miércoles, 31 de agosto de 2016

El último beso


Carrillo del pozo en c/ Hospital

AL EMINENTE PINTOR SEVILLANO DON JOSÉ VILLEGAS

INTRODUCCIÓN


Cuando el pesar me acongoja,
O la duda me atormenta,
O en mi corazón la envidia
Hiel escupe y le envenena,

En vez de romper en llanto,
En invectivas o en quejas,
Me refugio en mis memorias
O en mis sueños de poeta.

Triste hallando lo presente
Y lo porvenir con nieblas,
Lo pasado ante mi vista
Luminoso se presenta,

Y al conjuro de mis labios
Resucita la edad bella
De la fe, del heroísmo,
Del amor y de la guerra.

Tórnanse bravos los montes,
Enmaránñanse las selvas,
Los castillos se levantan,
Las abadías se pueblan,

Y vuelvo a ver un retablo
En cada oscura calleja,
Un escudo en cada casa
Y una cruz en cada senda.

Se incorporan los guerreros
Sobre sus lechos de piedra,
El brazo dan a sus damas
Que el sepulcro también dejan,

Y la mano en el acero
Y echada atrás la cabeza,
Se pierden por las crujías
Resonando las espuelas,

Aquí el pobre peregrino,
Allí el abad que guerrea,
Acá un rey que se tonsura
Allá un obispo que reina.

Ora asisto a los torneos,
Y descifro las empresas,
Y conozco a los galanes
Por los colores que llevan;

Ora presencio un concilio,
Una asonada plebeya,
Una zambra de agarenos
O un combate entre galeras.

El señor de horca y cuchillo,
Que de igual suerte bravea,
Y destruye, y roba y mata,
Que enamora, canta y reza,

Viene a la par a mi mente
Que la tapada doncella
Del tiempo de los Felipes
Con rodrigón, paje o dueña.

Y mezclo con los cruzados,
Los que en Italia pelean,
Los que descubren las indias
Y los que a Granada cercan;

Que edades, pueblos, costumbres,
A un tiempo a mi mente llegan,
Corren, pasan, tornan, brillan,
Se confunden y dispersan;

Encantado panorama
Que me alivia de mis penas,
Y me aturde, me fascina,
Me arrebata y me embelesa.

I

TOROS Y CAÑAS

Todo en la ciudad es fiesta,
Regocijo y algazara,
Y ecos de guzlas, clarines,
Atabales y dulzainas.

Verdes juncias y romero
Alfombran calles y plazas,
En terrados y alminares
Hay banderas desplegadas,

Y colgaduras de seda
Con rapacejos, y franjas,
Y bordados y divisas
Engalanando las casas.

En apretados cordones
Y en tropel las gentes ganan,
Luciendo vistosos trajes,
La plaza de Vivarambla,

Donde moros y cristianos,
El hierro trocado en galas,
Hoy con júbilo celebran
Fiesta de toros y cañas.

Tal se llenan los andamios
Que crujen bajo la carga,
Y en los altos miradores,
Azoteas y ventanas,

O en riquísimos estrados
De telas adamascadas,
Venciendo al sol, se presentan
Las huríes africanas.

Cuadro de tal hermosura
Jamás se ha visto en Granada,
Tan famosa por el brillo
De sus torneos y zambras.

El cielo sin una nube,
Templado el sol, tibia el aura
Que se impregna del aroma
De las flores y del ámbar;

En huecos y graderías
La multitud apiñada,
Vestida de mil colores
Que la luz aviva y cambia;

Los rostros todos alegres,
Las aposturas gallardas;
Tal la escena, que no hay pluma
Ni pincel para pintarla.

Los hombres lucen emblemas
En capellares y adargas,
En bonetes y turbantes,
En plumas, joyas y magas;

Y las damas terciopelos,
Y tafetanes y gasas,
Recamos de pedrería,
Volantes, vivos y randas.

Aquí flotan alquiceles
Guarnecidos de esmeralda,
Y las tocas, y albornoces
Y los lazos de las bandas;

Allá los ojos deslumbran
Del oro el reflejo gualda,
El brillo de los diamantes
Y el fulgor de las miradas.

