sábado, 31 de marzo de 2012

sábado, 24 de marzo de 2012

El poeta a su musa

Calle Ortega y Gasset 1
(Terraza Titus Bar)
Introducción

I

No seas, no, la víbora maldita
Que muerde y deposita
Dentro del corazón letal veneno;
Ni la ebria bacante desgreñada
Que arrastra desbocada
Honor y vestiduras por el cieno.

II

No sirena que llame engañadora
Con cántiga sonora
A las sirtes fatales de la duda;
Ni el pudor virginal mires esquiva,
Para ir provocativa
Buscando torpe meretriz desnuda.

martes, 20 de marzo de 2012

Criticomanía

Horno
ESTUDIO PATOLÓGICO

Llámase criticomanía á aquella monomanía que consiste en juzgar careciendo de juicio, fallando siempre en contra de la cosa juzgada.

En otros tiempos la criticomanía era siempre adquirida como la demencia y la manía; hoy es ingénita como el idiotismo y la imbecilidad. Apunta en el hombre con la palabra; pero al paso que vamos es de temer que dentro de poco, lo primero que haga el recién nacido sea criticar de la leche que mama y de los padres que, sin su permiso, lo echaron al mundo.

De epidémica que fue, ha pasado á ser endémica en nuestro país y como es tan contagiosa, amenaza con hacer de él un manicomio suelto.

De todas sus formas, es la mas grave la literaria, que ataca á los que saben leer, por lo cual, andando el tiempo, la Dirección general de Instrucción pública tendrá que ser refundida en la de Beneficencia y Sanidad.

Muchos maestros de escuela la padecen, pero limitada a la sub-forma llamada gramatical; que no toma en ellos hoy gran desarrollo por el hambre que sufren, que es sabido que no hay como la dieta para alertar enfermedades de carácter, digámoslo así, inflamatorio.

Espero estudiemos metódicamente la afección.

jueves, 15 de marzo de 2012

El Trabajo

Zurciendo redes (Fontanilla)
I
Cuando el fiat de la nada
Salir hizo el Universo,
Y a un soplo de Dios los seres
En la tierra aparecieron,

A la fuerza poderosa
Del instinto obedeciendo,
El águila, al sol mirando,
Salvó las nubes de un vuelo;

Encrespada la melena,
Corrió el león al desierto,
El jabalí a la montaña,
Y la gamuza a los hielos;

El pez surcó el Océano,
Perseguido y persiguiendo;
Púsose astuto el raposo
Bajo el zarzal en acecho;

viernes, 9 de marzo de 2012

A la muerte de José Moreno Nieto

C/ San Sebastian
I

Pasó por la sociedad
Con la pobreza por cruz,
La mente llena de luz
Y el corazón de bondad.
¡Cuántos hoy en orfandad!
Llora el artista al hermano,
La religión al cristiano,
La cátedra al profesor,
La tribuna al orador
Y la patria al ciudadano.

Nada que iguale al pensar
De este Centro del saber,
Que fue su amor, su placer,
Su templo, casi su hogar.
¿Quién le dejó de admirar
Y de amarle, si le oyó?
¿Quién del sabio no aprendió?
¡Cuánta ciencia que aquí brilla
Es fruto de la semilla
Que su palabra sembró!

