
- ¿No te quieres así ya? - ¿Tanto me quieres?
- Más que a mi alma; ¿y tú? – Más que a mi vida.>>-

Y encontrándolo siempre interesante,
nuevo y encantador, este coloquio
repite la pareja a cada instante;
que enemigo el amor del circunloquio,
jamás halla otro giro
para expresar su ardor o su embeleso,
que el <<¿me quieres?>> que estalla como un suspiro
y el <<¡te quiero!>> que suena como un beso.

Al pasar la pareja enamorada,
el grillo en su agujero enmudecía
y el pájaro cantor en la enramada.
Pararse, por copiarla en su corriente,
el delgado arroyuelo pretendía,
y a modo de barrena reluciente,
no pudiendo parar, se retorcía.
Doblándose, la flor la saludaba,
y el follaje del álamo frondoso
de placer al cubrirla palpitaba.
Los brillantes albures que en reposo
se hallaban a la orilla de banquete,
halagarla queriendo con su brío,
semejando la lluvia de un cohete
a la hondura lanzábanse del río:
y el mismo toro, que tranquilo pasta,
o el tronco de la encina descorteza
al aguzar el asta,
con los ojos asombrados la seguía
sin inclinar al paso la cabeza
hasta ver que a lo lejos trasponía.

Mas nada, nada la pareja hermosa
de tan bello espectáculo veía;
en vano la pintada mariposa
se acerca a la mejilla de Alegría,
tomándola quizás por una rosa;
en vano estrepitoso relinchando
delante de ellos la carrera emprende
ligero potro, mitigar ansiando
el ardor que sus tuétanos enciende;
en vano savia y flor, resina y goma,
despertarles queriendo los sentidos,
lanzan al aire penetrante aroma;
pues ellos, olvidando el mundo entero,
en el dulce coloquio embebecidos
del -tú me quieres- y del - yo te quiero,-
marchan, entre suspiros y sonrojos,
con la sed insaciable de la esponja
bebiéndose las almas con los ojos.

VI

¿Por qué amenaza con el puño,
Manuel, yendo tras ellos, y no aparta
de sus labios maligno refunfuño,
y juramento con blasfemia ensarta?
¿Lo sabe acaso él mismo?
Treinta años lleva de vivir aislado
en su amarga esquivez y su egoísmo,
al hogar, como perro descastado,
más bien por lo que come
que por los lazos del cariño atado.
De pronto las entrañas le carcome
agudo mal que al odio le provoca,
le oprime el corazón, le quita el sueño
y le agria los bocados en la boca.
¿Qué sus males profundos origina?
Ni siquiera el imbécil lo presume.
Su anhelo ¿adónde va? No lo adivina.
¿Cómo a la paz volver? No encuentra modo.
Sólo sabe que en fuego se consume
Que en roja tinta se lo tiñe todo.
Tan solo sabe que si a hablar comienza,
o alguien le mira impávido o risueño,
se le sube a la cara la vergüenza;
que le falta el aliento si trabaja;
que al ver al militar, de sí no es dueño,
y acaricia temblando la navaja,
y que al rozar el traje de Alegría,
un profundo estupor le deja inerte,
hasta el tuétano mismo se le enfría,
y le ahogan las ansias de la muerte.

- << Maldita la hora sea
- Va diciendo feroz – en que ese pillo,
más negro que cañón de chimenea
puso el pie de mi casa en el portillo.
¡No le puedo aguantar! ¡Ni a ella tampoco!
¿Quién ha de tener alma,
a no ser, cual mi padre, un viejo loco,
para sufrir su desvergüenza en calma?
Nada a mí me va en ello;
mas por la gloria de mi madre, juro
que el mejor día les retuerzo el cuello!
¡Voto a Dios, que me pierden de seguro!
¡Cómo el ladrón la mira y la entretiene!
¡Y que me llame hermano
la grandísima perra, que se aviene
a querer a ese pícaro gitano!
¡Ojalá el corazón se le gangrene! -

Y allá va, de relámpagos preñada,
rugiendo sordamente esa tormenta
tras la dulce pareja enamorada,
que de amor cada vez más avarienta,
extática se mira,
y juzga, cuando alienta,
que a sí misma en el aire se respira.

VII

- << No se me salga usted del aparejo.
- ¡Si lo llena usted todo, don Francisco!
- No tanto, doña Rufa.- Para un viejo
paréceme este burro levantisco.
- Le daremos altea y calaguala
hasta que el rejo todo se le extinga.
- ¡Vaya usted con sus zumbas noramala,
y sujételo bien cuando respinga!
- No hay temor de que el pobre se propase.
- Mire usted cómo empina las orejas.
- Habrá olido a una dama de su clase,
y sentirá, cual su amo, cosquillejas!
- ¡Jesús, cuál se alborota!
- No hay peligro, con tal que usted se agarre.
- ¿Dónde me he de agarrar? ¡Ay! ¡Cómo trota!
- Cójase usted a mí y al ataharre.
- ¡Que me caigo! ¡Favor, favor! ¡Socorro!
- No chille usted como gallina clueca.
- ¿Cómo no ha de chillar, si es usted un porro,
y da el burro más vueltas que una rueca?
- ¡Con tanto grito el animal se espanta!
- ¡Tire usted de la jáquima con brío!
- (¡Si la tuvieras puesta a la garganta!)
- ¡Si se hace usted un lío!
- Que me está usted pesando más que el plomo
al colgárseme así. - ¡Corre hacia el río!
Que me mato. ¡Manuel!... ¡Señó Jeromo!...
¡No habrá quien me socorra, Cristo mío! –

Y el garañón, corriendo y respingando,
y del ronzal burlándose y la vara,
anda el objeto de su amor buscando;
y al hallarlo, de suerte se dispara,
que salen, cual tapones de cerveza,
la suegra del alcalde por la cola
y el juez municipal por la cabeza.

¡Que alegre batahola
produjo entre la gente incompasiva
aquella inesperada carambola!
Quién ríe a todo trapo
ante el juez, que tendido panza arriba
suda, brega y resopla como un sapo;
quién pondera el donaire
con que la vieja, al remontar el vuelo,
fue dando volteretas por el aire;
éste, al mirar al juez, finge que llora,
aquél, mojando en agua su pañuelo,
se lo planta en la nuca a la señora;
hasta que pone fin señó Jeromo
a zumba tan ingrata,
volviendo al juez de su borrico al lomo
y zampando en el carro a la beata.

- ¡Adelante! – gritó la comitiva,
que alegre prosiguió la caminata
clamando: ¡Viva el holgadero! ¡Viva!
Y a su finca llegando,
dando el abuelo a su caballo rienda,
al frente del gentío alborozado
con más entono penetró en su hacienda
que capitán en pueblo conquistado.

VIII

Poco después, en tanto que Alegría,
por más de veinte pinches ayudada,
la caldereta de carnero hacía
y picaba un lebrillo de ensalada,
el abuelo la hacienda recorría,
y esta plática grave
con Curro el cabrerizo sostenía:

- La primavera hogaño entró suave.
- Entrada de gitano, porque luego
vino la brisa helada de la sierra,
quemando como el fuego,
a echar las flores del frutal por tierra.
- Flor que brota a destiempo, se malogra;
bien, Jeromo, lo sé; la res temprana
no suele ser la que mejor se logra.
- ¡Ni una almendra dejó, ni una manzana!
- En cambio tienes buena sementera;
si como pinta grana,
no va a caberle el trigo en la panera.
- Veremos lo que sale del harnero;
que no se supo nunca de quién era
la recua hasta morir el arriero.
- Por lo hermoso no da menos dentera
el habar de allá abajo.
- ¿Creerás, Curro, que tierra tan valiente
era ayer un cascajo
que apenas devolvía la simiente?
- ¿Quién de limpiarla se tomó el trabajo?
- Yo, Curro, le quité china por china
aquellos pedregales del regajo.
Cuanto al habar, la protección divina
lo libró de la mangla que lo puso,
al florecer, más negro que la endrina.
- ¡Y dices que no tienes suerte alguna!
- Es de los buenos labradores uso
pedir y más pedir a la fortuna.
Denles la tierra toda hecha campiña,
y pedirán los cuernos de la luna.
- Pues yo me contentara
con que todos los años la morriña
no viniese a diezmarme la piara.

- Aquí tienes la viña.
Para hacerla rendir, ¡cuánto se sufre!
Todo el año a cuidarla me esclavizo;
me gasto los dineros en azufre
por librarla del pícaro cenizo,
y en brote el hielo a lo mejor la quema,
o la arrasa una nube de granizo.
- No siempre el cielo su rigor extrema;
mas tú quieres, Jeromo,
que el huevo todo se reduzca a yema,
el trigo a harina y el lechón a lomo.
Agua un poco tu vino.
¿Por ventura no sirven para nada
la clara, y el afrecho y el tocino?
¿Qué le puedes pedir a esta cebada?
¿Qué al olivar, que del esquilmo al peso
rinde a tierra la rama quebrantada?
¿Qué al garbanzal, como la albahaca espesó?
¿Qué más quieres? ¿Acaso el Paraíso?

- Curro, no digas eso.
Siempre me contenté con que en mi guiso
entrasen por igual tajada y hueso.
No apetecí más yo de lo preciso
para vivir en paz. Ni eso tampoco,
pues sólo quise lo que el cielo quiso.
¡Pero si todo me resulta poco!
¿Ves cuán rica cosecha la de hogaño?
Más de cien lobos se echarán sobre ella
antes que saque yo para mi apaño.
El alcalde le hará la primera mella,
quien al prestarme aquello que me roba,
dos veces a su gusto me desuella.
Como va tras el gamo la recova,
vendrán de los impuestos los lechuzos
a barrerme la era con su escoba,
e irán después a escudriñar cual buzos
en los mismos rincones de mi alcoba.
Con tanta boca abierta,
se echarán sobre mí los del fielato
como alimañas sobre carne muerta;
y echo ya de mi hacienda el desbarato,
saldrá el Ayuntamiento
con su derrama a destriparme el gato;
para que pague me dará tormento,
y yo, tras de buscar dinero en balde,
peseta al mes de rédito por duro,
tendré, al fin, que tomárselo al alcalde.
- No hay pillo en el lugar de más trastienda.
- ¡Y dices que reniego y que me apuro
a pesar de tener tan rica hacienda!
¿Y cómo no, si sé que cuanto gane
servirá a esos ladrones de merienda?

- Deja que yo también me despampane.
Para vivir a gusto y sin atraso,
es preciso robar, o poner tienda,
que viene a ser lo mismo para el caso.
¿Quiénes triunfan aquí? Los del consumo,
los que venden por bueno lo podrido,
y el prestamista que nos chupa el zumo.
Mientras perece el labrador honrado,
el pillo mal nacido,
cubriendo con un don lo que ha robado,
deja el trabajo por sillón de muelle,
da a su hijo estudios y a su dama estrado,
quien va a misa con más viento que un fuelle
y con más faralaes que un tejado.
- ¡Como hay Dios que a esos pícaros no envidio!
- Mas ¿por qué no han de estar a buenos pernos
atados, por ladrones, en presidio?
- Porque son los que mandan más tunantes.
- Pues que ahorquen a todos los gobiernos.
- Otro vendrá peor que los de antes.
- ¿De modo que estos males son eternos?
- Siempre habrá quien nos pegue y quien nos cobre,
sin que podamos nunca revolvernos.

- ¿Por qué?
- Porque la gente honrada y pobre
es un rebaño inocentón sin cuernos
que se deja esquilar en este mundo
para asarse mejor en los infiernos. >>-

Y coloquio tan sabio y tan profundo
se hubiera prolongado sin medida,
a no dar ambos, sin pensar, de pronto
en un grupo de gente divertida.
Entonces dijo el viejo: - Pero el tonto
es quien sus penas pícaras no olvida.-
Y dándosele ya del mundo un bledo,
la pareja quitándole a un zanguango,
se echó con ella de rondón al ruedo
a bailar una copla de fandango.

IX

A la hora en que el follaje desfallece
y en que, del sol huyendo, condensada
la sombra al pie del árbol se guarece;
cuando en estrecho círculo apretada,
el testuz defendiendo, se mosquea,
rumiando perezosa la manada,
y de fatiga el pájaro enmudece,
el lebrel ijadea
y hasta el azul del cielo palidece,
retozando a porfía,
con menos miedo al sol que la cigarra,
va con otras muchachas Alegría.

Aunque entre mil despunta por bizarra,
no es ya la legre moza
que con gestos, decires y cantares
alborozando a todos se alboroza.
Como nunca está libre de pesares;
pero ya no es perenne, cual divisa
del cándido placer, junto a sus labios,
el hoyuelo traidor de la sonrisa.
Sus memorias de ayer le dan resabios,
y suenan los requiebros en su oído,
si no son de su amante, como agravios.
Pertúrbale el sentido
esa alegre inquietud que el avecilla
experimenta al fabricar el nido;
sin causa el llanto en sus pestañas brilla;
o asoman de repente fulgurando
las rosas del pudor a sus mejillas;
cuando está más despierta está soñando,
y es tan hondo el placer que la arrebata,
que, en vez de desatarse en alborozo,
en suspiros y en llanto se desata.

Huyendo de las mozas el retozo,
por soñar otra vez con lo soñado,
vino a dar Alegría casualmente
donde a solas hallábase el soldado,
en la misma ilusión fija la mente.
Al verse, de placer se estremecieron,
y muy turbados, sin decirse nada,
a caminar unidos se pusieron;
y aunque a plomo caía
el sol sobre la senda calcinada,
y muy cerca ofrecía
un limonar la sombra deseada,
andando la pareja proseguía
cada vez más de prisa y más turbada.

Iban delante de ellas los saltones
como flechas alzándose del suelo,
y de una en otra mata los gorriones
marcándoles la ruta con su vuelo.
Él con una varilla de membrillo,
al andar los calzones se golpea,
repitiendo, muy bajo, un estribillo;
absorta ella también en una idea,
al paso va cogiendo caracoles,
arrancando al sarmiento sus cárieles
o haciendo a las vainillas de frijoles
resonar como roncos cascabeles.

Un mirlo escandaloso,
que chillando salió de la enramada,
los sacó de este sueño embarazoso.
De repente los dos hicieron alto,
cruzaron sorprendidos la mirada,
y la causa al notar del sobresalto,
rompieron en ruidosa carcajada.

Como el sol arreciaba su coraje
y en aquel mismo sitio un limonero
echaba a la vereda su follaje,
sentáronse a la orilla del sendero;
mas tanto y tanto el sol los perseguía,
que huyendo de su lumbre abrasadora,
tuvieron que internarse por la umbría.

Allí dentro, ¡qué paz tan seductora!
muda la tierra, el aire adormecido,
solamente el silencio interrumpía
el golpe de algún fruto desprendido,
la seca rama que al ceder crujía,
de la abeja el zumbido,
o el aliento vibrante de Alegría.
El deshojado azahar el suelo alfombra;
llena el sol, traspasando la espesura,
de penumbrosos círculos la sombra,
y en cada rayo de su lumbre pura,
como viviente polvareda de oro
un torbellino de átomos fulgura.
Aire, calor y luz, todo allí enerva,
todo el sueño hace coro;
el tibio aroma de florida hierba,
de agua corriente pertinaz murmullo,
silencio, soledad, bóveda oscura,
y por remate el soñador arrullo
de la tórtola errando por la altura.

Él contempla a su amada
recostado de un árbol en el tronco,
roja la faz, ardiente la mirada,
estremecido y respirando ronco.
A ella tanto el cansancio la sofoca,
que al querer suspirar, acongojado
muere el suspiro en su entreabierta boca,
y su seno turgente y levantado
al ritmo de su aliento
se eleva y se deprime acelerado
como lona azotada por el viento.
Él se arrebata, y ella languidece;
con hidrópicos ojos él la mira;
ella los grandes suyos adormece,
y de él, ruborizada, los retira;
y en tanto que uno en otro se embebece,
allá fuera, cantando la cigarra
el himno soporoso del estío,
los élitros sonantes se desgarra.

X

Más arriba, el gentío
a un hábil cantador y a su guitarra
encadenado tiene el albedrío.
Ya escucha de la plácida jabera
El rítmico y sensual gorgoriteo
que del alma, al oírlo, se apodera
y acompaña con vivo palmoteo
el alegre y zumbón zapateado
o la cortada copla de jaleo;
ya admira el hondo polo entusiasmado
y aplaude la rondeña soñadora,
o se pasma, enternece y maravilla
cuando el que canta, estremecido, llora
la sin igual gitana seguidilla.