Junto a negros de Etiopía,
Los beduinos de Arabia;
Con turcos y marroquíes,
Los moros de la Alpujarra;

Al lado del sibarita
El guerrillero almogávar;
Y entre libres andaluzas
Hermosas griegas esclavas.

Y á tal cuadro que el sentido
Deleita, suspende y pasma,
Se junta el loco concierto
Del aire de las sonatas,


El relincho de los potros,

El redoble de las cajas,
Y requiebros, y suspiros,
Y gritos y carcajadas.

Suena el clarín, y el concurso
Como por ensalmo calla,
Y lleva ansioso la vista
A las brillantes escuadras,

Que salen de pronto al cerco
Tan lujosas y bizarras,
Que hacen prorrumpir á todos
En vítores y alabanzas.

Miden y parten los jueces
El sol, el campo y las armas,
Y ordénanse las cuadrillas,
Y frente a frente se paran.

Rigiendo va la moruna
El arrogante Abenaya,
Jinete en potro morcillo
Con la crin desmelenada.

Membrudo, la tez curtida,
Rubia y sedosas la barba,
Apretado el entrecejo,
Altanera la mirada,

Abierto al desdén el labio,
Y dura la voz y el habla,
Todo en el moro es firmeza,
Gallardía y arrogancia.

Lleva un leonado bonete
Plumas negras y moradas,
Como indicando tristeza
Y marchitas esperanzas;

Capellar y toca azules
Con que sus celos delata,
Marlota color de sangre
Que lo es también de venganza,

Y en el adarga esta letra
Entre hierros y guirnaldas:
<< He de ser correspondido
Por fuerza, si no de gracia. >>

Todos le aseguran laureo,
Que es de león su pujanza,
Y muy señor, aunque fiero,
De sí mismo y de las armas;

Pero en la tierra andaluza
No goza de menos fama
El denodado caudillo
De la cuadrilla cristiana.

Mozo y esbelto y forzudo,
La cabellera castaña,
Trigueño y los ojos pardos
Que acarician ó amenazan,

Con la sonrisa enamora,
Y seduce con la gracia,
Y rinde su cortesía,
Y su altivez avasalla.

Viste, en señal de agasajo,
De los moros á la usanza,
Pero defiende su pecho
Con la cruz de Calatrava.

Verdes, porque mucho espera,
Lleva el bonete y la manga,
Y asimismo la marlota
De oro y piedras recamada.

El capellar amarillo
Y por cifra en el adarga
Un pájaro y este mote:
<< Tan libre como mi alma. >>

Más con la voz que con hierro
Rige una yegua alazana
Que el jaez lleva cuajado
De campanillas de plata;

De tal sangre y tan airosa,
Que si el jinete la para,
Sacude la crin, relincha,
Se encabrita, bufa y piafa,

Y, al andar, encorva el cuello,
De espuma el petral se mancha,
Y en vivo tropel las manos
Hasta la cincha levanta.

Hacen señal los clarines,
Pífanos, tropas y cajas,
Y veloces como el viento
Se arremeten las escuadras.

Corren, huyen, se revuelven
Y unas con otras se traban,
Y todo es estruendo, y polvo,
Y confusión y algazara.

Más bien que juego, parece
Que se riñe una batalla,
Tal ofenderse procuran
Hierro haciendo de las cañas.

Con una hirió el castellano
Al arrogante Abenaya,
Mas no se le vio la sangre
Por llevar marlota grana;

Y en tanto que se repone
Del golpe que le malpara,
Ve descender una toca
Del estrado de su dama,

Y que el joven nazareno,
Al correr de su alazana,
La recoge de la arena
Y se la pone por banda.

Correr quisiera a vengarse;
Mas gritando << ¡Aparta, aparta! >>
Los jueces dan fin al juego
Y echan un toro a la plaza.

Colorado, cervigudo,
Negra y agudas las astas,
Hosca y fruncida la frente,
La luenga cola enroscada,

Finos y cortos los remos
Y los ojos como brasas;
Jamás vio tan brava fiera,
Guadalquivir en sus aguas.

Ligera sale, y embiste,
Y atropella y desbarata;
Y párase, y desafía,
Y babea, y bufa y brama.