jueves, 8 de marzo de 2012

Recuerdo 1895 Diario de Cadiz

JOSE VELARDE
RECUERDOS

¡Pobre Pepe! Allá en las regiones del infinito, en donde hoy vive tu alma, llegarán los ecos de mis recuerdos.
Muchos te conocieron y admiraron pagándote después de muerto el tributo de la amistad y de la admiración que por ti sentían.
Pero nadie puede decir al público, á ese monstruo que todo lo devora y cuya hambre no se satisface nunca lo que yo puedo decir de ti que viví y estudié a tu lado, que me alegré con tus alegrías; que sufrí con tus dolores; y que adiviné en tu pensamiento como tú mismo adivinastes en nuestro Sellés la gestación inmensa de una idea, que germinaba en tu cerebro de poeta.
No me gusta la comparación que voy ha hacer, pero culpa es de mi carrera profesional descender al campo materialista en busca de un argumento en pro de lo que voy a decir.
Tu espíritu necesitaba como los micro-organismos un medio de preparación y de cultivo, y este medio de vida te faltaba en Cádiz, adonde estrechando tu espíritu por las necesidades de la vida de estudiante y sin campo donde esparcir los destellos divinos de tu inteligencia, vegetabas en el pequeño círculo de nuestra amistad, ahogando, ó mejor dicho, ocultando en el fondo de tu alma, los ricos escondidos tesoros que algunos años después derramastes pródigamente en periódicos, folletos y libros.
Alguna que otra vez, veíamos brillar en ti algo desconocido que subyugaba al que lo veía, era tu genio poderoso, tu ardiente fantasía tratando de sacudir el yugo que la sujetaba á las materialidades de la vida, sin poder volar libre de toda traba á los campos de la publicidad.
Nosotros mismos no podíamos apreciar tampoco todo lo que valías, y de esto tú mismo tuvistes la culpa. Todo cuanto decías lo envolvías en una capa de escepticismo filosófico de relumbrón, con el que querías engañarnos y te engañabas á ti propio.
Buscabas entonces una risa poniendo en ridículo lo más serio, tu critica era acerba y dura, y sin embargo, tú no sentías aquello que decías, las personas ilustradas que te escuchaban en uno de tus momentos de soleen, solo se les ocurría decir: lástima de muchacho!; nosotros los que te amábamos, solo decíamos: cosas de Pepe¡
Era imposible, como ya he indicado antes, la evolución de tu ente moral dentro del restringido circulo de una capital de provincia, y sin más testigos de tus glorias y afanes que el del pequeño número de tus amigos y compañeros de Facultad.
En la historia de tu vida, llegó un momento en que libre de la obligación que te impusieron tus padres, concluistes la carrera con lucimiento, cambiastes de medio, trasladándote á Sevilla, al lado de nuestro amigo del alma, del malogrado y nunca llorado bastante Manuel Benjumeda y Toscano.
Yo creo que hicistes bien. ¿Cómo era posible que Velarde se encerrara en el pueblo que le vio nacer, abandonando sus ilusiones y sepultando en el olvido las sublimes concepciones de su genio?
Allí volví a verte pero aún persistías en aparentar lo que tu alma no sentía, quizás debido a la contrariedad que fue para tu carácter, gusto y aficiones, tener que desempeñar una plaza de médico en una Casa de Socorro, y aunque cumplías con tu deber en conciencia, estabas deseando verte libre de las ocupaciones que te imponía tu profesión, para volar al Suizo ó al restaurant de Oriente, á donde hacías gala de tu inspiración y de tu talento en el seno de nuestra amistad.
Entonces fue cuando empezó á fructificar en ti el germen de la ambición y de tu verdadero instinto.
Volví á verte cuando regresé del sitio de Bilbao. Eras Director de un periódico; estabas en tu verdadero elemento. Tu nombre empezaba a ser conocido. Por supuesto, que ya no te acordabas
para nada de la Medicina, cuya carrera habías abandonado por completo.
Despedíme de ti en el mes de Septiembre de 1874 y ya no volví a verte más!
Estando en la Habana, llegaron á mis oídos los ecos de tu brillante entrada en Madrid, en donde tu alma encontró el verdadero medio que necesitaba para desarrollar las filigranas de tu talento, los acentos de tu inspiración, los suaves arpegios de tu lira.
Sentaste allí tu reputación de poeta. Las auras de la publicidad llevabas por doquiera tus bellísimas poesías; eras halagado y mimado, considerándote como uno de nuestros mejores poeta; el malogrado D. Alfonso repetía con entusiasmo algunos versos tuyos escritos con varonil entereza, con sentimiento profundo, descritos como tan solo he visto en nuestro gran Zorrilla.
Cuando leí tu composición “á un Crucificado,” entonces fue cuando comprendí que tu alma había sacudido la asquerosa envoltura del escepticismo con que querías engañarnos en otro tiempo, y se reflejaba en ella como un purísimo cristal la imagen fiel de tus pensamientos más íntimos.
La divina chispa que ardía en tu frente tenía que consumir en breve tiempo tan grande inteligencia, y cuando menos podía nadie figurárselo, cuando aún se esperaba de ti nuevas composiciones de tu genio y nuevos acordes de tu lira, cuando te creías feliz al lado de una mujer adorada y de los hijos de tu corazón, traidora enfermedad segó en la flor de sus años, una vida tan querida!
Después de muerto te dedicaron pomposos elogios, huecas frases convencionales para ensalzar tus méritos. La prensa te tributó sus elogios. Tus pocos verdaderos y antiguos amigos lloraron tu pérdida como la de un ser querido. En el Ateneo de Cádiz celebraron una velada literaria en recuerdo de tu nombre, y Pepe Rioseco, que era el único que te conocía como yo, porque había vivido en nuestra intimidad cuando éramos estudiantes, derramó conmovido los tesoros de su inspiración y los torrentes de su palabra en memoria tuya.
¡Qué pocos serán hoy los que se acuerden de ti; y sin embargo, tu nombre vive en la memoria de los que te amaron; y si hoy saco á relucir algunos hechos, aunque pocos, de tu vida en este recuerdo que vengo publicando, cumplo para con tu memoria el deber que me impone la amistad, y el verdadero cariño que en vida te profesé, al par que al relatarlos ofrezco al público algunos datos desconocidos de tu biografía.
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Conocí a Velarde en el año 1866; él me llevaba dos años de carrera, y aunque apenas cruzábamos cuatro frases cuando nos encontrábamos, una secreta simpatía unió nuestros corazones.