Una moza después, de ojos ardientes,
atado atrás el pañolón de espuma,
revolviendo los brazos cual serpientes,
y más ligera que jirón de bruma,
corre sobre una mesa y taconea
o gira y salta como leve pluma;
en tanto que en las cañas burbujea
al caer la olorosa manzanilla,
que muy luego en los rostros purpurea,
en los ojuelos retozones brilla
y en la mente y los labios centellea.

Cuando íbase la huelga convirtiendo
en loco frenesí, y era el ruido
de cantares y voces ronco estruendo,
sin ser visto ni oído,
cual se aparece en sueños la fantasma,
llegó al corro un jinete, a cuya vista
todo el concurso de terror se pasma.

Era Joaquín, apellidado El fiero,
ayer contrabandista,
hoy audaz y terrible bandolero,
temido y admirado en la comarca
por su tremendo arrojo
y su fausto y orgullo de monarca.

De pelo arisco, entre castaño y rojo,
grande la boca y apretado el cejo,
los pardos ojos de mirar muy vivo,
y la postura acreditando el rejo,
lleva aquel hombre altivo
redondo calañés con barboquejo,
roja falda, chaleco descotado,
marsellés de alamares,
calzón corto, botín acairelado,
y rige, sin herida en los ijares,
una jaca alazana
que piafa, más que por mostrar su brío,
por lucir su montura jerezana.

Acallose, al llegar, el vocerío;
los hombres lentamente se alejaron;
las mujeres, huyendo al caserío,
el aire con sus gritos asordaron;
tirose el hijo del alcalde al río;
al cantador se le atascó la copla;
el barbero se echó bajo la mesa;
bufó el juez a manera de marsopla;
acometió un soponcio a la alcaldesa;
enmudeció el abuelo, y solamente
Manuel, atortolado o decidido,
sin inmutarse le miró de frente.

-¡Quita allá, fantasmón desaborido,
que adonde está Joaquín no canta gallo!-
altanero a Manuel dijo el bandido,
echándole hacia atrás con el caballo;
y en tono señorial y decidido,
- Caballeros, gritó, siga la fiesta,
que yo me voy en paz como he venido.
Don Francisco, si a usted no le molesta,
le diré unas palabra al oído.
Tú, Jeromo, ya sabes que en mi vida
di a los pobres pesares ni trabajo;
haz que siga la huelga interrumpida;
y tú gruñó a Manuel, toro marrajo,
pues conoces la sierra cual ninguno
llévame al Carrascal por el atajo.-

Jamás fue obedecido rey alguno
con tanta precisión y diligencia
como lo fue aquel huésped inoportuno;
quien con aire de altiva displicencia
se apea, llama al juez, háblale aparte,
y a Manuel, requiriendo con vehemencia,
monta, saluda, y galopando parte.

Libremente respira
la turba al alejarse el bandolero,
de quien la audacia admira
y el porte y presunción de caballero;
mientras finge que llora y que suspira
el juez de paz clamando: -¡Estoy perdido!
¿En dónde, Virgen santa del socorro,
el dinero encontrar que me ha exigido? –
Pero nadie se duele de aquel zorro,
por ser de todo el mundo bien sabido
que, ayudando al ladrón, viven de balde
un señor en Madrid muy conocido,
el juez, el secretario y el alcalde.

Mientras procura en vano
el abuelo dar ánimo a su gente,
que cual pollada se acosó el milano,
anda huida quejándose doliente,
por el monte cercano
a Manuel el bandido va diciendo:
_ No has sido nunca ni serás valiente.
Eso de andar gruñendo
y amenazando sin hincar el diente,
es de gozque faldero encanijado.
Cuando el bravo mastín abra la boca,
ya tiene entre los dientes el bocado.
Aguátese quien vista la casulla;
quien con la flecha, como tú, provoca,
andar debe en un pie como la grulla,
tener buen brazo y corazón de roca.
En el mundo hay que ser lobo u oveja;
o dejarse esquilar como un mostrenco,
o arrancar a los otros la pelleja.
Es digno de que lo aten a un pesebre
quien aguanta los palos como un penco;
y debe, quien se asusta como liebre,
morir a dentellada de podenco.
Quien quiere libertad y lozanía,
del maldito trabajo el lomo guarda;
que al asno se le acaba la alegría
en cuanto siente el peso de la albarda.
¡Sabe tan mal comer lo que se suda!
Con salud y dinero,
( y éste se tiene si el valor ayuda),
se llega uno á reír del mundo entero.
Así venzo yo el sino:
¿El naipe me da mal? Echo tabaco.
¿Me acosa algún dolor? Ahógolo en vino.
¿Se me acaba el parné? Monto en mi jaco,
en la mitad me pongo del camino,
y me lo dan por miedo a mi retaco;
y gastando a mi gusto lo que ahorro,
haciendo al rico guerra,
y fiado en la Virgen del Socorro,
me río de los reyes de la tierra.-

Los bárbaros consejos del bandido
de Manuel en el alma atravesada
entran cual aves en su propio nido;
y absorta la mirada,
la mano, por oír bien, en el oído,
sin respirar y con la boca abierta
escuchándolos marcha embebecido.

Del éxtasis despierta
cuando el camino ha andado,
- Adiós, - Joaquín le dice; - si algún día,
hallándote cual hoy desesperado,
hicieses una buena valentía,
en vez de ir a dar cuentas al Juzgado,
ven a hacerme en la sierra compañía.-

Y dejando a Manuel atortolado
con tan rara propuesta,
monte arriba por riscos y jarales
a andar echó sin esperar respuesta.

Mascullando los términos brutales
del ladrón persuasivo,
dando Manuel de su idiotez señales
sentose en la vereda pensativo.

De pronto, corajudo:
-¿Los mato? preguntose con anhelo,
volviendo a quedar mudo
con los ojos clavados en el suelo;
y alzándose después con arrebato,
amenazando con el puño el cielo,
se respondió frenético: - Los mato.-

LA FUGA
PARTE TERCERA
I

Vivo el sol y dormida la marea,
hace bochorno tal, que el averío
debajo de los árboles carlea.
El reyezuelo, por bajar al río,
deja al insecto que, de mata a mata,
funámbulo seguro, se pasea
por hebra sutilísima de plata.
La res que al aguadero llega ansiosa
alza, al ir beber, de los pilones
una sedienta nube tormentosa
de mosquitos, abejas y avispones.
Seca hallando la blanca mariposa
la flor en cuyo cáliz se regala,
en el tallo se posa,
y la forma esbeltísima modela,
al juntar por el dorso ala con ala,
de un barquichuelo de latina vela.
En cielo, tierra y mar todo está inerte,
cual si diese en la honda
soñolienta callada de la muerte,
otra voz no escuchándose en el suelo
que el grito del cernícalo que ronda
en la calina pálida del cielo.


II

Bajo el moral frondoso del cercado,
Alegría sestea
en medio de las aves y el ganado.
Del pecho, que envidiara Galatea,
saca un papel, de garrapatos lleno,
con febril ansiedad lo deletrea,
suspira, llora, se lo vuelve al seno,
torna a sacarlo, en lágrimas lo moja,
de descifrarlo vuelve a la tarea,
y con ella de nuevo a su congoja.

Poco hace que la carta ha recibido;
mas son tantas las veces
que la ha abierto, plegado y escondido,
que se empieza a romper por los dobleces
y aunque ella la leía
entre llantos, suspiros y lamentos,
la carta solamente contenía
estos simples y alegres pensamientos.

III

- Sabrás como he logrado, vida mía,
por mi conducta y mi saber, la ganga
de poderme plantar desde este día
dos cintas coloradas en la manga.
Cabo soy; mas no tengas sentimiento
por verme a tal altura remontado,
que a mí no me infla de la gloria el viento.
Quien te quiso soldado,
cabo te quiere, y te querrá sargento.
Y si acaso dijérate al oído,
para hacerte sufrir, un mal pensado,
aquello de - El patán enriquecido
mira con espejuelos el arado-
para que otra sentencia no te ladre,
dile que esa no va con tu cortejo,
a quien la leche que bebió en su madre
hízole entrañas de cristiano viejo.

Una semana escasa
he pasado en mi pueblo, ¡qué alegría!
todo estaba como antes en mi casa,
menos la madre mía
que, de tanto llorar y haber sufrido,
lo mismo que una pasa
se ha arrugado en mi ausencia y consumido.

Yo también cada vez estoy más flaco.
Desde que te dejé, perdida el hambre,
manténgome de sueños y tabaco,
y al fin me dejarán como un alambre
el humo y la ilusión de que me atraco.

No tomara estar flaco a desventura,
si no fuera perdiendo el alborozo
a medida que pierdo la gordura.
¡Cuánto me extrañarías si me vieses!
Ya no juego, ni bailo, ni retozo,
he aborrecido el zumo de la parra,
y ¿qué te diré más? ¡Hace dos meses
que no cojo en mis manos la guitarra!

El sargento primero, que es un pillo
con más letra menuda que un breviario,
me dice que padezco de un moquillo
que no cura ningún veterinario.
- Enfermedad – añádeme el sargento -
que no tiene más cura que la muerte,
u otra cosa peor, el casamiento.-

¡Quién pudiera curarse de esta suerte!
Contigo y con dinero yo me vea,
(o contigo no más, que tú me bastas),
aunque toda la gente diga y crea
que dinero y mujer son las dos astas
con que el diablo a los hombres nos cornea.

En lo que harás pensando, me consumo.
Recógete en tu casa, que no quiero
mujer que, como el humo,
ande siempre buscando el salidero.
Del barberillo y de su gente loca,
que tienen la malicia por sistema,
huye, por Dios, cosiéndote la boca;
húyeles, que el tizón, cuando no quema,
ensucia con su tizne lo que toca.
Quiero mucho a tu abuelo,
quién, como siempre, seguirá discurro,
en ti mirando, como yo, su cielo;
dale expresiones mil a Señó Curro,
y de Manolo teme los agrados,
que caricias de burro
siempre acaban en coces y bocados.

No dejes de escribirme, sandunguera,
aunque yo, por mi nuevo ministerio,
no te conteste a escape cual quisiera.
El ser cabo es muy serio.
Mi capitán, al darme la noticia
de mi ascenso, me dijo:- Ten presente
que es un gran sacerdocio la milicia;-
añadiendo otras cosas gravemente
de conducta, de honor y de justicia.
Así que ni me achispo,
ni armo pendencias, ni me entrego al ocio,
para dejarme atrás hasta al Obispo
en eso de llevar el sacerdocio.

Dime, de haber parido ya la vaca,
la pinta y condiciones del ternero,
y si está tu madrina, como espero,
después de haber tomado la triaca,
convaleciente ya del avispero.

Adiós; que me perdones te suplico
lo malo de la letra y del dictado,
y sabe que se encuentra, cuerpo rico,
como ése que en la firma va pintado,
por ti de parte a parte atravesado
el leal corazón de tu
Perico.-

IV

En unas hojas de papel de barba
que arrancó del cuaderno
que sirve al abuelico de gobierno
para saber lo que rindió la parva
y los jornales que pagó en invierno,
aquella misma siesta
Alegría con ansia se dispone
a escribir a su amante la respuesta.

Mas todo a su propósito se opone.
La pluma el papel rasga, y no lo pinta
por tirar cada punto hacia un sendero.
Ni el vinagre de yema saca tinta
de las secas zurrapas del tintero;
y si algo logra, tras de mil enojos,
escribir la mozuela atribulada,
lo borra con el llanto de sus ojos.

Escrita de tal suerte, ¿qué letrado
descifrará su carta malhadada?
¿Habrá quien la comprenda? Sí, el soldado;
que todo el que bien ama entiende luego
aquello que le escribe el ser amado,
aunque lo escriba en alemán o en griego,
por tener el amor, cuando es profundo,
más comprensión y más sabiduría
Que todos los polígrafos del mundo.

V

- Perico de mi alma,
- escribe en letras gordas Alegría
cuando comienza a recobrar la calma:-
Perdona que a tus frases de contento
con otras te responda
de profundo y amargo sentimiento.
Es ¡ay! mi desventura
tan sin remedio, tan inmensa y honda,
que temo que me lleve a la locura.
Sábelo de una vez: ¡estoy perdida!
Perdida, no lo dudes, me lo dice
el ser que toma en mis entrañas vida.-

Y al escribir tal frase, la infelice
rompe de llanto en abundosa lluvia,
sin sentido en la silla se desploma,
y hunde en el seno su cabeza rubia
como el pico en el buche la paloma.

Y prosigue:- No habrá quien me convenza
de que existe tormento tan profundo
como éste mío, ni mayor vergüenza.
Para toda desdicha hay un consuelo;
para la mía ni lo tiene el mundo,
ni tampoco quizás lo tenga el cielo.
¿A quién iré que no me rehúse?
¿A quién que, con el gesto avinagrado,
en vez de remediarme no me acuse?
¿Contaré al señor cura mi pecado,
si no hay vez que me vea
que no me diga:- Adiós, gala y dechado
de las mozas honradas de la aldea?-
¿Acaso a la marquesa, mi madrina,
que creyéndome santa, como el cura,
también con sus elogios me asesina?
¿Y no fuera locura
abrir los ojos a mi pobre abuelo,
para quien soy tan pura
como las castas vírgenes del cielo?

¡Ay! ¿Por qué se murió la madre mía?
Ella, más que yo misma atribulada,
mi infortunio conmigo lloraría,
y leyéndolo todo en mi mirada,
la triste confesión me evitaría
de la culpa en que vivo avergonzada.

Una culpa secreta ¡qué agonía!
Al corazón cual sierpe se me enrosca;
todo me hace temblar, todo me asusta,
hasta el leve zumbido de una masca.

Una palabra de mi abuelo adusta
hace que de mis fuerzas desconfíe
y me roba la calma.
Y si alegre me besa y me sonríe,
de sentimiento se me parte el alma.
Si alguien se fija en mí con insistencia;
- ¡Ése lo ha conocido!-
Angustiada me grita la conciencia;
y cuando se hablan ante mí al oído,
la horrible idea el corazón me inspira
de que se dicen lo que callo tanto,
y estoy por exclamar: -¡Eso es mentira!-
Que no encuentra la culpa en su quebranto,
adonde quiera que los ojos gira,
sino fantasmas que le dan espanto.

A veces llega a tal mi desvarío,
que temo que tu amor faltarme pueda...
¡Cómo si fuese el cielo tan impío
que pudiera quitarme, Pedro mío,
el único consuelo que me queda!
Otras mil, arrebátome de suerte
que, con fervor sincero,
de rodillas a Dios pido la muerte;
mas no hagas caso, no, de lo que digo;
mientras me quieras tú, morir no quiero
porque no muera tu querer conmigo.

¡Ya ves cuán poco tiempo es necesario
para que el bien se trueque en desventura!
Ayer me viste triunfadora y pura;
hoy, vencida, marchando a mi calvario
por la calle fatal de la amargura.

¿Qué de mí, si la Virgen no me ampara?
La Virgen ¡ay! desde que estoy perdida
no me atrevo a mirarla cara a cara.
Pedro, será un delirio,
mas hállome del todo decidida,
antes que sucumbir a ese martirio,
a buscar a tu madre, que es tan buena,
y en nombre del cielo y en el tuyo
pedirle protección para mi pena;
y si, rehuyendo mis amantes lazos,
se negase a piedad el pecho suyo,
a correr á morirme entre tus brazos.

No puedo más; adiós, perdón te pido
otra vez por mis frases de agonía;
si alguna te ofendió, dala al olvido,
que no quisiera, ni aun en este día
en que hasta el sol encuentra oscurecido,
darte pesar ninguno tu
ALEGRIA-

VI

En tanto, allá en la hacienda,
el abuelo y Manuel en el sombrajo
se toman un gazpacho de merienda,
y después de quitarse la ardentía
del pimiento y el ajo
con rajas de melón y de sandía,
sacando el recio petacón de Ubrique,
de Virginia se fuman una tranca,
que a cualquier persona que se pique
de tener duro el bofe, se lo arranca.

Después, mientras callado como un muerto
pasa Manuel las horas de calina
a la larga tendido, aunque despierto,
Señó Jeromo sin cesar trajina,
y ya por agua fresca al pozo baja,
ya con un bieldo a la era se encamina
para limpiar la paja
y meterla á pisón en la barcina.
Ora da vueltas al tomate rojo
por ver si por igual ha madurado
en el lecho que le hizo de rastrojo,
ora vase al tinglado
en que extendido en el redor de pleita
puso a secar el higo almibarado.
Bien se torna al cebón, y se deleita
mirando cómo trata,
por salirse al encuentro, de librarse
del peal de tomiza que le ata;
bien corre a encaramarse,
para dar un vistazo, al bienteveo,
altísima atalaya y cobertizo
que, por librar la viña de un saqueo,
levantó con pitones y cañizo;
que, a pesar de cumplidos los setenta,
en trabajar con frío o con bochorno,
aún les acusa el viejo las cuarenta
a todos los zagales del contorno.