Los cobardes se retiran,
Los valientes se recatan,
El concurso se impacienta
Y el toro la arena escarba.

Al ver tal, el caballero
De la cruz de Calatrava,
Toma un rejón y a la fiera
Sereno y pausado marcha.

Acállase el vocerío,
Tiemblan medrosas las damas,
Mírale el toro suspenso
Y la multitud pasmada.

La fiera atrás se retira
Para acrecer su pujanza,
Tuerce la cola, y embiste
Ciega y bufando de rabia.

Por tres veces acomete,
Otras tres se ve burlada,
Y rompe en un alarido
La muchedumbre otras tantas;

Hasta que al fin el mancebo
El hierro agudo le clava,
Quiebra el rejón, y da el toro
En la arena ensangrentada.

Ensordece el vocerío
Con que celebra su hazaña;
Las hermosas le saludan,
Los caballeros le aclaman;

Pero el mozo no desea
Más premio que una mirada
De aquella hurí de los cielos
De cuya toca hizo banda.

Mas ¡ay! la ve sin sentido
En los brazos de Abenaya,
Que furioso, con el puño
Y la vista le amenaza.

Entonces se enciende en ira,
En vivos celos se abrasa,
Palidece, ruge, ciega,
Y herida de muerte el alma,

Espolea los ijares

De su yegua jerezana,
Que, partiendo como un rayo,
Fuera del coso le saca.
__________

II

DON JUAN

Como es don Juan de Henestrosa
Noble, pródigo, arrogante
Y tan fiero en la pelea
Como jovial en las paces,

Estímanle los valientes,
Y le temen los cobardes,
Le agasajan los buscones
Y le respetan los grandes.

Si atrás se tira el birrete,
Y el embozo se deshace
Que ocultan la frente altiva
Y la apostura del talle,

Y en alguien clava los ojos,
Acariciando el montante,
Que apenas brilla desnudo
Cuando se ve tinto en sangre,

Si es hombre, la vista baja,
O de miedo o de coraje,
Y si es mujer, la fascina,
Como la serpiente al ave.

En tiempo de paz, la emprende
Con los dados y los naipes,
Ó se enreda en amoríos
Que mueren apenas nacen;

Y es rey de los festines,
Pues todos los cuentos sabe,
Hace hablar a la vihuela
Y canta mejor que un ángel.

Y a tanto su fama llega
Que es su entrada en las ciudades
Regocijo de hosteleros,
Terror de rondas y alcaldes,

Recelos de los maridos,
Escándalo de las madres,
Alegría de las mozas
Y rabia de los galanes.

Mas no haya temor alguno
De que sus blasones manche,
Los placeres le afeminen
O los vicios le avillanen;

Que si mocedad o bríos
Le punzan como acicates,
Refrénanle su hidalguía
Y el recuerdo de su padre.

Remontaba este buen viejo
A los godos el linaje,
Era conde de Castilla,
Señor de varios lugares,

Fiel súbito de sus reyes,
Altivo con sus iguales,
Paternal con sus vasallos,
Y tan duro en los combates,

Que una vez que cayó herido,
Tal se aferró a su estandarte,
Que para de él desasirle
Fue necesario mancarle.

Bien presto su hijo dio pruebas
De proceder de tal sangre:
Niño aún, domaba un potro
Con un cordel por rendaje;

Mozo, una lanza rompía
Sólo al blandirla en el aire,
Y no eran diez enemigos
Para vencerle bastante.

De su arrojo y sus hazañas
Lleva en el pecho señales
Y en su blasón, al que lustre
Y nuevos timbres añade;

Pues dos pueblos fronterizos
Que ganó a los musulmanes,
El monarca generoso
En feudo vino a otorgarle.

Tal es don Juan de Henestrosa,
O tal era; pues hoy trae
Los ojos enrojecidos,
Desencajado el semblante,

La color amarillenta,
Sin aliño alguno el traje,
El alma llena de sueños
Y el pecho de roncos ayes.

Ya no asoman a sus labios
Las risas ni los cantares;
De las gentes se recata,
Huye de plazas y calles,

Le dan horror las mujeres,
Enojos las amistades,
El vino melancolía,
Amargura los solaces,

Y ama del templo y del campo
Las augustas soledades,
Donde evoca las plegarias
Aprendidas de su madre.