VII

Cuando vuelve al sombrajo,
ya la potencia del calor vencida,
para ir de nuevo a golpear al tajo,
Manuel, que aquella siesta no dormida
estuvo en la memoria revolviendo
todos los sinsabores de su vida,
rojo de indignación o de vergüenza
(que él mismo ignora lo que está sintiendo),
a increparle de súbito comienza.

-Si hago una atrocidad el mejor día,
de usted, yo se lo digo,
de usted será la culpa, más que mía.
¿Por qué lo que deseo no consigo
y desgraciado soy? Porque, cual todos;
Usted la paga sin razón conmigo.
¡Maldita la hora sea!...-

-O con tu padre ten mejores modos,
o vete donde nunca más te vea,
- dice el viejo temblando de coraje.-
-¿La sentencia en el cielo está escrita-
de que sólo, Manuel, para el ultraje
dejará de ser muda tu maldita? -
Después, repuesto un poco:
-No te castigo, añade, cual debiera,
porque, más que malvado, eres un loco.
¿Qué te hace maldecir de esa manera?
¿Qué tienes? Habla claro.-

-Nada- Manuel responde,
convertido en bochorno su descaro.

-¿Qué víbora se esconde
(sigue el viejo) en tu pecho, arca cerrada
que no ha habido quien abra ni desfonde?
¿No me contestas nada?
¿A qué entonces tu lengua desatina?
¿A qué darla de gallo
para cantar tan pronto la gallina?
Nunca el hombre hablador hízome gracia;
mas preferible al que en callar se obstina
hallo el que a modo de costal vacía.
Revienta de una vez, que no me explico
que empieces por corrida de caballo
para tener parada de borrico.-

-Bien sé, padre, que tengo pocas luces,
Manuel responde al fin; pero no ignoro
que son muchos, cual yo, los avestruces.
¿Por qué a los tales se les da decoro
en tanto que conmigo nadie alterna?
¿Soy judío quizás? ¿Nací yo moro?
Cuando entro en la taberna,
o me miran o me dan de lado;
allá en la barbería
me reciben con gesto avinagrado;
no hay moza en el lugar que me sonría,
no tengo amigo alguno que me quiera,
y usted, en fin, me trata sin agrado,
mientras se hace de almíbar con cualquiera.
¿No es esto, padre, para estar sentido?-

Y replica el abuelo:-¿Qué tal diga
quien a una bendición suelta un gruñido
y es más áspero a todos que la ortiga?
Pero, vamos a ver: ¿Por qué razones
lo que jamás tu sentimiento ha herido
hoy te causa tan grandes desazones?-

Y contesta Manuel, ya sin reparo:
-Porque quiero casarme-
-¡Ave María!
- Dice el viejo;-¿Y con quién?-
-Eso está claro
-Respóndele Manuel:-- con Alegría-

A tal declaración, señó Jeromo,
estupefacto, con la boca abierta
y perdido el aplomo
como aquel que de súbito despierta
y se ve frente a frente a una estantigua:
-¡Jesús!;- tan sólo a pronunciar acierta
y una vez y otras ciento se santigua.
Y luego le pregunta, recobrado:
-¿Cómo, si nunca amaste a las mujeres,
te encuentro de repente enamorado?
¿Desde cuándo la quieres?-

-Ha un siglo, Manuel dice, que a su lado
ardo, me ahogo, tiemblo y me espeluzo.-

-¿Y hasta hoy, responde el viejo, lo has callado?
¡No tienes mal resuello para buzo!
Pero vamos a cuentas, callantío.
¿Dijiste algo a la chica?
¿No le habrá otro robado el albedrío?
¿Has procurado conquistar su gracia?-

-Padre, yo sólo sé- Manuel replica-
que ha de haber en el mundo una desgracia
si la veo de otro hombre entre los brazos,
que tal no sufre quien, cual yo, se atreve
a reventar un buey a puñetazos.-

-¡Ya escampa y fuego derretido llueve!
¿Y con tales acciones
(interrúmpele el viejo),
pretendes conquistar los corazones?
Oye, Manuel, y sigue mi consejo.
Fruto bueno y temprano se asegura
quien lo aviva con riego y con abono,
y no quien a apretones lo madura.
La mujer pretendida está en el trono,
y, como reina, cede a la lisonja,
pero nunca a la fuerza ni al entono.
¡Pero cuán poco su reinado dura!
La mujer, de su cáscara de monja
y de ángel y de reina despojada,
viene a quedarse, igual que la toronja
Si se le quita la corteza, en nada.
¿Mas quien le pone el cascabel al gato?
Es decir, ¿quién la rinde? Aquel que tiene
constancia, picardía y garabato.
Con los hombres conviene,
si han de ser dominados, la violencia;
pero ten la evidencia
que a mujeres, en su trono altivas,
es preciso ablandarlas, como al cielo,
a fuerza de dulzura y rogativas.-

Y queriendo el abuelo
sus palabras hacer más expresivas,
al hablar tose, guiña, palmotea,
gritando a toda voz se desquijara,
y pellizca a Manuel, lo zarandea,
y le mete las manos por la cara.

Conmovido y perplejo
Manuel quedose, hasta que roto el nudo
que le acongoja, responder al viejo
estas palabras lastimeras pudo:

-¿Y quién carezca, como yo, de labia
para ablandar los duros corazones,
tendrá a la fuerza que vivir en babia,
o como los gorriones
dejarse en un rincón morir de rabia?
¿Ha de ser éste mi destino perro?-
Y al decir angustiado estas razones,
comenzó a sollozar como un becerro.

-¿Lloras?- dice el abuelo sorprendido.
Y, los brazos abiertos, se adelanta
a Manuel, tan gozoso y conmovido
que la voz se le muere en la garganta.

Es ¡ay! la vez primera
que ve en sus ojos lágrimas, y siente
derretírsele el alma como cera.
apartando la mente
de aquello que Manuel como hombre ha sido,
la lleva dulcemente
a las memorias del lejano día
en que, niño inocente
con angélico amor le sonreía
y besa, como entonces, su faz dura;
y Manuel con caricias le contesta;
y llenos de ternura
después de tantos años de despego,
sienten que en sus entrañas resucita
del amor apagado el vivo fuego;
y de uno y otro henchido de esperanza
con ritmo igual el corazón palpita;
que tanto bien a realizar alcanza
el brillo de una lágrima bendita.

-Vamos, ya se acabó, no llores hijo,
con la voz todavía acongojada
Señó Jeromo placentero dijo.

Yo haré que tu ambición mires colmada
pronto, muy pronto, porque no se diga
que soy como la jaca levantada
que haciendo caracoles se fatiga
y con tanto moverse no anda nada.
Es semejante quien predica y no obra
a quien labra y no siembra;
por lo tanto, el hablar está de sobra;
hechos son necesarios, no razones;
que la palabra es débil por ser hembra,
y son fuertes, por machos, las acciones.

¡Al instante aparéjame la mula!
¡Me miras con asombro! ¿Te has creído
Que voy acaso a predicar la bula?
Voy a abrirle el sentido,
echándole un sermón que cante el credo,
a aquella que en tu pecho se ha metido.

¡La jáquima, Manuel!... ¿Quién dijo miedo?
Allá me voy; que la ocasión preciosa
se escapa cuando no se la sujeta,
porque es tan caprichosa
que se viene y se va como una cometa.

¡Asegura la albarda,
no estampe yo la cara en la campiña!
Tú en el viñedo quédate de guarda
mientras preparo a la zangona aquella,
que muy pronto a guardar vendré la viña
para que vayas a charlar con ella.
¿Qué está fosca contigo?
Menos la temas cuanto más te ladre.
Ella se ablandará; yo te lo digo...
¡Más dura de pelar era tu madre,
y al fin y al cabo se casó conmigo!

Dame un pie ¡Bueno va! ¡Ya estoy arriba!
Pero al hablar, Manuel, con tiento vete;
que la muchacha sabe, porque es viva.
Como suele decirse, más que siete.
Gasta mucha saliva,
no sea que por labia se te encime;
a cuanto diga, pon cara de fiesta,
y si mucho, arguyéndote, te oprime,
le largas un requiebro por respuesta;
que no hay grande argumento ni profundo
(te lo dice tu padre, que no es topo)
que convenza mejor en este mundo
a una moza bonita, que un piropo.-

Y roto el hilo aquí de tanta idea.
-¡Arre mula! - Gritando,
el ijar de la bestia taconea,
y a Manuel con la mano saludando
se pierde en el camino de la aldea.

VIII

Tanto después se abstrae,
que ni siquiera advierte
que el ronzal de la mano se le cae,
ni que la bestia, que le juzga inerte,
en ir ramoneando se distrae.
Y cuando, por completo ensimismado,
-¡Tendrán que pagar breve!- va diciendo,
encuéntrase parado,
no en el ancho padrón que iba siguiendo,
sino en mitad de un prado
en que la mula se metió comiendo.

-¡Jesús, qué desatino!-
Exclama entonces, el ronzal recobra
y se planta de nuevo en el camino.
Pero no se le quita la zozobra
que el pago del tal breve le produjo,
y repitiendo va: - Ya sé de sobra
que no ha de haber ni súplica ni influjo
que ablanden a la curia que lo cobra.-

-¡En buena me he metido!
- Luego se dice;- ¡mas si ya se sabe
que yo, en viendo llorar , estoy perdido!
Porque ¿cómo juntar en una pieza
a una niña más dulce que el jarabe
y que al demonio gana en sutileza,
con Manuel , ave fría,
que añade, a ser un cardo en la aspereza,
el no tener más luz que la del día?
Aunque, después de todo,
- Argúyese de súbito a sí mismo,-
¿A que haya entre los dos buen acomodo
se opone alguna ley del catecismo?
Si ella viva, hacendosa,
él recio y laborioso, aunque zoquete;
si ella alegre, bonita y salerosa,
él un mozo lo mismo que un trinquete;
si ella toda bondad, él muy sencillo.
¡Pueden ser muy felices... muy felices!...-
Y repitiendo, absorto, este estribillo,
por poco no se aplasta las narices
de su casa la entrar por el portillo.

Al verse dentro de ella disimula;
-¡Alabado sea Dios!- con fuerza grita;-
se baja de la mula;
y cuando, para hablar, toma resuello,
la muchacha, que hacia él se precipita,
colgándose al cuello,
a besos apretados se lo quita.

IX

Tratado sagazmente,
en medio, cada cual, de su arrebato,
de esconder en su pecho lo que siente,
como las uñas en su estuche el gato,
tras largo circunloquio,
sentándose confusos frente a frente,
entablaron al fin este coloquio:
-¿A qué ha venido usted?
-Pues... a afeitarme.
-¡Si no es domingo!
- Pero ya la barba
comenzaba a picarme
con el polvo maldito de la parva…
Además... no teníamos tabaco.
-¿Cómo no, si anteayer lo llevó el mozo?
-Sí, pero anoche, al abrevar al jaco,
se me cayó de la chaqueta al pozo.
-¿Con la petaca?
-Sí.
-¡Pues buena estuvo!
Mas ¿cómo es eso, si la estoy mirando?
-Es... que pude sacarla con el cubo,
pero el tabaco... se quedó nadando.
...................................................................
¿Qué te pasa en los ojos, Alegría,
que tienen el color de la centolla?
¿Has llorado, hija mía?
-¿Llorar yo?... No, señor. Esto es... del humo.
¡Cómo que acabo de espumar la olla!
Igual me pasa siempre que espumo.
Además... al partir una cebolla,
¡chis! a los ojos se me vino el zumo.
-Pues lávatelos bien con agua clara,
que esta noche es preciso
que luzcan como soles en tu cara.
¡Esta noche! ¿Por qué?
-Darte el aviso
me toca a mí tan solo;
lo demás, que es de mucho compromiso,
a explicártelo bien, vendrá Manolo.
-¿Y va a dejar la viña?
-¡Toma, toma!
Tiene un negocio que arreglar, más serio.
-Usted está de broma.
-No, hija, no.
-¿Pues qué ocurre?
-¡Es un misterio!
-Acláremelo usted, que estoy en ascuas.
-¿Alegre te pondrás si te lo digo?
-Lo mismo que unas pascuas.
-Pues quiere hablar contigo,
porque está de una moza enamorado.
-¡Santo Dios! ¡Qué locura!
-¿Lo juzgas, por lo helado,
incapaz de amorosa calentura?
-¿De quién se enamoró?
-De la muchacha
más bonita de todo el obispado.
-¿Quién es? ¿Quién es?
-Aciértalo.
-¿Tonica?
-¡Quiá! ¿Qué esa col injerta en remolacha?
-¿Ines?
-Más alto pica.
-¿Isidora quizás?
¡Vaya una facha!
-Pues entonces no sé....
-Quiere a una chica
retrechera, graciosa, vivaracha...
-¡Si no tiene otra señal!...
-Allá van más: es rubia,
blanca como el papel, alta cenceña,
y fresca cual los chorros de la lluvia.
Es más dulce al hablar, que el caramelo;
al ruiseñor, cantando desafía;
al pie le llega desatado el pelo;
roba, para mirar, su luz al día;
es el ojo derecho de su abuelo...
y se llama... se llama...
-¡Ave María!
Eso no puede ser. ¡Ay!
-¿Qué te ha dado?
¡Muchacha, vuelve en ti!
-Nada... no es nada.
-¿Qué tienes?
-Un mareo... Ya ha pasado.
¿Estás acongojada?
-¡Bah, señor! ¿No ve usted como me río?
Pero el bochorno... y luego, de repente
salirme usted con ese desvarío...
¡Tiene usted unas bromas!...
-De veras que Manuel...
-¿Está demente?
-Haces muy mal sí a diversión lo tomas.
-¡Pero si no es posible... padre mío!
-¿Y por qué no ha de serlo, retrechera?
Aunque algo estrafalario,
lo mismo que cualquiera
tiene puesta Manuel su alma en su almario.
-Bueno; mas...
-Punto en boca
hasta que yo mi platica concluya.
¿No siente, cual la mía, el alma tuya,
al saber que me ablanda aquella roca,
deseos de entonar el aleluya?
Tú estás con esa calma
porque su llanto de dolor no has visto.
Si le vieras llorar con toda el alma.
-Pero padre ¡por Cristo!
¿Puede el terrón de hielo
estallar de repente como el misto?
-Lo que sé, y cual lo siento te lo encajo,
es que si el pobre en ti no halla consuelo,
es capaz de tirarse por un tajo.
-¿Y qué le voy yo a hacer?
-Oye, hija mía:
puesto que no has tenido
amores, que yo sepa, todavía,
pon los ojos en ese desgraciado,
y lo verás (porque su fondo es bueno),
a influjos de tu amor, regenerado.
¿Quién otro a todo vicio más ajeno?
Serio, trabajador, bien parecido...
¿Qué es de cortos alcances? ¡Qué tontuna!
Para ser buen marido,
¿Es preciso saber ciencia ninguna?
¿Quién mejor para el caso que un zanguango
que te deje tener, por ser un cero,
la sartén agarrada por el mango:
que al oírte suspirar, corra ligero
a marcarte un precioso ringorrango,
y a quien puedas poner con un ¡te quiero!
más alegre, aunque rabie, que un fandango?
-¡Si es, padre, un basilisco!
¡Inocente! Con sólo que lo mires,
trocárase, de ortiga, en malvavisco.
-¡Ay! (me siento morir).
-No me suspires.
¿Y si (como es posible a los setenta)
¡pum! lo mismo que un tiro, el mejor día
tu abuelo revienta?
Manolo, de su madre con los bienes,
bien o mal vivirá...
Mas tú, que nada tienes...
-Ni quiero a tanta costa tener nada.
-¡Vamos, perdiste el juicio!
¿Prefieres, a vivir acomodada,
mendigar o meterte en el Hospicio?
-¡Pero si no es posible que le quiera!
-Comiénzalo a mirar con buenos ojos
y lo hallarás mejor que otro cualquiera.
Este, al principio, causárate enojos;
más tarde, agrado; regocijo, luego;
después, a tus mejillas los sonrojos
acudirán del amoroso fuego,
y ya tu corazón encandilado,
en Manuel hallarás el dulce amante,
y el marido, por último, soñado.
¡Si este es el mundo! En fin, ya hablé bastante.
¿Darás gusto a tu viejo, picarona?
-Así... de pronto... (¡Ay Dios)
-¡Si no hay premura!
Reflexiona, hija mía, reflexiona,
pero trátalo, en tanto, con dulzura,
no sea que al mirarse despreciado,
haga, como te dije, una locura.
¡Vaya, me voy!
-No, padre.
-No te apures.
¡Si a los postres se hará lo que tú quieras!
-Yo juro...
-No me jures.
Hija, me abrazas hoy con unas vera.
¡Por la Virgen, mujer, no aprietes tanto!
Vamos ¡adiós!
-¡Un beso!
-¡Basta, basta!
No sé cómo os aguanto.
¡Bendito el cielo que me dio esta pasta!
¡Qué día me habéis dado! ¡Vaya un día!
Estoy de ti y Manuel hasta los topes.
Con que, adiós, hija mía,
que me voy a la hacienda en dos galopes,-

Dice, vase a la bestia con presura,
hace mil morisquetas a Alegría,
mientras arregla en firme la montura,
y exclamando:-¡Que buena está la masa!
No hay alcahuete que me gane a diestro-
Se sale poco a poco de su casa,
llevándose la mula de cabestro,
la arrima luego de la puerta al poyo,
a mujeriegas móntala con brío.
y hecha a andar por en medio del arroyo.

X

Ella, sintiendo circular el frío
del espanto y la muerte por sus venas.
-¡Dadme otro corazón, dice, ¡Dios mío!
que en éste no me caben ya más penas!-
Y arrastrada por loco desvarío,
a su abuelo escribiendo,
estas frases a intervalos murmura,
sin querer lo que escribo repitiendo:
¡Escándalo!.. ¡Vergüenza!... ¡Desventura!...
¡Perdón!... ¡No maldecidme!... ¡Voyme huyendo!...

Después corre a su alcoba,
a la alcobita aquella
de sus sueños de niña y de doncella,
en cuyo ambiente el ánima se arroba
por estar todo saturado de ella
allí el lecho mezquino,
que ayer halló de plumas y hoy de espinas,
junto al arcón de pino
donde guarda sus galas peregrinas;
el espejo con marco de caoba
en que ayer se miraba
y ya no quiere verse, y el rosario
cuyas cuentas de vidrio repasaba
postrada ante una imagen del Calvario.

Todo, sin ver, extática lo mira:
de pronto abre el arcón; de los pestillos
con tanta fuerza tira,
que casi de los goznes los arranca,
y por el suelo arroja los membrillos
que perfuman su limpia ropa blanca
del arca en los profundos recovecos,
busca el negro vestido de lanilla
y el pañolón de flacos
que los domingos en el templo ostenta,
preservados allí de la polilla
con piñas de ciprés y con pimienta,
sácalos, y con prisa se los viste,
la imagen de la Virgen pareciendo
cuando en amarga soledad y triste
iba los pasos de Jesús siguiendo.

Dispónese a partir; mas la detiene
tanto objeto preciado
como esparcido por los suelos tiene.
Allí el libro sagrado
que como premio recibió en la escuela,
de estampas y hojas secas atestado:
el relicario de oro, de su abuela,
que su madre, al morir, le dio en secreto;
el precioso dechado
en que bordó de niña el alfabeto,
y zarcillos, tumbagas, cintas, flores,
que fueron para ella
tesoros de ventura seductores.

Un ¡ay! desgarrador su pecho exhala
y sale más veloz que la centella,
huyendo de la alcoba y de la sala:
pero en el patio a detenerla torna
con anillos de hierro la agonía
que el corazón y el alma le trastorna.

-¿Dónde vas, Alegría?-
Cree oír que le pregunta, con voz queda,
un rosal que, tendiéndole una rama,
logra enredarse en su mantón de seda.
Y escuchar en seguida le perece
otra voz en su cuarto, que la llama,
y otra en el árbol que la brisa mece,
y que todo se anima, y gime y llora,
¿Adónde vas, adónde? repitiendo
en coro de armonía aterradora.

Al fin sale corriendo,
para tornarse del espanto presa
hacia unos pasos que la van siguiendo.
Eran los del humilde corderillo
que a la mano crió, que iba a su mesa
por migajas de pan, y que sencillo
con trémulo balar su amor le expresa
ella exclamando al verle: ¡pobrecillo!
Con arrebato histérico lo besa,
y su mortal angustia reprimiendo,
se enjuga el llanto, el pañolón se toca,
y decidida ya salva el portillo
y se lanza a la calle como loca.

Del sol borradas las rojizas huellas,
Ya el espacio sombrío
Se cuaja de innúmeras estrellas.
La fronda mustia su follaje erguía,
Libre por el benéfico rocío
del seco polvo y del calor del día.
El ángel mudo de la paz y el sueño
sobre la tierra que cansada sufre,
derramaba dulcísimo beleño
y en la hojarasca de la cerca umbría,
cual viva gota de encendido azufre,
el gusano de luz resplandecía.

HABLADURÍAS                    
Se publicó en La Ilustración Española y Americana el 22 de diciembre de 1888

PARTE CUARTA
I

-¡Menea ese cepillo,
si no quieres que a palos te descorche
de tu corteza de holgazán, chiquillo!-
De la iglesia en el porche
gruñía el sacristán a un monaguillo,
que un cepo grande de latón sonando,
limosna para el culto demandaba
a los fieles que al templo iban llegando.

-¡Toca a tercia!- gritaba
después a otro zagal que, como un mono,
por las cornisas de la torre andaba;
y al son de tan tremenda algarabía,
dulcificando el tono
a la alcaldesa el sacristán decía:

-Acababa anteanoche la corona
(poco más de las ánimas sería),
el templo registré, no vi persona,
y, cerrando, me entré en la sacristía
dormido me quedé como un chorlito;
vino antes que rompiese la mañana,
cual de costumbre, el Padre Manolito,
se entró en la iglesia, fuime a la campana,
toqué a gracias, bajeme con premura,
y juzgue usted, señora, de mi espanto
al ver salir del templo al señor Cura
trayendo con quebranto
cogida a una mujer de la cintura.

Ella en un pañolón iba tapada,
y a no estar por el Padre sostenida,
cayérase en el suelo desmayada.
Yo me quedé como quien ve visiones,
y diciéndome: -¡Calla, por tu vida!-
De la iglesia sacola a rempujones
el señor Cura, y se volvió en seguida.

¿Quién era la mujer? ¿Cómo aquí vino?
¿A dónde el señor Cura la condujo?
De estos misterios lo que yo adivino,
sin saber nada del por qué ni el cómo,
es que aquí, por el arte de algún brujo,
se entró la nieta de señó Jeromo:
La que en vez de ir la América buscando,
como piensa la gente,
en el pueblo se está repapilando.

¡Adiós! que por allí viene el sochantre.
¿Lo ve usted que parece un buen sujeto?
¡Pues tiene peores hígados que el diantre!
Mas ¿qué estarán haciendo los monagos?
No hay sátrapas, señora, en este mundo
que les ganes a pícaros ni a vagos.-
¡Deja el cepillo, Roque,
y enciéndeme el altar en un segundo!-
¡Tú, maldito Crispín, da el tercer toque!-
¡Adiós, adiós! que es hora ya de misa -
dice al fin, y poniendo muy contrito
el semblante en que búllele la risa,
la iglesia cruza, sin alzar los ojos,
dejándose caer como bendito
ante santos y vírgenes, de hinojos.

Quedose la beata
a la puerta del templo,
acechando lo mismo que una gata,
para dar de virtudes buen ejemplo
a otras viejas cual ella,
con quienes, la maldita desatando,
sin compasión al prójimo desuella.
y al ir las tales pícaras llegando,
en baja voz, del sacristán el cuento
les va entre mil mentiras relatando;
juntándose en el porche en un momento
de brujas tal recova,
que si Satán quisiera gritar ¡Arre!
ni una dejara de coger su escoba
para volar con él al Aquelarre.

Estaba ya la misa comenzada,
y aun el coro de brujas proseguía
una y otra calumnia envenenada
lanzando entre un ¡Jesús! y un ¡Virgen mía!
Y no acudiera a la función sagrada,
a no salir de súbito cantando
el sochantre, lo mismo que un piporro,
y el órgano, a la par, trompeteando.
Desperdigose por la iglesia el corro;
mas sin respeto a la mansión divina,
el cuento, cada cual, como abejorro
fue a zumbarle en la oreja a su vecina,
que a otra, a su vez, se lo sopló al oído;
y tal se propagó, que en mentidero
quedose el templo santo convertido.

Con el murmullo, confusión y prisa
con que al aire se lanza el avispero,
sale la gente al acabar la misa,
y lo mismo el gañán que el marinero,
la vieja que la moza endomingada,
el pícaro que el noble caballero,
la dama principal que la criada,
todos van a porfía
comentando a su gusto los horrores
que oyeron de la fuga de Alegría.

Hasta el galán se olvida de echar flores
a las mozas de rumbo en aquel día,
como éstas de hacer guiños seductores,
que nadie piensa en nada que no sea
llevar rodando el notición tremendo
como bola de nieve por la aldea.

Y mientras va corriendo,
el sacristán, concluida la tarea
de apagar luces y de echar cerrojos,
como no hay en el templo quien le vea,
En vez de persignarse y dar de hinojos,
Imitando a la gente del toreo
al brazo la sotana se relía,
y entonando una copla de jaleo,
se emboca por la obscura sacristía.

II

Afluye del lugar la vida toda
a la plaza en que está el Ayuntamiento,
plaza cuyo dictado se acomoda
al partido de más predicamento.
Si el poder el retrógrado conquista,
el nombre lleva de -Isabel Segunda-,
y el de-La Libertad-  si el progresista
coge el látigo y suelta la coyunda.
En vista de lo cual, los grandes hombres
que gobiernan el pueblo han acordado
poner en una tabla los dos nombres,
uno por cada lado,
a fin de que si ocurre una revuelta,
con volver la tablilla, pronunciado
se quede el pueblo y la cuestión resuelta.

Álzanse allí las casas principales;
el balcón de macetas atestado,
el cierro de cristales
con cortinillas de limón calado,
sobre el portón la imagen de María,
y en las salientes rejas colosales
la monjil traicionera celosía.

En otras más humildes
que tienen las maderas sin pintura
y los huecos pequeños como tildes,
el lujo se reduce a la blancura;
mas en unas y en otras se divisa,
lleno de flores mil, el arriate,
con la hierbaluisa
que accidentes y cólicos combate;
el rico aromo, cuya flor dorada
da a las ropas fragancia tan suprema
que vence a la que esparce, al ser quemada,
en unión del azúcar, la alhucema;
la hiedra que en los árboles se incrusta
junto al jazmín que a la pared se amolda,
y la parra vetusta
que el patio con sus pámpanos entola.

Todas tienen también blanca azotea,
que en lo limpia parece aljofifada,
donde el húmedo grano se asolea,
y cúranse, ensartados por los ojos
puestos del tendedero en los cordeles
y unidos en manojos,
boquerones, sardinas y jureles;
coronando, en hilera, los pretiles,
entre macetas de olorosas flores,
el prensado serón de higos ausiles,
la calabaza que al calor madura,
y la cidra que, llena de dulzores,
será pronto trocada en confitura.

Tal es el caserío de la plaza
en la que el pueblo entero
bebe, trafica, riñe o se solaza.
En ella instala el carpintero el banco,
la tabla el carnicero,
y se abren la botica y el estanco.
En ella para siempre el arriero
con su recua, cargada o de vacío,
a remojar el seco tragadero,
toma el sol o la sombra el señorío,
y asomando a la puerta del fielato,
espera el del consumo con su estoque
al entrador para aflojarle el gato.

Allí el titiritero trashumante
congrega el pueblo de tambor al toque
y se traga una espada coruscante;
los mocitos de rumbo
corren cintas los días de verbena,
y todos los domingos el gayumbo;
y al retintín con que el espacio atruena,
ya el vendedor de cazos y sartenes,
ya el de finos velones de Lucena,
añádese el estruendo
con que entran dando saltos y vaivenes
la calesa y la góndola corriendo.

Montado de un pollino en la trasera
allí el gitano, echándola de buche,
en la faja metida la tijera
y blandiendo la vara de acebuche;
el lujoso marchante de ganado
con el pastor, vaquero y yegüerizo
que aun calzan el botín acairelado;
y de los ojos y del alma hechizo,
en el cantillo del zaguán sentada
u oculta en la ventana traicionera,
la moza, por las Gracias modelada,
que da envidia a la airosa bayadera
al revolver su bata almidonada,
y a Venus misma, cuando en dulces giros
agita su cabeza coronada
de jazmines, mosquetas y suspiros.

Y todo bajo un cielo transparente
tachonado de estrellas temblorosas
o encendido en las luces del Oriente;
de un mar a orillas que de amor desmaya,
deshaciendo sus olas tormentosas
en encajes de espuma por la playa;
en medio de un ambiente
siempre templado y trascendiendo a rosas,
en el que bullen, como aladas flores,
enjambres de pintadas mariposas;
todo impregnado, en fin, de los fulgores,
de la gracia, el encanto, la poesía,
de la hermosura olímpica y sublime
que la Virgen María,
que allí tiene sus términos, imprime
en cuanto baña el sol de Andalucía.

III

-¡Compasión, hijos; caridad, hermanos!
¿Sabéis si es acreedora a tanta mengua
esa infeliz familia? Sed cristianos
y sujetad la viperina lengua.
No adelantéis el juicio;
se expone quien condena sin examen
a arrastrar la inocencia al sacrificio.
El mal cúralo el bien, nuca el vejamen.
Murmurar, aunque sea de un malvado,
no deja de ser vicio;
como es odiar al pecador, pecado.
Antes de censurar, tened presente
este precepto que hallaréis escrito
de las cristianas cárceles al frente:
-Aborrece el delito,
pero ten compasión del delincuente.-
De este modo exclamaba en la botica
un buen fraile exclaustrado
que mucho mejor siente que se explica,
y que, siendo un Sansón en fortaleza,
animoso y de genio arrebatado,
baja humilde ante un niño la cabeza
por la virtud cristiana dominado.
Aunque ayuna, está fuerte como un robre;
vive de la limosna de su misa,
y a lo mejor, para vestir a un pobre,
se queda sin sotana y sin camisa.
Siendo mozo, en Bailén venció al franchute;
pasa el día leyendo en su breviario,
y tiene el vicio de jugar al tute
con su escéptico amigo el boticario.

Reíase del fraile
un joven estudiante de Derecho,
que porque en la ciudad asistió a un baile,
estuvo de unas cursis en acecho,
vio una mala zarzuela en el teatro
y leyó sin provecho
tres librillos o cuatro,
un Séneca juzgándose en la aldea,
trata a los hombres con desdén notorio,
y con toda mujer, bonita o fea,
adopta los modales de un Tenorio.

También, oyendo al fraile, se sonríe
el boticario, químico profundo
que en la lectura de Volney se engríe,
y que a pesar de reducir el mundo
a afinidades, mezclas y cohesiones
por no acudir al tarro de bencina,
más lámparas ostenta en los calzones
que el Sepulcro de Cristo en Palestina.

En cambio al fraile apoya
el sensato doctor en Medicina,
de ciencia y de virtud tan rara joya,
que rinde con la gracia y la dulzura,
y no con el acial, como el albéitar,
a los jumentos bípedos que cura.
Con famélicas ansias el maestro
(que a hacerse obedecer acostumbrado
quiere llevarse al mundo de cabestro)
con todos se revuelve, acalorado;
y gracias que no acude a las razones
de que a ningún discípulo dispensa,
que son palos, palmeta y repelones.
¡Infeliz! Porque enseña la cartilla,
dos fábulas recita de Iriarte,
y mal escribe en letra bastardilla,
se juzga de las ciencias baluarte;
y apoyado en la prensa
que le alborota, al afirmarlo, el seso,
ser, como todo pedagogo, piensa
firmísima columna del progreso.

Completan la reunión dos labradores,
ambos viejos, el uno muy bromista
que a todas las mozuelas echa flores,
el otro gran pancista,
camaleón que toma mil colores;
un bigotudo alférez retirado,
que sabe de Cabrera mil horrores;
un joven empleado,
que no asiste jamás a la oficina,
a los chismes del pueblo dedicado,
y el señor Ayudante de Marina,
rival de Marco Polo en las hazañas,
que habiendo recorrido el orbe entero,
cuenta cosas del mundo tan extrañas,
que al tomarlas en boca,
según afirma el labrador chancero,
le vuelve a Cristo la cabeza loca.