Y es que ama por vez primera
Y a una nueva vida nace
De goces desconocidos,
De recónditos afanes,

De celosos arrebatos,
De ternuras inefables,
De tristezas infinitas
Y de sueños celestiales.

De reposada ventura
No goza desde la tarde
En que por banda a su pecho
Ciño la toca de encajes.

Y ni un punto borrar puede
De su memoria la imagen
Angélica de la dama
Del caudillo Abencerraje.

Y de éste el ceño recuerda,
Y se apercibe a vengarse,
Y le atormentan los celos,
Y se enciende en iras tales,

Que a no venir el recuerdo
De la odalisca a templarle,
A su rival diera muerte,
O acabara por matarse.

Como el amor puede mucho
Y el dinero mucho vale,
Hasta lo imposible vencen
Cuando llegan a juntarse.

Dinero y amor por armas,
Lucharon los dos amantes,
Hasta que al fin consiguieron
A solas verse y hablarse.

Y riesgo dado al olvido,
Engañaron sus pesares
Con amorosas promesas
Y sueños irrealizables,

En sus amores pesando,
Don Juan se hallaba una tarde
Al pie de la fortaleza
Que defiende sus lugares,

Cuando vio llegar al moro
Confidente de sus planes,
El cual le entregó una carta
Y partió con un mensaje.

Sólo aquélla contenía
Esta lacónica frase:
<< Venid, don Juan, esta noche
El último beso a darme. >>

El placer de ser citado,

Hizo a don Juan no fijarse
En aquel último beso
Que después le heló la sangre.

- << ¿ Por qué el ultimo? >>- se dijo,
Y presa de mil afanes,
Mandó ensillar su caballo,
Se armó de disfraz y pase,

Y camino de Granada,
Poniendo el corcel a escape,
Más veloz que una saeta,
Se perdió entre los jarales.

III

GULNARA

El poderoso Abenaya,
Del rey favorito y deudo,
A orillas del Darro tiene
Un alcázar tan soberbio.
Que envidia la misma Alhambra
Sus mármoles y arabescos,
Esmaltes y entalladuras,
Techumbres y pavimentos.

Mas si en artesones de oro,
Atauriques pintorescos,
Y resaltadas cornisas
Son ricos los aposentos,

Nada iguala los jardines,
Que al alcázar forman cerco
Con sus fuentes de mosaicos,
Kioscos y baños turquescos,

Albercas y surtidores,
Arriates de azulejos,
Laberintos de arrayanes
Y bosques de limoneros.

En una noche de estío
De esas de dulce misterio,
En que al amor y al reposo
Convidan al mismo tiempo,

Del ruiseñor las querellas,
De las flores el incienso,
Las miradas de los astros
Y los suspiros del viento,

Gulnara espera a su amante,
Perdida la muerte en sueños,
En un pabellón morisco
De enredaderas cubierto.

Echada está en alcatifas
Y almohadones damascenos;
Lleva brial de seda jalde,
De perlas bordado el velo,

Ajorcas de filigrana,
Sandalias persas de cuero,
Y un abanico de plumas
De pájaros del desierto.

Ya a una blanca margarita
Pide nuevas de su dueño;
Ya las hojas de una rosa
En su frente va rompiendo,

Rosa que, con ser hermana,
Tiene amarguísimos celos
Del color de sus mejillas
Y el aroma de su aliento.

Una red de sirgo y perlas
Aprisiona sus cabellos,
Que si fueran desatados
Arrastraran por el suelo;

Y al mirar, abrasarían
Sus rasgados ojos negros,
Si las sedosas pestañas
No templasen sus destellos.

Rojos y húmedos los labios
Y a la sonrisa entreabiertos,
Cuando los cierra, parece
Que van a estallar en besos;

Y si sueña con amores
Toma por mórbido seno
Del ala de la paloma
El vivo estremecimiento.

Tiene el candor de la niña,
De la mujer el despejo,
De una reina la arrogancia
Y de heroína el denuedo.