Y no habiendo otro alguno personaje,
digno de ser pintado, en la botica,
oigamos el lenguaje
en que a su gusto cada cual se explica.

EL BOTICARIO

Padre Rodrigo, la verdad, no quiero
manchar en lo más mínimo a esa chica,
pero muy mal de su escapada infiero.
¡Qué demonios! al cándido optimismo
de los Pangloss, prefiero
lo que usted da en llamar mi esceptismo.

EL ESTUDIANTE

¿Pero qué duda cabe?
Esa mujer ha sido seducida.
Quien lo niegue, del mundo nada sabe
ni conoció mujeres en su vida.
Sencilla, pobre, juguetona, bella,
el primer hombre que fijose en ella,
mintiéndole unas bodas,
la sedujo, y en paz. Era su estrella,
la misma estrella de las hembras todas.

LABRADOR 2º

Dice muy bien.

EL MÉDICO

¿De todas? ¡Caracoles!

EL ESTUDIANTE

De todas, si señor, Balzac lo ha escrito
en un libro en francés.

LABRADOR 1º

Pues tres bemoles
tiene ese Barrabás con su librito.

EL ESTUDIANTE

Es de matrimonial fisiología;
mas cuanto dice en él yo lo sabía;
que allá en la capital, en un momento,
contando con dinero y osadía,
¿qué digo una mujer? se logran ciento.

EL FRAILE

¡Jesús! ¡Jesús!

LABRADOR 1º

Tiene razón, Pepito;
con mozos de tu gracia y tu talento
¿qué mujer no ha de dar en el garlito?
Mas pon a raya aquí tu atrevimiento
y seduce mujeres en Sevilla,
no le ocurra a un gañán el pensamiento
de romperte de un palo una costilla.

EL ESTUDIANTE

Yo también tengo manos, ¡carambola!

LABRADOR 1º

Hechas a andar con libros y papeles...

EL ESTUDIANTE

¡Y a manejar el sable y la pistola!

LABRADOR 1º

Aunque a un cañón apeles,
no sacarás a salvo tu pellejo
en lucha con estacas de villanos.
Pepito, por tu bien te lo aconsejo;
ante un garrote en campesinas manos,
no use más que las armas del conejo.

EL FRAILE

Lo mejor es vivir como cristianos,
atemperar a la virtud los modos,
amar a dios, menospreciar el mundo
y en santa caridad unirse a todos.

LABRADOR 2º

Dice bien.

EL MAESTRO

No, señor. No hay esperanza
de que termine nuestro mal profundo
mientras no se propague la enseñanza.
No ejerce ya la religión imperio,
vieja chocha, en el ánimo del hombre.
La redención la hará mi ministerio.
Lo que voy a deciros no os asombre.
Acabarán los robos y homicidios
con el sistema Froebel. Cada escuela
en germen matará veinte presidios.

LABRADO 1º

Vaya usted a contárselo a su abuela.

EL MAESTRO

¿Lo toma usted a zumba?
Pues que descuiden la instrucción primaria
y trocárase el mundo en catacumba.

LABRADOR 2º

Dice bien.

EL MAESTRO

Para ver si es necesaria,
que el señor Ayudante de Marina
nos cuente lo que ocurre en las regiones
en que el salvaje estúpido domina.
¡Vaya! que diga lo que vio en el Congo.

EL ALFEREZ

¿Qué vio usted, qué vio usted?

EL AYUDANTE

Cuatro montones
de naturales muertos a cuchillo.

EL FRAILE

¡Qué horror!

EL ALFÉREZ

¿Quién los mató?

EL AYUDANTE

Yo me supongo
que fue un cacique de color morcillo
que nos salió a visar el pasaporte.

EL ALFÉREZ

¿Y qué hicieron ustedes?

EL AYUDANTE

Amarrarle,
y virando en seguida al polo Norte,
en un pinar de la Groenlandia ahorcarle.

EL ALFÉREZ

¿Era hermano ese negro de Cabrera?

EL MEDICO

(¡Valiente bernardina!)

EL MAESTRO

¿Si allí hubiese instrucción, tal sucediera?

LABRADOR 2º

¡¡Lo que ve en esos mundos la Marina!!

EL MAESTRO

Así acaban los pueblos sin principios,
y España acabará de esa manera
si dan en no pagar los municipios
a los que damos la instrucción primera.

LABRADOR 1º

Ya pareció el busilis.

EL MAESTRO

¡Lo digo y lo sostengo!

LABRADOR 1º

¡Viva el garbo!

EL MAESTRO

Y soy capaz...

LABRADOR 1º

Martín, saca el ruibarbo
para que purgue el profesor la bilis.

EL FRILE

Hermano, haya paz

EL MEDICO

¡Qué tontería!

EL BOTICARIO

Vamos a la cuestión ¿Qué es de Jeromo?
¿En dónde está Manuel? ¿Dónde Alegría?
Hable el señor cronista de la aldea:
¿por qué se huyó la moza?¿cuándo? ¿cómo?

EL EMPLEADO

Empecemos por orden la tarea.
Muy poco más de la oración sería
cuando anteanoche vieron en un penco
a Manuel, que a su casa se volvía.
Ustedes  ¿qué dirán que hizo el zopenco
cuando al entrar se la encontró vacía?
En ella estar tres horas, y a la hacienda
volverse sin decir a nadie nada,
a mover a su padre una contienda.
Allá a la madrugada
vino a su casa acongojado el viejo,
halló una carta que dejó la niña,
y sin dar parte ni pedir consejo,
igual que su hijo, se tornó a la viña,
donde dicen que está llora que llora,
casi perdida la razón y solo;
pues buscando quizás a la traidora
por esos mundos escapó Manolo.
Hoy la voz en la iglesia se ha corrido
de que el cura en el templo la ha encontrado;
mas yo no lo he creído,
pues sé que se marchó con un soldado
que a robarla ha venido
del cantón en que estaba desertado.

LABRADOR 2º

Y ¿qué soldado es ese?

EL EMPLEADO

El guitarrista
que echaron a Jeromo de alojado.

LABRADOR 1º

¿Aquél tan vivaracho y pendenciero
que un día le sacó, sin ser dentista,
de un mojicón tres muelas al barbero?

EL EMPLEADO

Ese mismo.

EL ALFÉREZ

También hay quien murmura
que para hacerse monja se ha escapado
y que por eso la protege el cura.

EL ESTUDIANTE

¿Quién se puede tragar tal bobería?

EL EMPLEADO

¡Pues si hay comadre en el lugar que jura
que desde hace dos meses le crecía
por palmos a la moza la cintura!

LABRADOR 1º

¿Y Manuel nada vio?

EL EMPLEADO

¡Si es un bolonio!

EL BOTICARIO

¿Ni tampoco el abuelo?

EL EMPLEADO

A ese por tuno lo cegó el demonio.

EL FRAILE

Están ustedes ofendiendo al cielo.
Me voy, me voy, que a ser mudo testigo
de tan grandes calumnias me rebelo.

EL BOTICARIO

¿Y solo se va usted, Padre Rodrigo?

EL FRAILE

Ustedes son los que se quedan solos
porque me llevo a la razón conmigo.-

Dice y sale bufando
revuelto en el manteo y la sotana.
Y a vísperas a poco repicando
la campana del templo vocinglera,
cada cual a su hogar se va marchando,
donde con vivas ansias se le espera
para añadir al cuento otra mentira
y volcar en la fuente la puchera.
Y el boticario (que vencido mira
una vez más su escepticismo huero
por las frases que el cielo al fraile inspira),
después de machacar el mortero
una pasta de simples venenosos,
a su cuarto de estudio se retira
a buscar argumentos victoriosos
contra Dios en Las Ruinas de Palmira.

IV

Admira el pueblo entero
del Cabildo la sala de sesiones,
pues tiene en el testero
un tablado con tres grandes sillones
y una mesa con plumas y tintero,
bajo el dosel granate en pabellones,
en cuyo fondo un cuadro se divisa
en que a la Reina dieron facciones
de un canónigo injerto en pitonisa.
Háyanse en tal lugar y en tal momento
estos cuatro ilustrísimos varones:
el alcalde, que presta a mil por ciento;
el síndico, leal contrabandista;
el juez ya de nosotros conocido,
y el señor secretario, tramoyista
que el pueblo todo a su placer baraja,
y que si hubiera sido,
como dice el refrán, hombre de paja,
impulsados por ansias naturales,
se lo hubiesen comido
en cualquier sesión los concejales.

-Ahora si que hay que echar la zancadilla
dice el alcalde- al pícaro Jeromo
que su voto nos niega y nos humilla.

-Y aporrearle a nuestro gusto el lomo-
añade el juez de paz- Esta mañana
fui a verle para hablarle de un asunto
y por poco me zurra la badana.

-Al cabo pagáralo todo junto-
aúlla como un lobo el matutero.-
Cuenta, Francisco, lo que te ha pasado
con ese marrullero.

- Como yo le creía
muerto de pesadumbre –el juez contesta-
con la fuga impensada de Alegría,
la mejor ocasión (me dije) es ésta
de envolverme en el pleito enmarañado
que le pienso poner. ¡Virgen María!
¡Cuál se puso al oírme de enojado!
A no coger para el lugar el trote,
me larga por respuesta
un palo en la testuz con el garrote.

-Que te pegara, necio, haber dejado-
le interrumpe el alcalde; -de ese modo
a presidio le hubiéramos echado.

- Ve tú a que te acogote-
replica el juez airado
porque yo no me dejo hacer jigote.

- Puede arreglarse todo
sin tanto alborotar-con voz de flauta
responde Don Magín, el secretario.

-¿Y cómo?- le pregunta.
- A esta pauta
atenerse – les dice – es necesario.
Como juez, Don Francisco le conmina
y le mete en el pleito de cabeza;
usted, señor alcalde, le acoquina
haciendo que le pague con presteza;
a la chita callando
el síndico le esconde
cualquier noche en la hacienda un contrabando
y a sorprenderlo a los civiles llama,
y a mí me corresponde
tal cantidad echarle de derrama
que el bolso para siempre lo desfonde.
Cogido en una trama,
con tres embargos, y en la cárcel preso,
sus fincas poco a poco subastamos;
a cualquier infeliz dejando el hueso,
con todas las mejores nos quedamos,
y realizado el plan como lo anuncio,
en medio del arroyo lo plantamos
para que vaya a querellarse al Nuncio.
- ¡Bien!
-¡Bravo!
-¡Buena idea!
-¡Acoto el olivar!
-¡Y yo la viña!
-¡Y yo el huerto que linda con la aldea!
-¡Ése le quiero yo!
-¡Pues habrá riña!
-¡Mío será!
-¡Te romperé el bautismo!
-¿A mí tú, pillastrón?
-¡Y a todos juntos!
-¡Mandria!
- ¡Gallina!
-¡Ven!
-¡Pues ahora mismo!-
Y a no entrar con un pliego de repente
un pícaro alguacil dando corcovos,
diciendo: ¡De Joaquín, urgente, urgente!...
Entre sí se devoran como lobos.

Cogiolo el secretario, y con cautela
las puertas y ventanas atrancando,
a la luz de una vela
fue el pliego de esta suerte descifrando:

-Escribo a ustedes, solo
para hacerles saber que he dado entrada
en la partida al fanfarrón Manolo.
Por tanto, la familia de este amigo
para todos nosotros es sagrada.
Que sepa el señor juez esto que digo,
pues si lleva a Jeromo otra embajada,
lo mismo que a una res lo desbarrigo.
Para el miércoles tengo preparado
un golpe en el cortijo de Tablada;
echadme a los civiles a otro lado.
Si salimos bien, habrá dinero;
¡a ver si quiere Dios que el diputado
con el sebo se pone más ligero
y me logra el indulto deseado
del pobre Periquillo Malavida,
cuya astucia y valor acreditado
me están haciendo falta en la partida!
Haced que diga en la ciudad la prensa
que al moro me he pasado perseguido,
que en este engaño encontraré defensa.
Cuidado que ha de hacerse cuanto pido
a punto de reloj, que así lo quiero,
y no cansando a ustedes, me despido.
¡Ojo y a trabajar!
JOAQUÍN (EL Fiero).-

Pone fin esta carta a la asamblea,
y del Cabildo (cueva de ladrones
como todos le llaman en la aldea)
salen los ilustrísimos varones,
por encima del hombro
mirando al abatido vecindario,
que les mira a su vez, mudo de asombro
y presa de terror extraordinario.

Las piedras aporrean
el alcalde y el juez con sus bastones;
los ojuelos del síndico bravean,
y fingiendo humildad el secretario,
andando porque es cojo, a trompicones
e hipócritas saludos repartiendo,
en su casa se encierra
haciéndose estas sabias reflexiones:

-¡A Joaquín no comprendo!
¿A qué vivir en empeñada guerra,
perseguido, asustado
y oculto en las entrañas de la sierra;
cuando más fruto consiguiera yendo
a Cuba colocado,
o legalmente, entre nosotros, siendo
concejal, contratista o diputado?-

V

Cualquiera que en el pueblo penetrara
en estas horas de la tarde muertas,
sin vida le juzgara;
pues las calles desiertas
y mudo los hogares encontrara.
Mas la tarde vencida,
abriéndose a la luz todas las puertas,
vuelve el pueblo a palpitar la vida;
sola, entonces, quedando toda casa,
por salirse a los poyos de la calle
las mujeres en masa
a tomar fresco y a lucir el talle.

Las mozuelas que ha poco, hechas un pingo,
andaban con la escoba y la aljofifa,
pusieran ahora el mingo
por su gala y limpieza en una rifa;
no debiendo su encanto y donosura
al colorete, al moño, ni al respingo,
sino a su propia cándida hermosura.

A su mata de pelo portentosa;
a su breve cintura;
a su tez fresca que encendió la rosa;
a su rasgados, habladores ojos
que producen, amantes, calentura,
y al mirar con enojos
pesares más amargos que el acíbar;
a sus labios, más dulces y más rojos
que cerezas bañadas en almíbar;
a la gracia, por último, sin nombre
que al más santo le quita la prudencia,
que hace locura del amor del hombre
y que inspiró a Jeromo esta sentencia:
-Quien ante la mujer de Andalucía
no se arrisca y bravea como el gallo,
merece que lo lleven a Turquía
a guardar señoritas a un serrallo.-

Como día festivo, aquella tarde
hacer debieran con mayor empeño
las mozas de sus méritos alarde;
mas olvidado el coquetil pergeño,
se encuentra todavía
comentando la suerte
por todas deplorada de Alegría.

Quién la memoria a su bondad convierte;
quién la juzga robada a viva fuerza;
quién oculta en los brazos de la muerte.
Y sólo la mastuerza,
la fea o la envidiosa solterona
en denostar a la infeliz se esfuerza;
que son fealdad, estupidez y envidia
trinidad maldiciente y regañona
que en todos ver quisiera la perfidia
que el repodrido corazón le encona.

VI

¡Pobre Jeromo! ¡Tan rumbón!... ¡Tan bueno!
¡Tan listo!... ¡Tan honrado!..
Así exclamaba de amargura lleno
aquella tarde el pueblo campesino,
de tertulia en el atrio escalonado
de un antiguo convento hecho molino.

A aquella carcomida escalinata
reduce el jornalero su destino,
que en ella, si hay trabajo, se contrata,
y le sirve, si huelga, de casino.
y vive allí, sin renegar del hado,
a las ansias del mundo indiferente,
ignorante y brutal, mas no malvado;
pues cuando en viva cólera se inflame
embestirá cual toro ciegamente,
mas no a traición como culebra infame.

Así cayó cual derretido plomo
en el buen corazón de aquella gente
la nueva de los males de Jeromo.

VII

Enfrente de la playa,
en el extremo opuesto de la aldea,
en grupos rodeando la atalaya,
el marítimo pueblo se recrea
contemplando los cambios del celaje,
del viento y la marea,
y el vaivén bramador del oleaje.

Allí el ágil grumete,
el forzudo remero,
el astuto patrón que busca flete,
el pescador, y el viejo marinero
que, a ser la tierra plana,
echándose a los ojos el sombrero,
llegara con la vista hasta la Habana.

Todos también se duelen a porfía
de la suerte del viejo infortunado,
y cada vez que se habla de Alegría
a un marino moreno y bien plantado
que de amores por ella se moría,
y a quien ella dejó por el soldado,
se le va el pensamiento en raudos giros,
a los ojos el llanto se le agolpa
y se le llena el pecho de suspiros.

VIII

Entretanto, a un concurso
de tomos y pillastres, el barbero
pronunciaba discurso tras discurso.
Al dar el toque de oración, ya estaba
de la lira encendido el reverbero
que el barberil tugurio iluminaba.

Decóranlo unos bancos de madera,
un espejillo roto, un reloj mudo,
un sillón, la guitarra jaranera,
y en la pared, pegadas son engrudo
y en torno de un trofeo
de navajas, tijeras, y bacías,
estampas con las suertes del toreo.

Oigamos al rapista melenudo:
-Iba yo con Fermín y con Matías
por San Roque anteanoche de bureo,
cuando al fin de la calle
salir al campo vimos
corriendo a una mujer de muy buen talle.
Como era natural, la perseguimos;
torcer el rumbo le hizo la sorpresa,
volviose atrás, pusímosla en un brete,
y al ir a dar en nuestras manos presa,
en la iglesia se entró como un cohete.
En el atrio esperándola estuvimos,
y al ver que no salía,
que habíase escapado supimos
por la puerta que da a la sacristía,
y riendo del caso nos volvimos.

¿Quién pensara que aquella era Alegría,
que al buscar la ventura
en brazos de su amor, por causa mía
ha venido a parar a los del cura?

 Ahora sí que ha caído en el garlito,
pues, sorbiéndole el seso, la hará monja
como a tantas el Padre Manolito.
Que quiera o no, la enterrarán con palma;
que es la iglesia, señores una esponja
que le chupa al que coge bolso y alma.

Cien mil veces lo he dicho y lo repito:
hasta que no se acabe con el clero,
el trono y la milicia,
el pueblo soberano será un cero
y no habrá ni progreso ni justicia.-

Y volviendo a empeñarse maldiciente
en la tarea de insultar al cura
y a la triste muchacha torpemente,
se atrajo sin pensar su desventura;
pues llegado a escuchar lo que decía
aquel rudo marino de buen talle
que de amores penó por Alegría,
no pudiendo sufrir sus sinrazones,
por las greñas sacándole a la calle
le deshizo la cara a bofetones.

IX

A espaldas de la iglesia tiene asiento,
una casa-palacio, que parece
en lo grande y magnifica, convento.
En la plaza en que está, la hierba crece
sin que pie alguno le produzca estrago,
y entre malvas y ortigas prevalece
el oro de la flor del jaramago;
dando vida a la alegre plazoleta
el boyero que suelta allí la yunta,
echándose a dormir en la carreta;
alguna cabra que voraz despunta
los brotes y las yemas coloradas;
las gallinas de todo el vecindario,
y las libres palomas azuladas
que anidan en el alto campanario.
Los patios de la casa son jardines
que abren paso a una huerta
que se pierde del pueblo en los confines.
Dos faroles alumbran noche y día
dentro de la anchurosa casapuerta
a una imagen de talla de María,
y llenos de troneras y blasones
flanquean las esquinas del palacio
dos grandes torreones,
nidales de una turba vocinglera
de vencejos que asordan el palacio
en las tardes de estío y primavera.

Vive allí una riquísima señora
que prefiere a la vida de la corte
la suya de aldeana labradora.
Aunque muy alta, gruesa, bigotuda
y de voz y facciones varoniles,
denota en sus maneras, trato y porte
que se crio en pañales señoriles,
por su austera virtud parece ruda;
activa y regañona
su juicio impone y arrogante manda;
pero en viendo afligida a una persona,
el corazón de suerte se le ablanda
que diera por servirla su corona.
Oye misa temprano;
los quehaceres domésticos dirige;
a los pobres socorre por su mano;
cuando no llueve ni el calor aflige,
a visitar sus fincas sale en coche;
ocúpase en el pago de jornales
y en tratar de labranza a prima noche;
recibe a algunas gentes principales;
con sus criados el rosario reza;
a su hijo, a quien da estudios en Segovia,
escribe cada noche un cartapacio
con más zalamerías que una novia,
y cuando rinde al sueño la cabeza,
lo goza tan tranquilo y tan despacio,
que no despierta hasta que alegremente,
rompiendo por las verdes celosías
y besando su frente,
le dice el sol ¡Marquesa, buenos días!

Componen su tertulia cotidiana
un pobre caballero muy bisunto,
que de su estirpe sin cesar se ufana
y ni trata ni entiende de otro asunto;
un flaco brigadier de gran bigote,
hermano de armas del Marqués difunto,
pronto siempre a tirar del chafarote,
en la figura y el amor trasunto
del ingenioso hidalgo Don Quijote;
el señor cura, el labrador gracioso
y una viuda que se viste y peina
a la moda del tiempo fabuloso
en que fue camarista de la Reina.

En la noche del día
en que sólo en el pueblo se trataba
de la fuga y la suerte de Alegría,
de sorda inquietud presa,
su puesto en el tresillo abandonada
con asombro de todos la Marquesa.
sin poder sosegar, iba y venía,
de la ausencia del cura se quejaba,
encargos mil al brigadier hacía,
y cayó en penosísimo abstraimiento,
cuando, acabada la tertulia, vino
a solas a encontrarse en su aposento.

Mas poco su abstracción penosa dura;
pues cortado lo mismo que un doctrino
aparece en la puerta el señor cura.

-¡Gracias a Dios! se dijo interiormente
al verlo la Marquesa,
y ocultando el placer que su alma siente,
a recibirlo se lanzó muy tiesa.

Por apocado, enclenque y menudito,
al cura denomina el pueblo entero
sin que él se ofenda, el Padre Manolito.
Caritativo, bondadoso, humilde,
y creyente sincero,
no hay quién encuentre en su existencia un tilde.
De todos se hace amar sin artificio:
nada hay en él que arrastre ni deslumbre;
a la audacia y estrépito del vicio
opone la callada mansedumbre
y el paciente valor del sacrificio.
En obras más que en pláticas fecundo,
con su ejemplo al incrédulo convence,
y cual sabio profundo
en los combates de la vida vence,
dejándose vencer por todo el mundo;
siendo al perdón, por último tan dado
su compasivo corazón y tierno,
que, sin la fe, cayera en el pecado
de negar la existencia del infierno.

Levantando del suelo la mirada,

-¿Qué hacemos de la niña?-
Preguntó a la Marquesa, que, enojada,
-¡Qué sé yo!- contestole en son de riña.

Y el cura, que en el alma está leyendo
de la noble Marquesa, cual si nada
hubiese oído prosiguió diciendo:
-Muy grave es el pecado en que ha caído
¿pero cuánto mayor la penitencia
que tiene que sufrir y que ha sufrido?
Pasto de la voraz maledicencia,
privada del calor de la familia,
y tan llena de sustos la conciencia
que el sueño apetecido no concilia,
¿qué otro infierno mayor que su existencia?
Es muy grave su culpa, lo repito.
¿Mas quién no la perdona si ha brotado
del ciego amor que...?-

-Padre Manolito
¿Va usted a disculparla
-la Marquesa le dice con enfado-
en vez de, como debe, condenarla?-

Y el cura prosiguió: -¡Pobre mozuela!
Sin una madre por apoyo y guía,
confiada a sí propia, sin cautela,
más que sus faltas las del mundo expía.
¡Es tan buena en el fondo! ¡Tan creyente!
¡Qué angustias cuenta de la noche triste
que pasó con la Virgen frente a frente!
¿Qué digo una zagala como ella?
¡El hombre de más nervio no resiste
las amarguras de la noche aquella!
¡Conserva aún el corazón tan sano!
Mas como al borde está del precipicio,
si no halla apoyo de piadosa mano,
en la honda sima se hundirá del vicio.-

-¡Eso jamás! En un camino llano
-la Marquesa replica- la pondremos.
Yo libraré a su novio del servicio
y en seguida con él la casaremos.
Encomendado tengo ya el asunto
al señor brigadier, que hallará modo
de conseguir lo que apetezco al punto.
Mas aquí no vendrá, no quiero verla.-

Y el cura contestó con desconsuelo;
-No es razón que usted sola lo haga todo
¡lástima de chiquilla! es una perla
que el mundo infame salpicó de lodo.
Y preciso es, señora, recogerla
hasta tanto que el pobre de su abuelo
la perdone cual la hemos perdonado
y por mi mano, al bendecirla, el cielo.
No sé por dónde el pueblo se ha enterado
de que en mi casa téngola escondida
y murmura de entrambos despiadado.-

Y exclamó la Marquesa decidida:
-Yo pondré coto al popular ruido
tráigame usted mañana a esa inexperta. -

Y el cura respondió: -¡Si la he traído!-
Y yéndose a la puerta
exclamó: -Tu madrina te perdona
ven a darle las gracias, hija mía.-
Y saludando humilde a la matrona,
saliose y la dejó frente a Alegría.

Procurando volver de su promesa,
mil esfuerzos hacía
por demostrar enfado la Marquesa;
mas no pudiendo recobrar la calma,
al ver que la infeliz desfallecía,
mientras: -¡Perdón madrina de mi alma!-
Con lastimero acento le decía;
en lágrimas se funden sus enojos,
álzala, de sus manos se apodera,
procura abrirle los dormidos ojos,
le acaricia la rubia cabellera
y al materno calor la resucita
de su amoroso pecho,
que siendo colosal, resulta estrecho
para el gran corazón que en él palpita.

¿Y cuál el premio fue de la Marquesa?
La fama lo ha callado torpemente;
mas ella misma con candor confiesa
que aquella madrugada, el sol naciente,
al romper por las verdes celosías,
con más cariño le besó la frente
y le dijo: ¡Marquesa, buenos días!

CANTO QUINTO (PRIMERA PARTE)

I

Sedienta de rocío
se entreabre la tierra, recocida
por los últimos soles del estío;
muere, por las arenas absorbidas,
la fuente que antes engrosaba el río;
nubla la luz el humo del rastrojo;
del bosque la frondosa cabellera
se va tiñendo de amarillo y rojo,
y parece que escapase la vida
tras el ave del estío pasajera
que en busca de su tierra prometida
las alas fugitivas acelera.
Mas si áridos los montes y campiñas,
afrentando a las verdes esmeraldas,
aun tienden de las lomas por las faldas
sus retorcidos pámpanos las viñas,
y el racimo apretado,
encendido el color, se acaramela
por los rayos solares retostado,
el robusto olivar sus ramas mece,
oreando su fruto regalado,
que al madurar se ablanda y ennegrece;
esparce su perfume el membrillero,
el jugoso abridor se aterciopela,
se reviste de azahar el limonero,
y por ricos azúcares hinchada,
como boca que se abre a la sonrisa,
revienta la dulcísima granada.

II

-¡Alabado sea Dios!
-¡Por siempre!
-¡Aprisa!-
Caballero en un burro
gritaba, golpeando con su porro
la carcomida puerta de un ventorro,
el viejo cabrerizo seño Curro.
Con lentos pasos acudió el ventero,
su carilla de zorro
alegrando con gesto zalamero;
y puesto los dos héroes frente a frente,
al azulado alborear del día
entablaron la plática siguiente:
-¡Qué modo de llamar, Ave María!
¡Si viene usted más súbito que un tiro!
Amarre usted la bestia a la ventana,
entre y tome respiro,
que va a ser calurosa la mañana.

-No puedo, seño Juan, traigo ganado.
Y, hambriento como va, se descarría
y se zampa a comer en lo vedado.
-¡Déjelo usted engordar a costa ajena!
-¡Gran cuenta que me tendría
mas eche, seño Juan, del chapurrado!
-¡Ahí va una copa llena!
-¡Jesús que amargo sabe!
-¿Qué dice usted? El paladar engaña.
¡Si es un licor más dulce que el jarabe,
hecho por mí con marrasquino y caña!
Tome otra copa y lo hallará suave.
¿Lleva usted muchas reses a la feria?
-Todas las cabras de seño Jeromo,
que camina a buen paso a la miseria.
-¿No se encuentra mejor?
-¡Ni por asomo!
Tan consumido se halla el pobre viejo,
que tiene despegada
de las carnes la piel como el conejo.
-¿Y su casa del pueblo?
-Está cerrada.
-¿A su nieta no la ha visto?
-Ni la verá por nadie ni por nada.
-¡Que tesón tiene el viejo, voto a Cristo!
Él dice que es un hombre de conciencia,
que al ver su honra perdida
imposible se le hace la existencia.
-Amar la honra hasta perder la vida
es dejar la candela por el humo.
Bueno e quererla, sí; mas la naranja
no ha de estrujarse hasta que amargue el zumo.
Menos la muerte, todo mal se zanja.
-Eso ansío meterle en la cabeza,
pero ¡quiá! no le alegro;
el quererle sacar de su tristeza
es más inútil que lavar a un negro.
-Quizás el casamiento de la moza…
-¡Quite usted! La perrada de su hijo
es lo que más el alma le destroza.
-¿Pero sabe?...
-Un malvado se lo dijo.
-Ahora sí que en su negra angustia creo.
¡Pobre señó Jeromo!
-Tanto sufre, que el día en que le veo
se me vuelve vinagre lo que como.
Vaya, echemos la espuela.
-¿Tan pronto? ¡Qué presura! ¡Ni el correo!
-¿No ve usted que ya el sol viene que vuela?
¡La paz de Dios, amigo!
-¡Vaya usted con la Virgen, señó Curro!

Platicando consigo
en la trastienda se metió el ventero;
el hato congregado ante su burro,
hacia la aldea lo aguijó el cabrero,
y como sale el hierro de las fraguas,
el sol enrojecido
se levantó del seno de las aguas.

III

A unos veinte minutos de la aldea,
a orillas de un atajo concurrido,
aquel albergue venteril blanquea.
Un corralón, en huerta convertido,
con sus frescos verdores lo hermosea,
y alégralo el simpático chirrido
de una noria abundante,
que presta dulce savia a la hortaliza,
copioso abrevadero al trajinante
y rocío cristiano
al vino, que el ventero allí bautiza,
porque no entre en su casa mahometano.
Hace parada allí todo arriero,
y por tenerlo a mano
visítalo también el marinero.
Murmúrase que sirve de escondrijo
a cualquier infeliz contrabandista
que echa en la playa próxima un alijo;
y cuenta de sus socios en la lista
a la gente a comer aficionada,
por no haber otro que aderece un sollo
aliñe un salpicón y una ensalada
haga una caldereta o guise un pollo
con el primor y gracia que el ventero;
artista culinario tan sencillo,
que halaga el paladar del pueblo entero,
sazonado los guisos con hinojo,
almoraduj, orégano y tomillo,
jamones, como él dice, de rastrojo.
Si triste el interior del ventorrillo,
como viejo caduco, por afuera
sonríe con la gracia de un chiquillo.
Allí el asno que tira de la noria
revuélcase, respinga, y si se altera
prorrumpe en arrebatos de oratoria;
cacareando en un jaulón de caña,
un gallo inglés se vuelve a todos lados
alguien buscando en quien saciar la saña;
roncan, puestos al sol, dos perros fieles;
cantan los jilguerillos embragados
que sirven en la caza de cimbeles,
y una urraca doméstica (ladrona
que se suele encontrar lo no perdido
lo mismo que si fuera una persona)
del gato, su rival, teniendo enojos,
al punto en que lo juzga adormecido
corre callada, pícale en los ojos,
y al tejado subiéndose de un vuelo,
chilla sin fin como asustada monja;
mientras el gato bufa enfurecido,
hinca las corvas uñas en el suelo,
el lomo enarca, y cual erizo esponja
si finidísima piel de terciopelo.