Si la miran, se sonroja
Cual brasa que aviva el viento;
Si la ofenden, ruge altiva
O abruma con su desprecio;

Y su corazón se mueve
A todos los sentimientos,
A los que surgen del mundo
Y a los que bajan del cielo,

Como junco de ribera
Al que estremecen a un tiempo
La brisa que va volando
Y el agua que va corriendo.

Mantiénenla aquella noche
En vivo desasosiego
Las ansias de quien espera,
De ser vista los recelos

Y la lucha desastrosa
Para todo amante pecho
Entre la razón helada
Y el ardor de los deseos.

Oyó pasos a este punto
Y presa de loco anhelo,
Para abrazar a su amante
Alzábase del asiento;

Cuando se vio frente a frente
De Abenaya que, sereno
Y con los brazos cruzados,
La contemplaba en silencio.

Pasaron de aquesta suerte
Instantes que siglos fueron,
Hasta que así el moro dijo
Ronco y turbado el acento:

A. - Ha mucho, mujer ingrata
Que debiera haberte muerto,
Porque a mi no me matasen
Deshonra, vergüenza y celos;

Mas la esperanza maldita,
Árbol en flor nunca seco,
Me detenía y cien veces
Volví a la vaina el acero;

Porque cien veces me dije:
<< ¡ Secóse el árbol; matemos! >>
Y al irte a matar sentía
Que echaba retoños nuevos.

Murió al cabo mi esperanza,
Y hora es ya...
G. - Mata; más miedo
Te ha de causar el matarme
Que a mi la muerte que anhelo.

A. - ¡Me desafías! ¿No sabes
Que quizás hoy te aborrezco
Tanto o más que te amé siempre?

G: - ¡Bendito aborrecimiento
Que me libra de la infamia
De tu amor!
A: - ¿Qué has dicho, cielos?

¿Has olvidado quién eres?
¿De dónde, sino del cieno,
Te saqué para elevarte
A la altura en que te he puesto?

¿Qué de ti sin mis favores?
De harén en mercado yendo,
Sólo abyección encontraras
En vez de mis nobles hechos.

G. - ¿Si noble, por qué me arrojas
Como un ultraje sangriento
Al rostro, las desventuras
Que a tu infame raza debo?

¿Que yo quién era? Una niña
Por un pirata perverso
Arrebatada a su madre,
Vendida en extraño suelo,

Y educada en la molicie
De los tuyos, para luego
Servir de pasto a sus vicios
Y más tarde a tus deseos.

A. - ¿Y cómo hasta aquí viniste

Sin avergonzarte de ello?
G. - Porque nunca amé, y hoy amo
Con delirio a...
A. - Calla presto;

Nada digas; no lo nombres;
Mira que estoy más sediento
De su sangre, que de lluvia
Las arenas del desierto.

¡También morirá a mis manos!
G. - ¡A traición ¡ Tú eres de aquellos
Que ruge como leones
Y se espantan como ciervos.

A. - Si no esperara vengarme,
Vil esclava, en tu tormento,
Sin lengua te hubieras visto
Con que acabar tal denuesto.

¿Cómo, al pronunciar mi nombre?...
G. - Tu nombre, tirano y fiero,
No lo pronuncio, lo escupo
Como si fuera veneno.

A. - Pero, esclava miserable,
¿Qué maleficio te han hecho
Para que así me aborrezcas?
Mas ¡ay! todo lo comprendo;

El vil, subido a la altura,
Hácese ingrato y soberbio.
Te amé bien y quien bien ama
Halla desdenes por premio.

G. - ¿Amor tú? Calla y no manches
Ese nombre con tu aliento.
¿Es amor el apetito?
¿Lo es acaso el desenfreno?

¿Se compra el ser que se ama?
¿Para conquistar mi pecho,
Hiciste más que comprarme
Y tomarlo como dueño?

Pero nunca he sido tuya.
¿Acaso soy yo mi cuerpo?
El alma la guardo virgen
Y tan pura como el cielo.

A. - Mira tú si te habré amado,
Que aun mi deshonra sabiendo
Y tus amores, venia
A perdonarte dispuesto,

Si el beso que has prometido
A ese infame nazareno
Lo ponías en mis labios
Abrasados por los celos.

Pero tu muerte has querido
Y la del mal caballero
Que tu cariño me roba
Y enloquece tu cerebro

Sí, perjura, ya el malvado
Que os servía de tercero,
Acabó con sus traiciones
Por mi mano misma muerto;

Y esperan al de Henestrosa
Para hacerle prisionero
Ó matarle, diez feroces
Bandidos alpujarreños,

G. -¡Por Dios santo! que no muera...
Yo, Abenaya, te prometo...
A. -¿Pero no ves que le matas
Con estarle defendiendo?

G. -¡Villano!
A. -¿No oyes?
G. -¡Dios mío!
A: -Ayes y choque de aceros!
G. -¡Él es!
A. -Es él, ¡oh venganza
Que dulce me estás sabiendo!

G. - ¡Pues toma, traidor, y baja
A gozarla a los infiernos!
Y al decir estas razones,
Un puñal saca del pecho,

Lo esgrime contra Abenaya
Que se desploma en el suelo,
Y - <<¡D. Juan! ¡D. Juan! >>- gritando,

Su voz se pierde a lo lejos
Unida al dulce murmullo
Del agua que va corriendo,
Del ruiseñor a las quejas
Y a los suspiros del viento.

IV

EL BESO

Del alcázar peregrino
En un anchuroso patio,
Está en cojines y alfombras
Abenaya recostado.

Inerte, lívido, mudo
Y en la herida entrambas manos,
Porque fuera con la sangre
El alma no se abra paso.

Contrata su horrible aspecto
Con las bellezas y encantos
De aquel lugar, que parece
Por las hadas fabricado.

En él, de jaspe los suelos,
De filigrana los arcos
Sostenidos por columnas
Delgadísimas de mármol,

Los zócalos de azulejos
Diminutos y esmaltados,
De oro y azul las techumbres
Y las fuentes de alabastro.

Al sol que ya se avecina,
Saludan regocijados,
En jaulas de plata presos,
Cien pajarillos extraños;

Y todo en torno convida
Al deleite y al regalo
Céfiros, fuentes y flores,
Aromas, luces y cantos.

Vénse al pie de una columna
Puesta un hacha sobre un tajo,
En la columna una argolla,
En el centro de ésta un clavo;

Y en tales objetos, fijos
Los ojos desencajados
De Abenaya, la llegada
De sus victimas ansiando.

En esto voces se escuchan
Y vivo tropel de pasos,
Y aparecen los amantes
Entre feroces soldados.

Él, las ropas en jirones,
Por diez heridas sangrando,
Sereno, mudo, arrogante
Y atrás sujetos los brazos;

Ella, aunque altiva y resuelta,
Con los ojos escaldados
De llorar la triste suerte
Del hombre a quien ama tanto.

A una señal de Abenaya,
A don Juan llevan al tajo;
Y exclama Gulnara a gritos;
-<< Don Juan, con mi amor os mato,

Cuando jurádome había,
Por veros libre de daños,
Matarme, tras de haber puesto
Un ósculo en vuestros labios! >>-

Los verdugos, que pendientes
De estas voces se quedaron,
De don Juan después asieron,
Quien dijo así a los sicarios:

- Viles, mirad como mueren
Los valientes castellanos; -
Y a Gulnara: - ¡Amada mía,
Allá, en el cielo te aguardo! –

Ni aun mirar quiso a Abenaya,
Por despreciarle; oró un rato,
Bajó el cuello, se oyó un golpe
Y calló descabezado.

Rompió Gulnara en un grito
Y la acometió un desmayo;
Mas también de un golpe solo
La cabeza le cortaron;

Y asiendo los asesinos
De las cabezas de entrambos,
Por las rizas cabelleras,
Las suspendieron del clavo.

Las dos cabezas entonces,
Negra sangre destilando,
Turbio el cristal de los ojos
Y emblanquecidos los labios,

Volviéronse frente a frente,
Mirándose con espanto,
Rompieron en un gemido
Y en un beso se juntaron
::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Helóse la sangre a todos,
Y Abenaya horrorizado
A tierra vínose muerto
Como herido por un rayo.

Madrid, 1883

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