IV

Pensando en su entrevista
con el cabrero, se encontraba solo
aun señó Juan, cuando al alzar la vista
hallose frente a frente con Manolo;
y aunque hombre, por su oficio, acostumbrado
a bregar con jayanes y bribones,
evitar no logró que el desagrado
contrajese sus ásperas facciones.
Manuel, como un doctrino,
cortado y mudo, se plantó en la puerta
con la vista clavada en el camino;
pero el ventero astuto,
lince o grulla en hallarse siempre alerta,
no apartaba los ojos de aquel bruto,
dispuesto a defender, cual fiera brava,
temeroso de un robo, el dinerillo
que en el cajón del mostrador guardaba.
De este negro pensar sacole a poco,
moviéndose y chillando como un grillo,
el rapabarbas ruin, que con descoco
de repente se entró en el ventorrillo.
-¿Sabe usted, señó Juan, a lo que vengo?-
dijo, sin esperar pregunta alguna.-
De un empeño que tengo
a que me saque pronto y con fortuna.
prometí una merienda de marisco
a mi parroquia, y ni una cañadilla
he podido encontrar. ¡No va a ser cisco
el que me arme a la noche mi pandilla!
¡Ya la conoce usted! Bastián el tuerto,
el fiel y el contador de los consumos
el hijo del alcalde, don Mamerto…
¡Gente de pelo en pecho y muchos humos!
Con que me dije: «Es menester que vaya
a ver si señó Juan, que las primicias
recibe diariamente de la playa,
con bocas o cangrejos me da albricias.»
Deme usted bogavantes, ostiones,
almejas, langostinos… me contento
con gambas, o si no con camarones…
Con algo que del mar eche el aliento,
erizo, lapa, morcillón, coquina…
-¡Jesús, que despilfarro!-
le interrumpió el ventero- para el carro
y no me toques más a la marina.
Pollos tengo, aceitunas,
queso emborrado, longaniza, lomo…
¿Pero bichos de mar? En estas lunas
ni regalado que los den los tomo.
¿Quieres que te haga un guiso de carnero?
-Ni de perdices, vaya.
Marisco o nada –contestó el barbero.
-Pues a buscarlo tírate a la playa-
Amostazado replicó el ventero.
Cambió de tonos entonces el tunante,
y dijo:-Pues tomemos aguardiente.
Manolo, ¿quieres ser mi acompañante?
Pues vámonos adentro, que aquí afuera
hace un calor que el diablo que lo aguante.-
Y encerrados los dos en un cuartucho,
habló de esta manera
a Manuel aquel pérfido avechucho:
-Que fui siempre tu amigo
y que lo soy, Manolo, todavía,
te lo prueba el que vengo a hablar contigo.
Hoy es el casamiento de Alegría.
¡No te alteres así! Vamos cachaza.
¿No da lo mismo ahora que otro día?....
Perico llegó ayer. Hijo, en la plaza,
de orgulloso que viene no cabía.
¿Qué es un tuno dirás? Pues la Marquesa
que, cual todos los ricos beatos
sólo por los pillastres se interesa,
está loca por ese pelagatos.
Librolo del servicio,
y esta tarde lo casa con la niña.
¿No es, dime tú, para perder el juicio
el que esos dos bribones
que están matando de penas a tu padre
y te han perdido a ti, sin más razones
se metan en la casa de tu madre?
¡Lo que te digo, sí! Tras la comida
que la Marquesa les dará en su casa,
a la tuya se irán de recogida.
¡No te exaltes! Paciencia.
¿Qué te importa? Hazte el bobo,
que no hay mejor virtud que la prudencia.
Asómate, Manuel, al ventanillo.
¿No es el cura el que pasa en aquel mulo?
¿Adónde irá ese padre zarandillo?
Sin duda a confesar a Juan, el chulo,
que muriéndose está de tabardillo.
¡Ya se ve! mayoral de la Marquesa,
¿cómo no iría a visitarlo el cura?
Al pobre, por quien nadie se interesa,
no le dan confesión ni sepultura.
Con que ya sabes; a las siete, boda;
a las ocho comida, y a las once…
-¡Calla!-gritó Manuel enfurecido-
¡Si a estacazos no quieres que te tronce!
-¡Pues no se me incomoda-
articuló el barbero sorprendido-
cuando para evitar una desgracia
y a consolar su espíritu he venido!
Ayer, para mi sayo, me decía:
«Ya Manuel no tiene quien le imponga
de la suerte que corre su Alegría,
yo se la iré a decir, aunque me exponga
a que murmuren de la fama mía.»
Te cito, te hablo, de tu mal me duelo…
¡Y me das este pago
cuando vengo a servirte de consuelo!
-Estoy loco, no sé lo que me hago-
Manuel balbuceó;- gracias, amigo.-
Y perdida la calma,
al campo se lanzó por el postigo,
de veneno mortal henchida el alma.
Tras mucho alborotar, fuese el barbero,
que estaba, por la pita, entre dos luces,
a quien al irse le gritó el ventero
haciéndole mil cruces:
-Anda con Dios, y muda de sendero,
o a los infiernos te hundirás de bruces;
que tienes una lengua, niño mío,
más ardiente que caldo de altramuces,
que, como el vitriolo, quema en frío.
Si sigues con injurias y denuestos
a cuanto Dios crió, ten por seguro
que has de dormir con los zapatos puestos.
No te acuerdes de mí ni de mi venta;
que aunque soy hombre yo que no me apuro
por mucho que retumbe una tormenta,
el día maldecido en que te veo
de que vi a Lucifer me hago la cuenta,
pues me queda en el alma el cosquilleo
que produce en los labios la pimienta.-
Siguió impávido el mozo su camino
y se perdió entre verdes olivares;
el ventero a su hogar volvió mohíno
comentando del día los azares,
y convertido en húmedo bochorno
por el viento marino,
el calor del terral, que era el de un horno,
espesa nube que del mar venía,
a poco sobre el campo mortecino
en fresco chaparrón se deshacía.

V

Entretanto en la hacienda de Jeromo,
sentados a la puerta del sombrajo
el viejo en un chupón y el señor cura
en un dornillo puesto boca abajo,
hablaban de esta suerte:
-La amargura
es la piedra de toque de las almas.
Sólo ante Dios es bueno
y blandir logra victoriosas palmas
quien sufre los dolores resignado.
¿Quién no abrigó desgracias en su seno
y de ellas no salió purificado,
un santo podrá ser, pero no puedo
a boca llena blasonar de honrado.
-Ni oyendo a su merced mi angustia cede.
es, señor cura, mi pesar tan hondo,
que no hay poder humano ni divino
que alcance llevar mieles a su fondo.
Sembré alazor y me salió anapelo,
y con la fe, perdida la esperanza,
no querer consolarme es mi consuelo.
-Entera pon en Dios tu confianza,
y enseguida darás con el camino
que conduce a la bienaventuranza.
Al cielo pide luz, pobre insensato;
quien se erige en maestro de si propio
enseña vanidad a un mentecato.
La fe tan solo alivia y cura el alma;
la razón, traicionera como el opio,
le da veneno al procurarle calma.
Abrázate a la fe con firme anhelo,
y en las luchas terribles de la vida
hazla que tienda hacia la altura el vuelo,
como alondra que, al verse perseguida,
para salvarse se remonta al cielo.
-¿Me toma su merced por un hereje
porque juzgo mis males sin consuelo?
¡Por la Virgen! de tal no me moteje.
Habré sido en mi vida loco, vano,
charlatán, orgulloso, testarudo,...
pero nunca dejé de ser cristiano.
Mándeme su merced, y ciego y mudo
le rendiré obediencia;
más no me lance al mundo, padre mío,
llevando la deshonra en la conciencia.
-El rostro lleva alzado;
la desgracia, Jeromo no envilece
a quien, cual tu, está libre de pecado,
sino a aquel pecador que la merece.
¿Mejor o peor serás porque te alabe
o vitupere la opinión mundana
que ni siquiera sabe
a do camina ni de donde emana?
-Su merced, señor cura, me confunde,
 pero no me convence.
¿Como, si mi deshonra se difunde,
querer que no me duela ni averguence?
Lo haría su merced, porque es un santo;
pero a un hombre cualquiera, señor cura,
no le da el cielo fuerzas para tanto.
Además, ¿por qué a mí tanta amargura,
mientras vive el perverso sin quebranto?
-¡Dichosa la criatura
a quien sustenta Dios con pan de llanto!
Bendice el torcedor que te sofoca,
cuando la angustia el corazón te oprime,
es porque el dedo del Señor lo toca
y en él la cruz de su martirio imprime.
Deja que pida a Cristo el fariseo,
no el dolor que a su diestra nos coloca,
sino el placer que le mintió el deseo;
que le busque con gozo y ansia loca
para comer su pan, y que rehuya
llevar la hiel del cáliz a su boca;
que le siga con palmas e incensario
en su entrada triunfal, y que le huya
cuando marcha vencido hacia el calvario.
Se hundirá en el abismo con asombro;
que para alzarse al cielo, es necesario
cruzar la tierra con la cruz al hombro.
En cambio, tras la vida pasajera,
el alma que por Dios ha padecido
al cielo se dirige más certera
que la paloma hacia su propio nido.
-No más, amado padre,
-el corazón vencido
con saetas divinas me taladres.
¡Perdóneme el Señor si le he ofendido!
Oyendo a su merced, mi rebeldía,
como la nieve al sol, se ha derretido.
La ignorancia razones me mentía,
y a desoir a un santo me arrastraba,
¡Loco de mí! cuando besar debía
el polvo vil que su merced pisaba.
Por ver de complacerle la manera,
mi pecho late ya con más anhelo
que el corazón del ave prisionera
en la mano tirana de un chicuelo.
En mi pecho ha prendido su doctrina,
que ser no puede, aunque el error lo agite,
cedazo que pasar deje la harina
para guardar el áspero acemite.
¿Qué de este viejo su merced pretende?
-Ante todo, hijo mío,
que a Dios bendigas, que de nuevo enciende
tu corazón que aletargaba el frio;
que olvidando pesares y rencores
y perdonando con afán profundo,
abras tu corazón a los amores
y los cierres al tráfago del mundo;
que a aquella niña vuelvas a tu gracia...
¡Me ha deshonrado!
-¡Calla! Yo la abono;
la pobrecilla, más que su desgracia,
las tuyas ha llorado y tu abandono.
-¿De veras?
-Y repite sin consuelo
que honrada ser no puede ni dichosa
si no la vuelve a bendecir su abuelo.
Marchitándose va como una rosa
por causa tuya...
-¿Mía?
-¿No te digo
que es su vida una muerte dolorosa
por no poderla compartir contigo?
-Sin razón padre mío, se querella.
¿Quién dió origen a tanta desventura?
¿Quién se huyó de mi casa sino ella?
-Por eso es más terrible su amargura.
Culpable arrepentida,
voraz remordimento
le consume la vida,
y morirá la triste en el tormento,
a no volverle la perdida calma
de su abuelo el perdón ambicionado,
que daría en el fondo de su alma
como lluvia de Abril en el sembrado.
-¿Es necesario? Bien. Yo la Perdono.
-Pero no así, no a medias,
no con esa altivez y falso entono
de galán de comedias.
-¿Pues cómo se perdona, señor cura?
-Bajandose al caido
para elevarlo a nuestra misma altura.
-Dar perdón tan humilde y tan rendido
a esa traidora, de lo humano pasa.
-¿Cómo la ha perdonado su madrina?
Su corazón abriéndole y su casa.
Y yo ¿cómo? Evitando su ruina.
¡Y te vienes con falsos pareceres,
tú, su padre, su abuelo, el obligado!...
¡Acaba de decir que no la quieres
y de una vez habremos terminado!
-¡Jesús! ¿Que no la quiero,
y sólo al recordarla, padre mío,
me dan unas angustias que me muero?
¿Cómo por mí no amada,
cuando enjugué su lágrima primera,
la luz gocé de su primer mirada,
dio de mi mano su primera carrera
y fue, padre, mi nombre lo primero
que articuló con lengua chapucera?
¡Qué influjo en mí ejercía tan certero!
Cuando un disgusto grave
a rabiar me obligaba como un lobo,
viniendo a mí con su pasito de ave,
dábame un beso y me dejaba bobo.
Cuando cerrado el porvenir creía
por algún contratiempo, la miraba
y el cielo de repente se me abría
su sonrisa causábame embeleso,
su voz de ruiseñor me enajenaba,
y el sonoro chasquido de su beso
a música celeste me sonaba.
Trocados los papeles, no sé cómo,
ella la abuela regañona era,
y el nieto juguetón señó Jeromo.
¡Iré a su lado, sí, cuando ella quiera;
mas antes que me jure, padre mío,
no dejarme hasta el día en que me muera;
porque viejo, y enfermo y acabado,
se me helaría el corazón de frío
si otra vez se alejase de mi lado!
Si es cierto que mi enojo la tortura,
que de pena está mala,
condúzcame a su lado, señor cura,
y que se vaya el mundo noramala.
-Hoy es de feria alborotado día,
por eso no te llevo en este instante
al lado de Alegría.
-¿Y cuando la veré?
-Más adelante;
En ocasión que al pueblo tu presencia
no de que hablar.
-Me faltará el aguante.
-Cuando la veas la hallarás honrada.
Esta tarde la caso con Perico.
-¿Con el tuno?...
-La lengua ten atada.
Aunque algo calavera, es muy buen chico,
y el único además que lavar puede
de su honor la mancilla.
-¿Pero mi nieta al sacrificio accede?
-¡Tu candidez, Jeromo, maravilla!
¡Si por ese buen mozo
está loca de amores la chiquilla!
¡La Marquesa los casa con un gozo!
¡Qué mujer tan completa!
No hay día en que no haga un beneficio.
Ella cual madre recogió a tu nieta,
libró a ese tarambana del servicio,
y ahora, al casarlos, a la chica dota
y da al soldado lucrativo oficio.
-¡Es una santa!
-Lo será de nota,
que hace el bien de manera tan sublime,
que al triste corazón, ni aun con el peso
de la debida gratitud oprime.
-¿Cómo le pagaré tantos favores?
-Celebrando con ella este suceso.
¿La quieres complacer?
-Con mil amores.
-Pues a eso de las diez, vete a tu casa,
que allí irán a buscarte los muchachos.
no pongas a tu amor al verlos tasa.
¡Fuera enojos y empachos!
Al llegar, los abrazas, los bendices,
hablas con ellos, y a la media hora
serás feliz haciéndolos felices.
¿Irás?
-Lo juro.
-En tu palabra fío.
Adiós entonces.
-No, dígame ahora
que he de hacer con el pérfido hijo mío.
-Veremos la manera
de volverlo al redil.
-Es una fiera
cuya infame conducta me asesina.
-Todo se arreglará; paciente espera
su redención de la bondad divina.
-¡Oh, cuánta dicha a su merced le debo!
-A mí Jeromo, no me debes nada,
y que juzgues favores desapruebo
actos que son mi obligación sagrada.
-Por más que su merced lo disimula,
es, ha sido y será mi Providencia.
-Calla, tonto, y acércame la mula,
que el día está sufriendo gran trastrueque.
¡Me voy a remojar, si la querencia
no hace andar a esta pánfila de modo
que me ponga en mi casa antes que trueque
un chaparrón la polvareda en lodo!
¡No estoy para estos trotes!
¡Soy un vejete ya! ¡La cincha afianza!
Con que ya sabes, ¿he? No te alborotes.
Mucho amor, mucha fe, mucha esperanza,
y encontrarás consuelo.
-Déjeme su merced que sus pies bese.
-Quita, Jeromo, ¿qué arrebato es ese?
¡Al orar y al gemir se mira al cielo!-
Y enjugando una lágrima furtiva
que arrancole la angustia del abuelo,
a su bestia pasiva
tanto dio con los pies y con la rienda,
que a pesar de ir sendero cuesta arriba
la sacó galopando de la hacienda.

VI

A la mitad se hallaba del camino
cuando cerrose el claro firmamento;
la hojarasca arrastrando en remolino,
como una furia desatose el viento;
las nubes, agrupándose en montones
y rasando la tierra cual la bruma,
rompieron en pesados goterones;
la mar, picada, se cubrió de espuma,
y ardiendo en el relámpago rojizo
al pavoroso retemblar del trueno
el cielo en cataratas se deshizo.
-¡Todo sea por Dios! – no más decía
el padre Manolito muy sereno,
mientras la lluvia torrencial sufría;
y a la mula aguijaba
que ante el turbión, de espanto temblorosa,
en vez de ir adelante, reculaba.
Contra el pobre señor todo se unía.
la lluvia tormentosa
hasta el hueso calábale, le hacía
su juguete la mula recelosa,
el firmamento en fuego se envolvía,
y en lugar de rendirse a tanto azote,
su -¡Todo por Dios sea!- repetía
cada vez más tranquilo el sacerdote.
A este punto, del áspero vallado
que orillaba la senda
saltó un hombre al camino apresurado
y sujetó la mula por la rienda.
-¡Jesús! ¿Qué quiere este hombre?-
el cura murmuró sobresaltado.
-Su merced no se apure ni se asombre-
se apresuró a decir el asaltante;-
sólo librarle quiero
del peligro que corre en este instante.
-¡Pues si es Joaquín el fiero!-
reconociendo al hombre, dijo el cura.-
Y el bandido exclamó:-¿Teme mi saña
su merced, por ventura?
-El corazón, te engaña;
nadie infunde temor ni nada apura
a aquel que lleva a Cristo por compaña.
-Pues déjese guiar de este bandido
que a su merced venera
porque el sostén de su familia ha sido.-
Y como el que de un niño se apodera,
lo abrigó con su manta jerezana,
y agarrando el cabestro
de la mula tirana,
de aquel mal paso la sacó del diestro
y la puso obediente en tierra llana.
-Toma la manta- el cura entonces le dijo.
-Después de haberla su merced usado,
no la debo usar yo.
-¿Qué dices hijo?
-Que se la entregue su merced a un pobre
que esté desabrigado.
-¿Pero y tú?
-Yo soy fuerte como un roble…
¡Con Dios padre!
-¡Un favor!
-¿Cuál señor cura?
-Que te arrepientas de tu mala vida.
-¡Si pudiera borrar lo pasado!
-¡El cielo, al perdonar todo lo olvida!
-¡Padre mío… La Virgen lo acompañe.
-Pues hazme otro favor.
-¿Cuál?
-Que Manolo,
vuelva a su hogar, y el corazón no dañe
de su padre afligido…
-Descuide su merced – dijo; y de nuevo
en los breñales se perdió el bandido.
Nadie en verdad creyera
que un señor tan longevo,
tanta emoción y azote resistiera;
mas fue de ver, el aluvión pasado,
lo alegre y arriscado
que pasó con su mula casquivana
por en medio del pueblo alborotado
ostentando su manta jerezana.

VII

Pasado el riesgo de la lluvia santa,
¡cómo la tierra de placer sonríe
y con cuántos colores se abrillanta!
La fuente brota, el arroyuelo ríe,
un hálito del suelo se levanta
que los sentidos con su aroma engríe;
todo luce y trasmina
desde la flor hasta la inerte piedra,
y se adorna la planta mortecina
con el verdor lustroso de la hiedra.
Las cortezas de líquenes cuajadas
hacen que de los árboles los troncos
relumbren cual columnas bronceadas;
recobran su esbeltez los tallos broncos,
y por las tibias hojas palpitantes
el agua rueda en desgranados hilos
de lucíferas perlas y brillantes.
Entonces la tarea
toma la hormiga de limpiar sus silos,
y de arenosos montes los rodea;
las viudillas pintojas
que del furor del agua se defienden
en el reverso de las anchas hojas,
las alas sacan y a la luz las tiende;
se bañan los gorriones en los baches,
y las limpias pezuñas del ganado
relucen como negros azabaches.
De sus alas abriendo en abanico,
el plumaje mojado
se atusan las palomas con el pico.
Todo es luz movimiento y alegría;
el mundo de ventura enajenado,
a los cielos eleva su armonía,
y, símbolo de paz, la ardiente espada
de célico querube,
en el nimbo de Dios tornasolada,
el iris pinta en la rasgada nube.

EL DÍA DE FERIA.

CANTO V  SEGUNDA PARTE.

VIII

Apenas se apartó del señor Cura,
Joaquín corrió al encuentro de Manolo,
quien, con su negra pesadilla solo,
ardía en rencorosa calentura.

— ¡Hola—Joaquín le dice—buena pieza! —
Y procurando hablar con mimo y gracia,
este breve discurso le endereza,
lleno a su parecer de diplomacia:

— Ni tienes tú para el oficio rejo,
ni puedo consentir que apenas mates
con tonterías a tu pobre viejo.
¿Qué haces tú con nosotros? Disparates.
Ni acechas con la astucia de la zorra,
ni atacas como el lobo;
a pesar tuyo te repugna el robo,
y miras el dinero con pachorra:
en fin, que eres un bobo
que en nuestro oficio se metió de gorra.
¡No me mires así ni te alborotes!
Vuelve a tu vida antigua,
y déjate de andar en estos trotes,
en los que apenas sirves de estantigua.
Tu padre, como fruto que se agosta,
se ha quedado en los huesos y el pellejo,
y se irá de este mundo por la posta,
sin tu amor, tu compaña y tu consejo.
A su lado, Manuel, te llama el sino.
Aquí eres, ya lo sabes, un engorro;
con que en marcha, y que alumbre tu camino
la Santísima Virgen del Socorro.

— ¿De ladrón te has pasado a capuchino?
Babeando de rabia
le contestó Manuel fuera de tino. —
Cuando yo estaba en babia
¿quién a echarme al camino me inducía?
¿Quién mató mi esperanza,
y abriendo al crimen mis cerrados ojos
me empujó fieramente a la venganza?
Tú fuiste, tú, que con mentido alarde
de valor y cinismo
me lograste engañar, para hoy que arde
en mi pecho el furor venir cobarde
a darme una lección de catecismo.
Me iré, sí, de tu lado,
pero no a obedecer como un cordero
los consejos de monja que me has dado.
sino a vengarme como lobo fiero. —

Temblando de coraje.
Encañonó Joaquín con la escopeta
a aquel hombre a quien da claro lenguaje
y lógica discreta
el fuego de su cólera salvaje.
Y así le dice: —Suelta ese trabuco.
De mi presencia quítate en seguida,
o de un escopetazo te desnuco.
¡En marcha! pero advierte
que tu venganza no verás cumplida.
Pues antes, te lo juro por mi vida,
como a lobo feroz te daré muerte. —
A su mudez, estúpida volviendo,
Manuel dejó el trabuco, y poco a poco,
como alelado se alejó gruñendo.

Al mirarle partir, Joaquín se dijo:
--¿A dónde irá a parar ese asno loco?
A hacer alguna atrocidad de fijo.
Preciso es que le siga
hasta que al lado de su padre vuelva,
aplacada la furia que le hostiga.
¡Se dirige a lo espeso de la selva!
Le seguiré los pasos,
aunque me lleve al puesto de la Guardia.
La Virgen del Socorro, en tales casos,
es, ha sido y será mi salvaguardia.
Aquí escondida la escopeta dejo,
y me marcho tras él a la ventura.
¡Ya ve usted cómo expongo mi pellejo
por cumplir mi palabra, señor Cura!—

Y esto diciendo, parte decidido
de aquel salvaje en pos, que por el monte,
haciéndose pedazos el vestido,
se abre paso como un rinoceronte.
Ora corre en ziszás como culebra,
ora desanda como can lo andado,
ora como una cebra
salta por el arroyo y el vallado.
Se para, corre al pueblo, atrás se torna,
indeciso a la par y arrebatado
como la vil pasión que le trastorna.
Acércase por último a la aldea,
se confunde aturdido con la gente
que en la feria, gozosa, se recrea,
y después de vagar a trochemoche,
en un tenducho se entra de repente,
del cual viene a salir a prima noche
ebrio al par de furor y de aguardiente.
Con andar inseguro
y la mirada como el paso incierta,
toma del pueblo el arrabal obscuro.
Con los bardales de su casa acierta,
y alborotado por la furia el pecho,
ojo avizor y la navaja abierta,
como tigre en acecho,
se esconde tras el quicio de la puerta.

IX

¿Cómo pintar la gracia, la alegría,
la hermosura, el bullicio de la feria
de aquel bello lugar de Andalucía?
Todo es ventura allí, gloria y encanto,
en lujo convertida la miseria,
en placer el dolor, en risa el llanto.
Alborota la infancia enloquecida;
la vejez achacosa
en el fuego se enciende de la vida;
la arrebatada juventud hermosa
va vertiendo a raudales el tesoro
del ardiente placer en que rebosa,
y llena el aire el animado coro
de la voz que suspira enamorada,
de la alegre canción, del chiste alado
y de la abierta y loca carcajada.

Por el ejido extiéndese el ganado;
la yegua aquí que adelgazó la trilla
con el potro cerril que aún no ha sentido
la tortura del freno y de la silla.
A su lado, con trémulo balido
laméntase el cordero,
mientras roe la cabra retozona,
que nunca puso a su vagar lindero,
las cuerdas de la red que la aprisiona,
y el cabritillo, alzándose de manos,
se da de testaradas
al triscar juguetón con sus hermanos.
Allí el inquieto garañón se agita
y a sus prendas amadas
Con estentóreos cánticos excita;
plántase el terco mulo, que contesta
con sendas coces o bocado avieso
de igual suerte al castigo que a la fiesta;
Gruñe o ronca, tendiéndose a la larga,
el cebado lechón, a quien el peso
de su gordura el movimiento embarga;
el buey robusto y manso,
emblema de la paz, rumia y babea
gozando las dulzuras del descanso;
y trenzadas las crines y la cola,
y el jaez jerezano por presea,
de su raza purísima española
el caballo magnífico alardea.
Y enarca la cerviz, piafa, relincha,
y tan airoso al caminar bracea
que se da con las manos en la cincha.

Blandiendo la garrocha
contra la mansa res, su ciencia y brío
el vaqueril conocedor derrocha;
por lujo el pastor saca
su pellica de pieles sin adobo;
al picador que doma arisca jaca
contemplan los muchachos en arrobo;
el marchante se ataca.
Mientras el trato de la res apura.
El cinto de oro que enroscado lleva
cual pesada serpiente a la cintura.
Accionando el gitano se disloca,
de metáforas echa un avispero
y de absurdas hipérboles su boca,
logrando hacer pasar entre los sabios
por prodigio hechicero
la bestia de más tachas y resabios
que el hocico metió en abrevadero.
de ricos labradores rodeado
el marcial remontista
(mezcla de campesino y de soldado,
que con la guerra la labor bienquista),
compra para el ejército ganado,
y contrastando con los gritos miles
y el rebullir del pueblo alborotado,
al hombro los fusiles
y en silencio profundo,
mantienen con su aspecto los civiles
la paz de aquel enloquecido mundo.

Halla en las baratijas del buhonero
la moza coquetuela su ventura;
los toscos utensilios del apero
el labrador procura:
de chicos el enjambre vocinglero
a lo que bulle o lo que suena acude;
éste agita incesante la matraca,
aquél el parche con furor sacude;
uno hombrea comprando una petaca,
otro una espada coruscante merca,
y en éxtasis contemplan los golosos,
formando humana cerca,
el alajú y el acitrón gustosos
y el duro turrón-piedra de Alicante
que, bajo palio de rasgada lona,
ronco vocea el confitero andante.

Al son de la guitarra y los cantores,
tratan el ganadero y el marchante
en el puesto de vinos y licores;
y tan agrio el contrato se celebra,
que de una riña horrible a cada instante
se lía y se deslía la culebra.
Quién, partiendo el piñón y la avellana,
o rechupando dulces caramelos,
los dientes se caria y se desgrana;
quién se aceita la boca con buñuelos,
en tanto que una pícara gitana,
suelto el moño y terciado a la cintura
el bordado mantón de espuma grana,
le dice la genial buenaventura;
y quién huye (creyéndole un impío)
del tuno del Perchel o del Boquete,
que vestido de moro o de judío,
en árabe que no hay quien interprete,
los dátiles pregona y las babuchas
de Damasco, Stambul y Tafilete.

Aquí la muchedumbre, se recrea
en torno del Tio-vivo
que a la salida del lugar voltea,
o a admirar se consagra
al payaso festivo,
que embadurnado el rostro con almagra,
humo de rubia pez y blanca harina,
los miembros se disloca,
en chapurrada lengua desatina
y apaga un hierro ardiendo con la boca.
Allí cáusale asombro la presencia
de un enano gentil, o de un gigante,
que vence en corpulencia
y en gordura al más bárbaro elefante;
entra a ver, mas allá, por cuatro ochavos
un famoso pollino,
que tiene dos cabezas y tres rabos,
o a contemplar el rostro peregrino
de una tierna doncella
con más barbas que un padre capuchino.

Todo en la tierra bendecida aquella
de la luz y las flores.
En que juntos se crían el espino,
la pita hostil, la palma cimbradora
y la vid cuyo néctar ambarino
con dulces sueños las tristezas dora.
Donde hacen rosas, lirios, madreselvas,
encantados vergeles
de las ariscas selvas,
donde es la adelfa del arroyo franja,
destila el higo de la Arabia mieles,
colorea la hespérica naranja,
florece el limonero cada luna,
el plátano de América sazona
y la pala punzante de la tuna
de enrojecidos frutos se corona.

X

En tanto que en los goces de la feria
aquella noche el pueblo se olvidaba
del trabajo, el dolor y la miseria,
hacia su hogar, por solitaria calle,
con su mujer Perico caminaba
llevándola cogida por el talle.

— ¿Qué te entristece cuando ya eres mía?
Con lágrimas no amargues el encanto
de estas horas felices. Alegría.
— ¡Si lloro de placer, no de amargura!
Tanto he sufrido. Pedro mío, y tanto
me acostumbré a llorar, que la ventura
lo mismo que el dolor me arranca llanto.
— ¡Eso en mi tierra llámase locura!
—Como a mí. ¿No te causa vivo anhelo
la idea de encontrarte frente a frente
en nuestra casa con mi pobre abuelo?
— Hija, sí: mas del tuyo diferente.
Yo allá voy entonando el aleluya,
tú triste como un duelo.
— ¿Quieres que la conciencia no me arguya
si su vida llené de desconsuelo?
— Mi sargento decía
(y has de tener en cuenta que era un sabio
que, por saber, hasta latín sabía)
que quien da de estar triste en el resabio
acaba por no ver la luz del día.
Desecha tus tristezas o me agravio;
volviendo a ser la sandunguera moza
a quien sólo en el labio
el cantar con la risa le retoza.
¡Cuánto bien, Alegría, nos espera!
Yo de guarda mayor en el oficio
mas pronto haré carrera
que estando de la Reina en el servicio.
Sembraré un pegujal, criaré ganado,
la labor me saldrá casi de balde,
y por vientos propicios empujado.
Seré tan rico que me harán alcalde.
Entonces, por las onzas inspirado,
daré sentencias, hablaré muy recio,
a buscarme vendrán con mucho agrado
cuantos me tratan hoy con menosprecio,
y al verme con bastón y con futraque,
reventará de rabia el señorío
lo mismo que revienta un triquitraque.
¿Te ríes?
— ¡Ya lo creo que me río!
¡Qué cosas tienes!
— Pues hay más, bien mío.
cuando a Jerez o a Gibraltar vayamos,
tomaremos de, ingleses el trapío.
Yo en los ojales me pondré mil ramos,
entiesaré con yeso mi persona,
me pintaré de salmonete rojo
e iré haciendo más gestos que una mona
embutido un cristal dentro de un ojo.
Tú meterás el cuerpo en un capote
a modo de hopalandas,
en vez de andar al paso irás al trote
con el garbo que lleva un santo en andas,
y más lacia la faz que San Gilando,
lucirás un sombrero
de esos que llevan por detrás colgando
cinco varas o seis de mosquitero. —

Después de celebrada
del veterano la picante broma
con alegre y prolija carcajada,
la plática su antiguo cauce toma;
y la dulce pareja enamorada
de bendiciones colma a la Marquesa,
quien, como el señor Cura,
por su dicha y aumentos se interesa.
Habla de la ventura
que gozará juntándose al abuelo
que les ha perdonado su locura;
sueña, sumida en misterioso anhelo,
con el ángel bendito
que paz y dicha les traerá del cielo,
y olvidando zozobras y dolores,
con placer infinito
se sumerge en el mar de sus amores.

Poco a poco a su casa se acercaba
feliz, tranquila la pareja hermosa,
y el rumor de sus voces se juntaba
de la feria a la bulla estrepitosa,
a las lejanas músicas y al trueno
de los raudos cohetes silbadores
que descendían del azul sereno
en lágrimas de luces de colores.

XI

En esto— ¿Y el alcalde?—atolondrado
llega a la feria preguntando a todos
el alguacil avieso del juzgado.
Y apartando el gentío con los codos
(que curioso le sigue y le rodea
al verle con el rostro demudado)
da, en fin, con el alcalde
que, del juez en compaña, se recrea
viendo todos los títeres de balde.
Y les grita:
— ¡Señores han matado
a Manuel!
— ¿Qué Manuel?
—El de Jeromo.
¡Qué puñalada tan atroz le han dado!
— Mas ¿dónde, cuándo, cómo?
—Ahora mismo a la puerta de su casa
una pareja le encontró tendido;
y a su vera a Alegría,
con ése que le han dado por marido.

— A la cárcel los dos, no haya tu tía;
esos pillos han sido
los matadores de Manuel; corramos
a hacerles declarar—el juez exclama.
El alcalde contesta: — ¡Vamos, vamos! —
Y seguidos de inmensa muchedumbre.
En la cual la noticia se derrama
y prende como fósforo a la lumbre,
a hacer de la justicia vil comedia,
negocio ruin y enredadora trama
van los tres al lugar de la tragedia.

Y siguió dando vueltas el Tiovivo,
la gitana entonando sus cantares,
el payaso festivo
haciendo raros juegos malabares,
y reventando en pavoroso trueno
los rápidos cohetes silbadores
que descendían del azul sereno
en lágrimas de luces de colores.


Este canto del poema Alegría es el último que escribió Velarde, pocos días antes de su temprana muerte



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